Relatos con (a partir de) música (2)

4 12 2015

Las reglas:

Spotify aleatorio, primera canción que caiga

Escribir lo primero que venga a la cabeza durante la duración de la canción

Reescribir las notas, convertidas en un relato (o microcuento muchas veces), de una sola vez

Postearlo en el blog, con enlace a la canción

 

Burial – Russian Circles

Un techo de nubes cubre Londres, oscuro, mezclándose con la bruma tóxica, tocando las puntas de las chimeneas. Sobre el sonido de los telares, los pies arrastrándose sobre los adoquines, las verduleras, se escucha el traqueteo de una locomotora tirando de un solo vagón cilíndrico totalmente pintado de negro, a toda máquina. El conductor alimenta la caldera frenéticamente, palada tras palada sin descanso. Tiene que salir de la ciudad, dirección a Manchester, donde vive el Doctor Demetrius, y llegar lo antes posible. El cargamento del vagón cisterna solo puede ser tratado por él antes de que comience a expandirse y se libere de las cadenas de grafito que lo mantienen dentro del ataúd. Lo han atrapado hace unos minutos, cerca de la factoría Bessemer, mientras la Muerte sobrevolaba la fila de trabajadores malnutridos, babeando saliva parduzca entre los colmillos, frotándose las manos huesudas, los chasquidos de las falanges al entrechocar taladrando los tímpanos de la mano de obra barata. Exultante, se ha olvidado de su hija idiota, pastando en un campo cercano, momento en que el cuerpo especial de hombres extraordinarios de su majestad la ha atrapado, agarrándola por los cuernos y encadenándola dentro del vagón a toda prisa. Únicamente el Doctor Demetrius cuenta con el aparato que permite cercenar su cabeza. Cuando lleguen a su laboratorio, una vez conectada al mecanismo, enviaran un daguerrotipo a la Muerte para pedir el rescate correspondiente: El precio por la cabeza de su hija: Inmortalidad para la familia real y el exterminio de las hordas de apaches que acechan por el norte.

Una táctica idiota, quién puede pensar que a la Muerte le importa la muerte de su hija cornuda.

Bad Blood – Ryan Adams

Por supuesto, las calles de Nueva York. Una y otra vez, paseando sin rumbo con la música a tope saliendo de los auriculares. Se para en Washington Square a escribir en su libreta de mano, aunque hace poco más de 3 grados (centígrados) y todavía hay rastros de nueve grisácea en parte de las aceras. Por supuesto lleva mitones y un gorro deshilachado a propósito; no podía esperar a que se desgajara solo, la noche anterior había estando sacando los hilos cuidadosamente, y frotándolo contra una pared de ladrillo para desgastarlo, en Brooklyn, precisamente. Sentado en ese banco, solamente mirar alrededor le llena de gozo, el éxtasis realzado por los rayos de sol que llevan un atisbo de calor a su nariz.

Anochece. Nueva York es aun mejor. Vuelve caminando a casa, dando un rodeo, observando las luces de los taxis reflejadas en los coches aparcados, las luces azules y rojas de la policía, todo tipo de luces ambientando el set de carne y hueso. Llega a su minúsculo apartamento, con una cama, una nevera, un agujero en el techo, una mesa y una máquina de escribir con un papel en blanco. Papel en blanco que rellenara minuciosamente durante 13 meses, hasta que se convierta en un trabajo, una tarea insuperable y anodina.

Entonces se acabará el dinero para la calefacción y regresará a España a entrenar equipos de alevines y morir en vida.

Locust Star – Neurosis

El bosque. Cubierto de nieve, arboles esbeltos, negros, iluminados por la luz de la luna. A lo lejos se comienzan a escuchar pasos apresurados, crujir de ramas. La mano del hombre se apoya un momento en la corteza de uno de los pinos, congelada, áspera bajo los dedos, un solo instante antes de mirar hacia atrás, coger aire, reemprender la marcha, a la carrera. Unos segundos después el tronco salta hecho astillas, tumbado por la bestia, sedienta de sangre humana. Por fuera pelo y piel, pero al pisotear la nieve, el manto del bosque, se escucha el sonido metálico de las rotulas de acero, el roce de las juntas, el ronroneo del motor. La bestia no desfallece, solo consume. El hombre, envuelto en pieles, sigue escapando, mirando hacia atrás con el rostro desencajado. Pero hay algo en ese expresión que deja vislumbrar control, la experiencia vivida en situaciones similares. Sigue corriendo, dejando las pisadas en la nieve bien visibles, encauzando a la bestia hacia el desfiladero, donde esperan los cazadores, para tumbar y descuartizar a la bestia, en busca de piezas de recambio para construir una bestia mejorada.

 

 

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