La biblioteca roja

23 04 2017

No se me pasa este dolor de cabeza desde hace días. Debe de ser el cambio de tiempo, o que hizo las maletas mientras estaba trabajando en la biblioteca y se marchó en silencio, sin tan siquiera dar un portazo. Pero prefiero pensar que es por el cambio de tiempo, no es permanente. Aun así, tengo que escribir, por mucho dolor que tenga alrededor. Cuando llueve fuera necesito ponerme a escribir. El sonido de las gotas contra el tejado metálico, el golpear arrítmico sobre los cristales de las ventanas, la humedad que invade la biblioteca; todo eso me empuja a sentarme en el escritorio y empezar a delinear palabras en hojas de papel. Es una urgencia física; me siento invadido por la necesidad de sacar la tinta encerrada en mi cuerpo, conectarme al bolígrafo como si fuera una extensión de mis dedos, y expulsar el amargor de la lluvia hecha de yerba de mate.

Hoy llueve fuerte. Estoy sentado en el medio de la biblioteca y puedo escuchar los libros enmohecerse. Sus palabras resbalando y disolviéndose en mi sangre. Me inclino sobre el papel, noto su humedad en el costado de la mano, el crujir de los arboles muertos, empapados de lluvia de tormento, del amazonas; su llanto amargo escurriéndose entre los rodillos de la papelera; y empiezo a escribir. Hoy no sé lo que estoy contando, solo me siento febril, las venas de las sienes palpitando: me veo en medio de la biblioteca del Hotel Overlook antes de que llegue la nieve; me veo en la biblioteca de un castillo con el suelo de losas de piedra cubierto de pieles de oso en proceso de pudrirse; me veo en la biblioteca de Alejandría, pero no sé cómo es posible si nunca he sabido como se ve la biblioteca de Alejandría. Sigo escribiendo frenéticamente, sin saber lo que significa nada de lo que digo, solamente puedo ver las líneas saliendo de la punta del bolígrafo, de la punta de mis dedos: líneas negras, cada vez más gruesas. Noto que voy siendo absorbido por ellas.

Las líneas siguen haciéndose más y más anchas ante mis ojos y comienzan a mostrar otra estructura interior: están formadas a su vez por otras líneas, entrelazadas, dibujando espirales. Chorros de frases entrecruzándose y contando otras historias. Helicoides de ficción que continúan casi hasta el infinito, contando la vida de un delfín del Amazonas, desde sus nacimiento hasta su muerte; sus células desintegrándose e integrándose con la selva, con la lluvia, cayendo sobre mi cabeza, entrando por mis oídos, invadiendo mi cerebro. Las líneas forman cromosomas, tejen piel, conforman una cola. Soy yo.

Me despierto con la cara apoyada sobre los folios. La tinta se ha quedado adherida a la piel. Me despego con cuidado del taco de hojas y voy al baño. Miro por la ventana y veo el sol de la mañana resplandeciendo, cegador, pero no duele como suele ser habitual. Se me ha pasado la jaqueca. Me miro en el espejo y leo las frases que se han impreso en mi cara. Es un idioma que no conozco pero me reconforta, y por alguna razón soy capaz de entender. Es su nota de despedida.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: