Relatos con (a partir de) música (1)

8 11 2015

Intro:

Estos días estoy volviendo a escribir a la antigua usanza, en papel. En un libro de notas que vuelvo a llevar encima, primordialmente para dar salida a mis angustias hipocondriacas, pero paulatinamente para sustituirlas con ideas para relatos y similares. Hay 3 cosas que me suelen incitar a escribir: pasear en soledad por una ciudad desconocida, la música y un par de cervezas, por supuesto muchas veces combinadas. Así que me he propuesto un juego de creación de relatos, para esos momentos en los que apetece escribir, un tanto manido, pero igualmente efectivo, con unas reglas básicas, alrededor de la segunda:

Spotify aleatorio, primera canción que caiga

Escribir lo primero que venga a la cabeza durante la duración de la canción

Reescribir las notas, convertidas en un relato (o microcuento muchas veces), de una sola vez

Postearlo en el blog, con enlace a la canción

Así que estos son los resultados, que ire colgando con mi característica infrecuencia. En muchas casos, si no todos, sin que lo relatado tenga nada que ver con el tema o la letra de la canción que, en la mayoría de los casos, nunca me he parado a comprender, porque lo importante de las canciones es la música. No hace falta decir (pero yo lo digo, entrando en una espiral de obviedad y absurdidad) que se recomienda leer a la vez que suena la canción, aunque durará bastante más que la lectura, y que se agradece cualquier comentario, sobre como mejorar/desarrollar el texto, sobre las canciones, sobre cómo va la vida en general y el frío que hace.

Song 39 – The austerity program: 

https://open.spotify.com/track/6X98Yss9LoVWAp2ZIiuWd2

Hacinados como ratas en cubículos, ensamblando piezas mecánicamente durante horas, los ojos vidriosos, manos de solo tres dedos, pies planos anclados al suelo. Mano de obra barata. Una vez tomaron el control no tardaron en darse cuenta de que, desde un punto de vista económico, el ser humano era, con bastante diferencia, la maquina más eficiente. La relación entre alimentación y conversión en energía era muchísimo más ventajosa que lo que cualquier máquina pudiera lograr, pese a haber desarrollado una inteligencia superior, por no hablar de un control total sobre el mundo. Por lo tanto era una decisión obvia continuar cultivando humanos para fabricar piezas de repuesto, y mantener los cultivos y ganado estrictamente necesarios para su alimentación, y no seguir invirtiendo en la mejora de las propias maquinas. Y mejorar la raza generación tras generación, más resistente, capaz de mantenerse sentados en sus cubículos sin revelarse, ensamblando. Centrar todo el esfuerzo en la exploración espacial, localización de nuevas fuetes de energía, planetas alternativos que permitieran aumentar el riesgo de explotación de la tierra. Incluso una pequeña revuelta de vez en cuando, una tendencia humana que parecía extremadamente resistente a la manipulación genética y siempre terminaba por emerger, salía a cuenta. Como la que estaba teniendo lugar en se momento. Los grises y encorvados humanos en la puerta de la fabrica, agitando sus absurdos brazos y manos de tres dedos, los ojos inyectados en sangre.

HAL 9012 (porque las máquinas habían desarrollado un profundo sentido de la ironía, al menos a la hora de darse nombre), envió una señal a central para poner en marcha a una miniflota de exterminadores. Al cabo de unos minutos ya estaban allí, sobrevolando la patética manifestación, los infraseres tapándose los ojos sin pestañas para protegerse del viento levantado por las máquinas. Justo en el momento de abrir fuego, un estruendo de otro mundo invadió los sensores auditivos de las máquinas, que reventaron en microsegundos. Apuntaron sus receptores visuales hacia el origen del sonido, el cielo. En medio de la bóveda de eternas nubes grisáceas una grieta gigantesca, una abertura a la negrura absoluta. A través de la grieta, las células lumínicas del conglomerado neural de las maquinas registraron la silueta del ser que surgió de la abertura. En nanosegundos cotejaron con todos los registros existentes de historia de la tierra, combinando todo lo que sabían, para entender que aquello que había surgido era un arcángel mecánico, con tubos de escape en lugar de alas, y ametralladoras en lugar de manos. Solo tuvieron tiempo de registrar el color rojo de sus ojos antes de ser barridas de la faz de la tierra.

Revisited – The Antlers 

https://open.spotify.com/track/5EsywFJe1IoUkDyDdRPQaA

Una bruja en miniatura esta golpeando con una escoba (igualmente en miniatura) a su madre, que no hace ningún caso mientras charla con una amiga. Él lo observa desde la terraza (aunque está dentro de un edificio y por tanto no debería llevar tal nombre) de una cafetería en la estación Montparnasse, mientras bebe un expresso amargo y aguachado, ella desde una banqueta en el atestado Starbucks de la estación de tren de Beijing Sur, sorbiendo un café latte. Observan gente pasar, pasear, deambular, correr en busca del tiempo perdido, la vida también desplazándose frente a sus ojos. Unos se apresuran pensando que van a perder el tren, otros otean el horizonte buscando algo que llevarse a la boca antes del viaje, una bagette plasticosa de pollo con lechuga iceberg, un cerdo dulce picante con arroz del mediodía. Observan a la gente, a las adolescentes vestidas de hadas o de zombies, mientras no pueden apartar de su mente la razón del viaje. Ambos llevan un anillo en el bolsillo que tocan con la punta de los dedos, hacen girar dentro del pantalón, replanteándose si están haciendo lo correcto.

Es el día de los muertos, todos están muertos, todo caminan hacia la muerte, piensan ambos en un instante, y la simultaneidad hace que ese pensamiento resplandezca en su oscuridad por un instante, que ambos vean por un nanosegundo a través de los ojos del otro, pero sin darse cuenta de lo que ocurre, porque la realidad ya es la misma en ambos lados, y pronto será la misma en todas las estaciones de tren. Próximamente en su sala de multicine más cercana.

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