En la memoria de un móvil

3 06 2016

[Tiene … dieciséis …mensajes nuevos]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … tres horas y 15 minutos]

Hola, hijos míos. Sé que os resultará un tanto sorprendente que os haya dejado un mensaje de voz en el contestador ¡Quién deja mensajes de voz estos días! Podría ser peor, podría haberos escrito una carta. Y sé que también os sorprenderá que os llame hijos míos, pero he decidido ser más consecuente con mi paternidad, después de todos estos años, cuando ya casi podría ser abuelo. Os quiero dejar algo, y lo único que sé hacer, cómo bien sabéis, es contar historias. Ni siquiera creo que sean buenas historias, ni que merezcan ser escuchadas o recordadas. Haced con ellas lo que queráis. Borradlas. Transcribidlas. Olvidadlas. Escupidlas. Hasta que suene la señal de

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … tres horas y 24 minutos]

Ajedrez. Una mujer desnuda en la casilla central. Era la reina. Un alfil pasó a su lado. Su sonrisa se convirtió en una mueca, sus dientes en sables, su corona en alambre de espino; su cabeza se agrandó hasta cubrir el diámetro de la luna. Miró un instante al alfil aterrado, que no podía salir de su casilla, justo antes de devorarlo. Se relamió y paulatinamente su cabeza fue volviendo a su tamaño normal, la corona brillando otra vez, y sonrió al público, que rompió a aplaudir mientras caía el telón. A la salida todos comentaban lo maravilloso de la obra, pero ninguno tenía ni idea de cómo jugar al ajedrez.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cuatro horas y 13 minutos]

Un violín. El fondo de un vaso de vodka, todavía con los restos resecos de alcohol en el cristal, le devolvía la mirada. Tenía náuseas pero no podía quedarse en casa. Buscó en el armario de la cocina y mezclo aspirina efervescente con zumo de zanahoria y hojas de mate machacadas. Metió el instrumento en la funda y salió corriendo de casa. Llegó sofocado al restaurante italiano. El jefe le hizo señas para que subiera al escenario inmediatamente. De un salto se puso frente al micrófono y abrió la funda, pero al mirar dentro no encontró el violín sino una Remington con culata de madera. La sacó y la observó extrañado; miró a los comensales que lo escrutaban, a su vez, con la boca abierta llena de espagueti boloñesa y un machete en cada mano.

Se despertó mirando el vaso de vodka. Se visitó rápidamente y salió corriendo hacia la oficina. Tenía unas ganas terribles de comer italiano. La persona.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cuatro horas y 24 minutos]

Hola, hijos míos. Imagino que seguiréis extrañados con estos mensajes, a no ser que los hayáis borrado ya, en cuyo caso las historias se perderán en un mar de ceros y unos, mezcladas con todas las conversaciones no grabadas, las luchas infructuosas con atención al cliente, la música corporativa eterna de las llamadas en espera, las declaraciones de amor, las peleas por la custodia de los niños, los silencios, que imagino que serán una cadena muy larga de ceros. Pero en cualquier caso aquí voy a seguir, hasta que llegue la mañana y luz empiece a filtrarse por entre las rendijas de la persiana. Ojalá pudiera escucharos despertar y correr por la casa como hace años.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cuatro horas y 44 minutos]

Lluvia. Una biblioteca con las estantería vacías. Todos los libros están en cajas de cartón, algunas aún abiertas, otras bien selladas con el contenido escrito en letras mayúsculas con rotulador indeleble. En el medio de la sala yace un hombre boca abajo, el rotulador aun en su mano. No hay signos de violencia. Quizás esté durmiendo, aunque es una postura muy extraña para estar echando una cabezada. Definitivamente no está bien. Hay un charco de agua debajo, ahora que me fijo. Una de las cajas parece haber estallado desde dentro. La etiqueta dice “delfines”. La escalera portátil para acceder a las estanterías de la parte alta está rota por la mitad, astillada; la parte central caída sobre el linóleo. Ahora que lo pienso eso son signos de violencia. Soy un observador terrorífico, y un narrador todavía peor. ¿Qué hago contando ésto? ¿Cómo creéis que ha muerto el tipo asqueroso del medio? Yo apuesto por delfines asesinos.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 2 minutos]

