Las cosas de Venecia y la muerte

2 12 2008

Un título bastante atractivo, dentro de lo que cabe, para otro rollazo de entrada reseñando un par de libros. Por medio hay una ligera y obvia reflexión sobre la influencia de el estado de ánimo en la lectura. Sin ir más lejos, según acudía al curso que estoy recibiendo en Paris (uno de esos eventos llenos de gente del todo el mundo en el que se enseñan obviedades con nombres rimbombantes que nunca pueden ponerse en práctica), tuvimos un vuelo un tanto agitado que hizo que diez páginas del libro que estaba leyendo hayan desaparecido de mi memoria. Podría releerlas, pero a veces me gusta que quede un agujero negro dentro de los libros en el que se pueden notar las turbulencias y el sudor de las palmas de mis manos.

En lo que respecta al La Muerte en Venecia(novela corta, relato largo) de Mann decir que me supuso un esfuerzo importante poder terminarlo. Me resultó farragoso y amanerado hasta decir basta y solamente llegué a disfrutar la escena de la góndola, quizás por ser lo único un tanto dinámico de todo el texto. No tengo nada en contra de los relatos puramente introspectivos, pero en este caso la prosa de Mann me supera. Noto un ladrillo alemán atravesarme las neuronas cada página. Desde luego que la caracterización del personaje resulta modélica, un rol muy especial, pero que no va más allá. Quiero decir que la novela, que no es más que la fotografía de Aschenbach, con toda la supuesta carga simbólica que lleva, me resultó extrañamente vacía. Es altamente probable que ésto último se deba a las circunstancias de la lectura.

El estado de ánimo resulta muchas veces tan tremendamente fundamental en la perspectiva de una lectura que hace que uno dude siempre de sus conclusiones. Puede que esto sea evitable para los que leen con ánimo exhaustivo, lápiz en mano, sin importarles una segunda aproximación. Yo leo en los aviones, en el tren, en el sofá, y un dolor de cabeza, una cerveza en ayunas o la falta de sueño se cruzan siempre. Estoy leyendo el buen soldado de Ford Madox Ford y las 90 primeras páginas me resultaron un tanto insulsas, incluso fatuas, y sin embargo las 90 posteriores las he disfrutado enormemente. Al haberlas digerido durante dos viajes diferentes con un lapso de una semana de por medio uno no puede dejar de preguntarse si la anterior valoración se debe únicamente al entorno. Espero que no. Espero que un libro me pueda gustar independientemente de que haya turbulencias, vuele con Egypt Air o el vagón del cercanías huela más a establo que otros días.

Llegando a mi opinión sobre Las cosas, debo decir que pese a ese inicio meticulosamente descriptivo que me hacía temer otro tour de force mental por poder acabar su libro como el que me supuso La vida: Instrucciones de uso (Uno de los mejores libros de la historia y la novela con más enumeraciones que uno pueda llevarse a los ojos) me ha acabado gustando mucho. El uso de los tiempos verbales produce un efecto efectivamente curioso. También la aproximación tan terriblemente fría respecto a los personajes, casi una descripción antropológica, unido a que no exista ninguna diferenciación entre las dos personas que la conforman (de hecho se mencionan sus nombres pero resulta totalmente prescindible ya que a lo largo de toda la novela son un solo ente) hace que el resultado sea casi un puro estudio: Así vive la juventud de los sesenta y así terminan todos tras dar vueltas por el mundo y por sus necesidades. Aunque no hay muchas posibilidades de empatía, me he sentido tremendamente identificado con ciertos pasajes, especialmente con aquellos en los que relata el modo en que se sienten extasiados y felices solamente por poder pasear por París con el viento en la cara. En el fondo no muchas cosas han cambiado en estos 40 años, pero yo elegiría otra decoración para mi casa.

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Hanff y Camus

2 11 2008

En el curso no presencial de novela que estoy haciendo este año (me he puesto metas importantes, debe ser la proximidad de la edad de Cristo) , además de los ejercicios y comentarios habituales, se han sugerido una serie de lecturas, que incluyen dos novelas cortas cada mes, con el fin de comentarlas cada quincena. Dado que no soy tan productivo como me gustaría, aprovecho parte del trabajo para reciclar las reseñas en el blog, ya que encajan perfectamente con los contenidos de éste.

Este mes tocaban: “84 Charing Cross” de Helen Hanff y “El extranjero” de Albert Camus

El primero es una sucesión epistolar entre la propia autora desde Estados Unidas y el empleado de una librería inglesa que la provee, durante la época de posguerra hasta los años setenta. Aparentemente tuvo un gran éxito, con sus adaptaciones cinematográfica y teatrales correspondientes. En 2005 Isabel Coixet se encargó de la dirección de la versión española.

El libro en sí me ha parecido muy poquita cosa, lo siento. Si tuviera que describirlo con una sola palabra sería naif (que por cierto, es un adjetivo que además de pedantorro es totalmente naif). Entiendo que es ésto precisamente lo que puede hacer que mucha gente lo adore, esa falta de pretensiones, la sencillez con la que se narra (es un decir, teniendo en cuenta cuál es la base del mismo) esa relación, el amor por los libros (o por cierto tipo de libros más concretamente) que destila, pero a mí me deja muy frío. Si se trata de la importancia de la elipsis, de todo lo que subyace a lo no dicho, prefiero millones de veces una obra maestra como “Los Restos” del día en el que los silencios están dolorosamente trabajados, entre otras cosas.

Lo que es peor, a nivel de escritura no me aporta prácticamente nada al ser una “simple” recopilación y edición de cartas, que pueden estar bien escogidas, pero me cuentan muy poco del trabajo de creación.

Es un libro amable, disfrutable, pero a mí personalmente me ha dejado igual que como estaba. Lo que más gracia me hace es lo consecuente que fue la señora, que rechazaba como regla general cualquier escrito inventado o relativo a algo no vivido y acabó triunfando con precisamente algo absolutamente afín con sus ideas pese a haber dedicado su vida a aquello que parecía no apreciar tanto.

En cuanto a “El extranjero”, es una propuesta que me ha resultado muchísimo más interesante que la de Helen Hanff, probablemente por una afinidad temática con Camus muy importante. Bien es cierto que los objetivos y temas de ambas novelas son diametralmente opuestos y no es demasiado justo intentar compara un cuento sin ninguna pretensión como 84 Charing Cross con el mini-tratado sobre la deshumanización del escritor francés.

Hace no mucho leí La Peste tras haberla dejado inacabada unos años atrás (se me hizo muy farragosa y no ayudó que lo intenté durante un vuelo intercontinental en el que me dolía la cabeza, cosa que, por otra parte, crea una atmósfera muy apropiada para la lectura de la novela, pero en ese momento me superó – en los aviones es mejor leer a Nothomb o Palahniuk y ver películas de acción os series de TV en las que se reparta estopa) y me pareció estupenda, cómo no. A veces resulta tanto más embarazoso hablar en estos términos de una obra considerada clásica que ponerla a bajar de un burro, le hace parecer a uno un indocumentado un poco condescendiente. En cualquier caso, dentro del desasosegante ambiente claustrofóbico y todas sus implicaciones (por cierto, soy incapaz de separa en mi mente esta novela de “El país de las últimas cosas” de Auster, que me parece una obra maestra absoluta) siempre recuerdo el personaje del Grand intentando encontrar la frase perfecta para comenzar su novela, dándole vueltas sin salir de las avenidas de Bolonia.

La voz seca y concisa del Meursault resulta absolutamente creíble, aunque el aprecio de las personas que lo rodean se me hace un tanto inverosímil, ya que la deshumanización del personaje parece tanto internamente como en su relación con los demás. En cualquier caso el retrato de la amoralidad y el hastío vital está muy logrado, algo que luego han desarrollado otros muchos escritores (alguien mencionó Houellebecq, heredero directísimo de esta novela concreta). De las dos partes en la que esta novela tan corta está dividida, me quedo con la primera en la que se relatan todos los hechos. Encaja mejor con la dinámica del personaje y contiene los dos momentos esenciales en la que el calor lo acentúa todo. La segunda en la cárcel y en el juicio sirve para poner en tela de eso mismo la hipocresía de la sociedad, que de todos modos me parece relativa. Mersault es un monstruo, y el hecho de que podamos comprender y perdonar y tener cierta clemencia con los actos emocionales que con los inexplicables y faltos de emoción es algo absolutamente lógico. De todos modos me da la impresión de que en algún momento los parlamentos del protagonista son contradictorios (lo que puede ser, es cierto, premeditado y coherente, pero no me encaja) y, a veces, un tanto ininteligibles, construcciones formales de devaneo poético que no encajan. Eso sí, la descripción de sus rutinas sólo puede describirse como brillante.

