Taller Beijing: Micros

29 11 2015

El Timonel

El panel de control decía que estaba sobrevolando el Mar de China, pero el no le prestaba atención. Los mandos, el botón rojo para soltar las bombas, invisibles a sus ojos. En su cabeza solamente las maletas apiladas con sus pertenencias a la puerta de su casa, los gritos, las palabras custodia compartida. Al pasar por PyongYang únicamente podía pensar en Lucía. Treinta y cinco mil pies mas abajo, Kim Yong-Un tuvo un extraño pensamiento sobre su mujer, pero sacudió la cabeza y continuó sorbiendo te, mientras con la otra mano firmaba su sentencia de muerte.

El luto de las mil mujeres

Recorren las calles de TetraZerzura con paso lento, totalmente cubiertas de negro. Una marea silenciosa, cabizbaja. Solamente el arrastrar de los pies descalzos sobre la tierra se escucha, el resto de sonidos absorbidos por la oscuridad. Nadie las mira. Siguen ceremoniosamente las instrucciones, el ritual que el sumo sacerdote les ha recitado, para celebrar la muerte de la emperatriz. Recorrerán las calles hasta el pie de la pirámide, y allí serán investidas emperatrices, lapidadas y emparedadas. Y mañana diez mil mujeres recorrerán las calles de TetraZerzura.

Con los pies por delante, un país

Nunca saldría de allí por su propio pie. Ni los obreros de las construcciones colindantes, los abogados, los agentes de policía, las amenazas, la basura pestilente que las mafias locales contratadas para disuadirle acumulaban sobre las paredes de su casa clavo, los restos animales muertos descomponiéndose, los gases lacrimógenos, la opera China a volumen infernal, nada conseguiría que abandonara aquel lugar, aislado entre un cetro comercial y una autopista a medio terminar. No podía dejar sola a su mujer. Necesitaba seguir tomando el té todos los días con ella, ver su rostro translucido frunciendo el ceño, y jugar a la Maj-Jong con su espectro y el de los otros once vecinos cuyos restos guardaba en la nevera. Nunca se iría de allí, ni cuando le asfixiaran con una bolsa de plástico de baja calidad y tiraran su cuerpo con plomo atado en los tobillos al rio contaminado. Seguiría en aquella casa clavo, apareciéndose con los otros doce en los apartamentos de lujo para nuevos ricos, bajando el precio por metro cuadrado con cada manifestación, haciendo estallar la burbuja inmobiliaria. Era un viejo muy retorcido.

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