Hola, hijos míos. Me ha quedado un cuento un tanto extraño. No sé siquiera si se le puede llamar cuento ¿Vosotros cómo creéis que ha muerto el señor de la biblioteca? Yo también creo que son los delfines, son unos animales perversos. Aunque debería saber con certeza cómo ha ocurrido, al fin y al cabo lo he escrito yo. Puede que esté jugando con vuestra cabeza. Os habréis dado cuenta que se parece bastante a la biblioteca de nuestra antigua casa. Bueno, en realidad no creo que os hayáis dado cuenta, la descripción es muy somera, probablemente la imagen está en mi cabeza.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 5 minutos]

Hola, hijos míos. Otra vez. Estaba dándole vueltas al mensaje anterior y creo que me ha quedado un tanto extraño, casi más que el cuento que le precedía. Olvidadlo. Excepto los delfines. Cuidaos de los delfines. Pasemos a la siguiente historia.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 12 minutos]

Un piano. El mar rugía, lleno de delfines asesinos. No espera, creo que me estoy pasando con los delfines.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 13 minutos]

Un piano. El mar estaba en calma y las olas rompían suavemente en la playa. La mujer, con el pelo recogido en un moño, tocaba delicadamente una melodía desconocida. Era Holly Hunter, pero, a su vez, tenía tu propia cara. La cara de una mujer amargada y vengativa. Estaba sola en la isla, sin cámaras ni tráileres ni sillas plegables ni mesas con catering recalentado ni claquetas. Todos se habían marchado para la postproducción. Quizás estuvieran ya en el estreno, y todos se preguntarían donde demonios se había metido Holly Hunter, sin saber que seguía allí, olvidada por el mundo porque nadie le había pedido que los acompañara, y ella no iba a ningún sitio sin que se lo pidieran. Así que se había quedado allí, odiándolos a todos y planeando la venganza. Los aplastará con su piano y bailará sobre su tumba.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 24 minutos]

Hola, hijos míos. Espero que hayáis entendido las referencias del cuento, todo muy obvio y un tanto absurdo. Retiro lo dicho al principio, soy un escritor mediocre. No sé ni para qué os hago pasar por el mal trago de borrar los mensajes, rojos de vergüenza ajena. O quizás los guardéis por pena hacía vuestro chocho padre. El que nunca estaba en casa por Navidad. Aún así voy a seguir o me volveré loco dando vueltas en la cama. Y escribirlos, de alguna manera, me hace recordaros.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 24 minutos]

Una costurera. El viento sopla con fuerza y agita la cabaña. Está tejiendo ropa de niño, con cuidado. Esperando a que vuelva su hombre de cazar. Quizás haya tenido suerte y consiga unas cuantas piezas para desollar y pagar la escuela de sus hijos. Deja de tejer y sale al porche. El viento huracanado hace volar su sombrero, que pasa por encima de la cabaña y se aleja dando tumbos por la llanura. Está decidido. En cuanto consiga meter a los niños en la escuela piensa dejarlo, huir. Escapará en la misma dirección que aquel sombrero y no mirará atrás. No sabe que el sombrero, al cabo de unos kilómetros, acabará cayendo por un acantilado. Al fondo del mismo hay una montaña de sombreros.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 32 minutos]

