Azul

13 11 2015
Nota: Cuento escrito en uno de los talleres temáticos que está impartiendo el Instituto Cervantes de Beijing este mes. El tema de esta sesión, ciencia ficción, que rima y mola. El origen del cuento es una fotografía muy poco cienciaficcionesca, pero muy Hopperiana.

Pasaba el rato en el muelle mirando al infinito, como tantos otros solían hacer, especialmente durante las épocas recomendadas. Miraba el mar inabarcable que se extendía hasta el horizonte, fundiéndose con el cielo eternamente encapotado. Se rascó la mejilla, con cuidado de no dañar su piel blanquecina. Sacó la cámara del bolso, la observó con curiosidad durante un instante, y apretó el botón REC para después hacer unos cuantos barridos por toda la escena, el mar en calma, el muelle vacío, el parapeto de metacrilato, las farolas grises, siempre encendidas incluso durante el día. Al cabo de 5 minutos apretó el STOP, guardó la cámara y se acercó al parapeto, cerrando los ojos y meditando en silencio durante 10 minutos más, tal y como recomendaba el nuevo gobierno (que hacía mucho que había dejado de ser nuevo, y de hecho nadie recordaba cómo era el antiguo, pero se había quedado con el nombre), para después encaminarse hacia la parada de transporte público. Cogió el autobús eléctrico de camino a su casa. Solamente dos o tres personas más en el bus, igualmente cabizbajos, igualmente pálidos. La gente intentaba paliar la falta de luz con las camas de rayos UVA, de las cuales siempre había al menos una en todas las casas, electrodoméstico indispensable, decían, junto con la lavadora, el dispensador de té y el pasador de imágenes automático. Pero el efecto de la luz artificial era poco duradero, y tanto la piel como el estado de ánimo volvían a la mono-tonalidad a los pocos minutos de haber concluido cualquier sesión. Corrían rumores de que, en las zonas menos recomendables de La Ciudad, podías conseguir un flashazo de luz pura que te mandaba al éxtasis durante horas, pero Doris nunca se había atrevido a ni tan siquiera acercarse a esos barrios, que por otra parte probablemente eran sólo una leyenda urbana, un ligero toque de color en el monótono folclore de La Ciudad. No existían barrios malos, ni elementos exógenos dosificables para alterar el estado mental, ni altercados ni peleas, y si alguna vez se desataba alguna, ésta concluía con cuarto golpes desganados y un suspiro. En los carteles publicitarios pintados a mano del autobús eléctrico, además de las cremas hidratantes y champús para pelo seco, sobresalían los sempiternos mensajes del nuevo gobierno: las nuevas investigaciones sobre cáncer colorrectal, pero sobre todo el anuncio de las cifras de inversiones astronómicas en un nuevo sistema para hacer llegar más rayos de luz a la población mediante una ciclópea torre que sería construida en el medio de La Ciudad y que estaba planeado iba a emitir cantidades ingentes de luxes. Los carteles mostraban la cara del primer ministro, sonriente y de tez morena, rodeado de un equipo de gobierno igualmente risueño y bien bronceado. Nadie sabía a ciencia cierta si efectivamente su aspecto era el mismo que reflejaban las vallas publicitarias o era simplemente maquillaje, pero la versión no oficial decía que era precisamente ese color de piel el que le permitía a uno acceder al nuevo gobierno. También corría el rumor, el favorito de Doris, de que el bronceado provenía de la exposición de los gerifaltes a una luz extremadamente brillante a la que únicamente se podía llegar con dos aeroplanos, los únicos existentes en La Ciudad, los cuales podían elevarse por encima de las nubes, y llevaban hamacas instaladas en sus alas en las que los jefes se tumbaban a disfrutar del calor, exultantes con los luxes extra. Aquellos aparatos voladores  se dedicaban, durante los fines de semana, a soltar panfletos de papel sobre La Ciudad promulgando el uso de ungüentos revitalizantes, mezclado con las últimas propuestas gubernamentales,  pero nunca nadie los había podido observar elevándose por encima del manto que pesaba sobre sus cabezas. Pero era bonito especular, el pasatiempo favorito de la Ciudadanía mientras bebía té sintético en las terrazas de la avenida principal.