Lo dicho, un gran sabor de boca, un gigante poniendo los hombros.





David Foster Wallace: La broma infinita era éso.

22 09 2008

Hace ya más de una semana que David Foster Wallace se ahorcó y se quitó de en medio. Pese a que los medios que se han hecho eco de la información apuntan a sus tendencias suicidas (por lo que parece pidió ayuda médica en el pasado y en estos mementos se encontraba de baja) nunca fue un tema que pudiera intuirse en una primera lectura de sus historias ni sus artículos. Ahora, desde la barrera, sí que es posible encontrar indicios, incluso algún relato desde la perspectiva de un suicida que podría ser sintomático, pero en el fondo me da la impresión de que si cualquier escritor se suicidase seríamos capaces de entrever esas tendencias autodestructivas en alguno de sus textos, aunque fueran inintencionadas. Pienso que Foster Wallace nunca quiso escribir sobre ese problema en concreto. Lo suyo era mezclar la esquizofrenia tecnológico-consumista de la América contemporánea (el mundo contemporáneo) con alambicados juegos formales postmodernos que se reían de los propios juegos formales y mortales de la escritura postmoderna. Y escribir pies de página.

Yo también soy de los que, al hacer una lista de preferencias sobre sus tres facetas literarias pondría en primer lugar su labor como articulista en dura pugna con la de escritor de relatos. En mi opinión, sus cuentos largos perdían muchísima frescura, y, pese a que su farragosidad fuera en algún caso (si no en todos) pretendida, creo que no lo eximió de resultar menos redondos. Si tuviera que quedarme con alguna obra suya de las publicadas en España, sería Extinción. Sí, es un título premonitorio.

El caso de La Broma Infinita excede todo ello.

Tras leer los numerosos obituarios que se han colgado en la blogosfera local (al menos la que frecuento y que, como buenos profesionales, ya habían finiquitado la semana pasada. Un buen ejemplo está aquí. O aquí.) me he dado cuenta de que me encuentro entre los pocos que ha sido capaz de terminar su novela, o al menos se ha sentido con ganas de enfrentarse a sus 1092 páginas de letra minúscula, interminables disquisiciones sobre las reglas y vicisitudes del escatón jugado por los alumnos de la academia Enfield de tenis, frases de más de dos hojas, explicaciones sobre las relaciones diplomáticas entre Québec y los Estados Unidos en la nueva era subsidiada, personajes que hablan como si fueran doctores en filología, gestalt, adictos a toda clase de sustancias y un video asesino. Y un anexo de notas de letra aún más pequeña que la del resto de la novela con más de 100 páginas de acotaciones muchas veces peregrinas y casi siempre tocapelotas (lo que obliga a utilizar el marcador de páginas de una manera creativa, usando sus dos extremos). Ahora que lo pienso James Incandeza acabó con su cabeza echa pedazos tras meterla en el microondas. Con todo, siendo como es una obra irregular, un ladrillo que se salta a la torera (porque puede) todas las normas de la novela y sigue una forma de fusión anular en lugar de la línea recta, y quizás precisamente por ello, merece la pena leerla. Soy incapaz de entender cómo llegó a ser un cierto éxito de ventas. Quizás fue un simple éxito crítico que llevó a la mayoría a hacer acopio rellenar su estantería de pendiente de leer, en la que se habrá estado muriendo de asco junto a El Arcoiris de Gravedad de Pynchon o El Ulises de Joyce. En mi caso pude rescatarlo tras años de ostracismo y un par de intentos fallidos. Una buena reseña, completada como Dios manda, aquí.

Solamente tenía 46 años y lo mejor de sí, porque este cabrón era un pedante fabricado para la mediana edad, por delante. Una muerte por enfermedad me hubiese dejado más tocado moralmente. Esto, desorientado. Coloquémoslos todos un pañuelo a la cabeza a modo de homenaje.





Reflexión sin título

5 06 2008

La maldición del lector. La maldición del escritor.