Hola, hijos míos. Espero que vosotros no tengáis que cazar animales salvajes para ganaros la vida y pagar la universidad de vuestros hijos. Una perspectiva un tanto absurda, la verdad. Más probable es que tengáis que hacer un trabajo de oficina que vaya royendo vuestra alma poco a poco, sacrificando vuestra vida por vuestra esposa y vuestra descendencia hasta que no tenga sentido y lo ahoguéis en alcohol y apuestas en las carreras de caballos. Espero que no sea así, nada hay en los genes que determine que vaya a pasar eso. Espero. Mejor seguir pensando en cuentos.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … seis horas y 12 minutos]

Hola, hijos míos. Le estoy cogiendo gusto a esa entradilla. Me he quedado traspuesto encima del escritorio. Quizás fuera mejor que me echara un ratillo pero tengo que acabar esto, lo que quiera que sea y que significa. Por más que sea un tanto absurdo y parecido a las llamadas a de madrugada a tu ex mujer para rogarle que vuelva, aunque sea amargada y vengativa.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … seis horas y 13 minutos]

Hola, hijos míos. Solamente informaros de que la luz efectivamente está empezando a aparecer por entre las lamas de la persiana, así que la siguiente será mi última historia, por hoy. Quizás éstos sean mis cuentos para dormir que nunca os pude contar. Siempre he considerado los cuentos de cuna un tanto absurdos, al fin y al cabo, si son interesantes, uno no puede dormirse, y si no, del mismo modo, podría leerse la guía de teléfonos. Ya no quedan guías telefónicas, creo, pero entendéis el concepto. Pero sí, estos son mis cuentos de cuna, soporíferos y, creo que me repito, un tanto absurdos.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … seis horas y 13 minutos]

Un almuerzo. Dos señores muy engolados, vestidos con pajarita, uno de ellos con un salacot en la cabeza, estaban sentados a la mesa hablando, entre bocado y bocado, de los vaivenes de la bolsa y de que ya no había manera de contratar un servicio profesional para hacerse cargo de la casa y limpiar la plata. El salón estaba a oscuras y la cabeza de un rinoceronte disecado presidía el cuarto, sobre una chimenea apagada. De repente se escuchó un estruendo y un hombre gordo cayó por el hueco aterrizando sobre su culo. Los dos señores giraron la cabeza y observaron sin cambiar el rictus de su cara. Uno hizo sonar la campanilla.

Al día siguiente charlaron sobre el estado de las carreras de galgos, uno de ellos ataviado con un gorro rojo con una bola blanca en la punta. Sobre la chimenea, esta vez, una cabeza disecada de reno.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … seis horas y 34 minutos]

Buenas noches hijos míos. Con esto concluyo mi regalo. Si os digo la verdad, tenía planeado lanzarme desde la ventana al despuntar el alba, pero no os preocupéis, al final he decidido quedarme. Por vosotros. Por volver a jugar al ajedrez juntos, ir a comer a vuestro italiano favorito, y quizás sentarnos alrededor de la mesa en Nochebuena mientras vuestra madre toca el piano, como en los viejos tiempos. Hasta mañana.

[Fin del mensaje]

 

NOTA: Escrito a partir de la premisa de un ejercicio del taller de escritura de Beijing. Sé que puede parecer un sucio apaño para reciclar microrrelatos, aunque siempre tendría la posibilidad de justificarlo aludiendo a la larga tradición empezada por el propio Quijote, pero no, está escrito de una sentada. Los primeros dos cuentos están escritos al azar, y los otros cuatro y el resto de la historia ajustados sobre la marcha para que formen una historia cohesionada. Probablemente haya incongruencias, errores y  frases un tanto absurdas (juas), así que cualquier corrección es bienvenida.

El ejercicio consistía en crear una historia usando alguno de los siguientes recursos:

Mise en abyme

Narración enmarcada

Metalepsis

Y utilizando un set de palabras de entre los 6 (compuesto cada uno de 3 palabras) que se proponían. Yo utilicé los 6 sets para crear los 6 micro cuentos de este relato. Si alguien tiene ganas de perder el tiempo y hacerme feliz puede intentar adivinar que palabras eran.

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