Doris se bajó del autobús eléctrico en la parada en frente de su edificio, subió en el ascensor sin espejo (únicamente un cartel de publicidad que cambiaba cada semana. Hoy, ofertas especiales de lavadoras) y entró en su apartamento. Se preparó un té sintético, lo vertió en una taza y se sentó junto a la ventana a ver anochecer, mientras la oscuridad iba cayendo y las luces artificiales de La Ciudad se encendían paulatinamente, en oleadas, hasta llegar a la línea de costa. Meditó durante 10 minutos, manteniendo su mente en blanco, dejando sus pensamientos fluir sin juzgar, concentrada en la respiración, siguiendo las instrucciones del nuevo gobierno, el cual también promulgaba la observación del encendido de las luces de La Ciudad, ese espectáculo. Antes de irse a dormir, encendió el pasador de imágenes automático, sacó la cámara nuevamente de su bolso, así como el cable, y la conectó a una entrada que nunca había parecido tener un uso, excepto para la actualización quinquenal que los operadores de la comunidad efectuaban con exquisita regularidad. Sacó un papel del bolsillo de su abrigo y lo leyó detenidamente. Con precaución, sostuvo la cámara delante de sus ojos y apretó el PLAY. Era la primera vez que utilizaba ese artilugio que había encontrado en el apartamento de su padre, hacía cosa de una semana, escondido en un cajón, después del funeral. Habían lanzado su cuerpo al mar, en una ceremonia a la que habían acudido su familia (3 personas, todos parientes lejanos), sus amigos (también 3, los necesarios para la partida de cartas semanal) y el funcionario de tramitación de enmaramientos, quien había hecho entrega a Doris de, según las normas vigentes, la hoja con la lista de tareas post-mortem para la clausura de la vida de aquel Ciudadano. Era preceptivo, según el punto 3, recoger los enseres del finado inmediatamente terminada la ceremonia, y empaquetarlos en las bolsas facilitadas por los delegados del gobierno de la comunidad de vecinos, y depositarlos dentro de los contenedores preparados a tal efecto a la entrada de los bloques de edificios. Precisamente mientras estaba recolectando la ropa mal planchada que su padre había dejado atrás, junto con los cuatro dibujos que colgaban de la pared, Doris había encontrado aquella extraña cámara, una aparente reproducción en miniatura de las que estaban instaladas en cada bocacalle de La Ciudad, conjuntamente con el cable y las instrucciones de uso, escondida en un doble fondo, muy poco cuidadosamente ocultado, de un cajón. Desde entonces hasta el momento de conectar el aparato al pasador de imágenes automático, Doris había estado notando una extraña sensación en el estómago que no podía identificar bien, una especie de hormigueo que había achacado al hecho de haber tomado café sintético, en lugar del te sintético habitual, dos días atrás, en un acto de bravuconería probablemente ligado a la muerte de su padre, pero que no se paraba a analizar sino que dejaba fluir, centrada en su respiración. Con el salón a oscuras, apretó el botón de PLAY de la cámara, y las imágenes del muelle empezaron a fluir en el pasador automático de imágenes, a fluir, como en la vida real, como en los ojos. Solamente eran el mar en calma, hormigón sin vida del muelle y farolas, pero estaban vivos. Se movían. Aún con la boca abierta, sin darse cuenta, Doris pulso el botón de rebobinado, y las imágenes empezaron a pasar a toda velocidad, siempre fluyendo, en sentido inverso a la vida. Imágenes de ella siendo una niña, luego un bebe, imágenes luego (pero antes) de una persona que se parecía mucho a ella pero con un peinado distinto y embarazada, imágenes de personas alrededor de una mesa charlando, de gente andando por la calle hacia atrás, más niños, más bebes, más gente, gente sonriendo, gente saltando, gente girando. Al cabo de unos minutos, un hombre que guardaba una cierta semejanza con su padre apareció por una esquina del muelle, el mismo muelle de La Ciudad,  y comenzó a andar hacia atrás, se apoyó en la barandilla y se paró a observar el cielo. De repente, una luz cegadora invadió la escena y Doris tuvo que cerrar los ojos, instintivamente apoyando la mano en la cámara y apretando el PAUSE. Abrió los ojos cuidadosamente y observó el televisor, la persona que se parecía a su padre apoyada en la barandilla, el mar infinito y eterno y la línea del horizonte, una línea, las nubes desperdigadas y lo que había detrás. El azul.

Apagó el televisor temblando. Se acurrucó en la cama con la cámara entre los brazos y al cabo de unos minutos cayó dormida. Y por primera vez en su vida, y en la vida de La Ciudad, soñó.

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