Esta vida es inabarcable. Esto, en sí mismo, es una bendición y una frustración constante al mismo tiempo: Hace que aburrirse sea solamente cuestión de la falta de iniciativa, de querer hacerlo, pero también de que se nos escape entre los dedos. En el mundo del lector este hecho es flagrante.

Visualmente se me apareció ayer en la cabeza, es posible que influenciado por las páginas web que recomiendan autores en función de uno solo por afinidades de estilo o argumentos: Un libro famoso que hayamos leído es un punto gordo que está conectado por líneas gruesas a otros puntos un poco menos monstruosos que son el resto de sus obras. Éstas, a su vez, están conectadas por líneas más delgadas a puntos medianos que representan obras afines de escritores menos conocidos, que a su vez se interconectan con otros libros del autor y afines. En algunos casos se cerrará el bucle , formando una tupida tela de araña con las novelas cumbre de la historia humana. En otros se acabará llegando al final de este universo de papel, en los límites da la vista y el conocimiento de casi cualquier persona (que no sea el propio autor y su querida madre). Lo peor de todo este asunto es que cada uno de nosotros pasea por estas galaxias, andando sobre las líneas, con su antorcha iluminando los contornos, vislumbrando millones de caminos por recorrer y consciente de que todo ese espacio nunca será descubierto.

En el otro lado, sentado en un punto diminuto, probablemente espera un escritor intentando hacer señales de humo. Y lo peor de todo, pegándose codazos por un espacio casi inexistente con otros miles de juntaletras con ideas, intentando apartar las lorzas de los ciclópeos filósofos que no dejan nada sin hoyar. Buscando un hueco que no existe, conformándose con la esperanza de que un día pase un fulano con una antorcha y lo vea a él en primer lugar. Yo soy el auténtico.

Benditos el cine y la música. Gracias a la mayor dificultad, puramente financiera, de poder sacar adelante las creaciones, hacen que sea mucho más placentero y abarcable el completismo, y la búsqueda de vías no demasiado hoyadas, en cierto modo posible.

Y esta reflexión cae suavemente entre todo lo escrito, se deposita sobre bolas gigantes de saber y desaparece en el cosmos.





Mirar. Berger. Lowry. Fasanell. Chiquito de la Calzada.

5 05 2008

La mirada. La expresión de los ojos. En millones de novelas o textos de cualquier tipo se describen las emociones a través de los ojos. Todo el conglomerado de expresiones faciales se agrupan en torno a los ojos y los hacen pilar de cualquier signo de emoción del ser humano. Alegría, extrañeza, melancolía y sombras o brillos a cada cual más poderoso. Y sin embrago yo nunca he sido capaz de ponerle forma, de visualizar, dichas emociones oculares. Si trato de imaginarme únicamente la mirada del protagonista que según el texto está expresando cierta emoción, no consigo obtener un par de ojos que digan algo. Si los aíslo, no me comunican nada. El problema es que, probablemente, aíslo demasiado y me quedo sólo con el iris. En cualquier caso, es un tema tremendamente recurrente y sobre el que nunca dejará de escribirse. En la dirección de los ojos está la mirada, acto y filtro fundamental en el ser humano y, pese a que me gustaría acabar considerándome escritor, eje fundamental de las reflexiones que me gusta compartir.

En ese sentido, mi padre me recomendó hace poco un libro de John Berger titulado Mirar. Lo estoy intercalando con la mastodóntica tarea de leer La Broma Infinita. En palabras del que escribiera su pedante contraportada:

“La mirada incisiva de John Berger inaugura nuevos modos de ver donde la mirada hacia el arte y hacia la vida se confunden combinando un exhaustivo análisis que tiende a ser ‘objetivo’, entre materialista y purovisualista. El ojo de la cámara y el ojo del artista nos hablan del significado oculto de la mirada…”.

Aún no he terminado este libro, compuesto de diversos artículos del autor, cada uno de ellos, por regla general, a propósito de la obra de determinado artista, pero creo que ya he podido hacerme una composición de lugar sobre la visión de Berger y sus teorías. El sesgo eminentemente político de las mismas me resulta desagradable y no me ayuda a comprender el por qué de que su libro Modos de ver sea considerado imprescindible en lo que se refiere a la crítica de arte. Allí donde yo esperaba encontrar, por su opaca contraportada, una reflexión sobre los significados de la fotografía, me acabo enfrentado a una visión reflexiva, y panfletaria (aunque interesante) sobre pintura. Me cuesta imaginar la razón por la que este libro le gustó a mi padre; intuyo que se debe a que incluye un artículo sobre Bacon, al cual compara con Disney, que además es de lo más potable de todo el compendio.

De todos modos, en mi supina incultura, me ha permitido conocer varios artistas extraños y primitivos, cuyo éxito, utilizando lo puramente figurativo en pleno siglo veinte, es de lo más llamativo. El pintor dominguero, sencillo como el palo de una escoba, L.S. Lowry, y el gasolinero amante de la Nueva York de los indigentes Ralph Fasanella.

El primero es un extraño caso de personalidad extremadamente sencilla, sedentaria, apegada a sus padres, solitaria y un tanto grisácea, pero entrañable, con su MacLean perpetuo incluso en verano. Aficionado del Manchester Ciy y amante de su ciudad y sus chimeneas. Esa clase de éxito que gira en torno a una especie de genialidad pura y la fascinación autocomplaciente de la sociedad moderna por los localismos. Un Chiquito de la calzada del arte, dibujando monigotes.

Fasanella es otro de esos artistas que alcanzan la cumbre fuera de las corrientes pictóricas dominantes otro de los ejemplos paradigmáticos de pintores primitivos. Hijo de inmigrantes, lucho en la Brigada Abraham Lincoln y alcanzó la fama tardíamente (la cual decayó a la par que sus reivindicaciones políticas). Imagino que habrá miles de estudios sobre la causa de su auge y caída. Yo me inclino a pensar que a la gente le gustan los colorines.

NOTA A PIE DE PÁGINA: Este ligera reflexión sobre tres artistas se fundamenta en un conocimiento menos que superficial de los mismos. Cualquier comentario o aclaración sobre los mismos, será bienvenida.

NOTA A PIE DE PÁGINA DOS: Las mencionadas reflexiones no son exiguas únicamente por desconocimiento, sino por mi innata dificultad para desarrollar un solo tema (como debería ser el de la estética de la recepción en el arte – aunque es muy probable que acabara llegando a la conclusión de que se basa únicamente en Los críticos dicen…) sin irme por las ramas o estudiarlo detenidamente, amparándome en mi falta de tiempo.





Meridiano de sangre

6 03 2008

Llego tarde, lo sé, pero es el sino de aquellos que dormimos más de siete horas al día y no somos multitarea. De los que descubrimos un autor cuando gana un Pulitzer y se saca de la manga una de las mejores y más desesperadamente bellas novelas de la historia. Trataré de parir una reseña de La Carretera en breve, pero antes debo intentar escribir algo meridianamente (me parto) interesante sobre ésta novela de Cormac McCarthy. Quizás otro día, también, se pueda discutir sobre su esquiva figura y lo maravilloso que resulta que las buenas novelas vayan acompañadas de autores desquiciados e interesantes que desprecian a los que tratan de indagar en su vida.

Este libro cuenta la historia de un grupo de mercenarios a la caza del piel roja en la frontera entre México y Estados Unidos (escenario habitual de las historias del autor) en unos tumultuosos y verdaderamente salvajes mediados del siglo XIX. En un entorno descrito minuciosamente, lleno de parajes grandiosos, en el que los protagonistas pasan, sin solución de continuidad, del desierto a los verdes valles y las montañas nevadas y al desierto y a los verdes valles y así hasta San Diego, este grupo de hombres va desvaneciéndose en una orgía de carnicerías y violencia. La novela, teóricamente, está narrada desde el punto de vista de “el chaval”, cuyos rasgos son intencionadamente inocuos, sin el más mínimo matiz, pero el peso narrativo recae en el jefe de la pandilla de asesinos, Glanton, y especialmente sobre la figura del Juez, gigante demiurgo albino para el que cualquier calificativo viene pequeño. Como se ha comentado, mezcla de Moby Dick con Coronel Kurtz, deviene único personaje de la novela en la que todo el mundo alrededor es una simple marioneta que vive y especialmente muere.

El libro comienza de una manera seca, con el estilo mezcla del McCarthy más Faulkneriano y la parquedad del actual, pero para mi gusto se deja llevar durante las primeras páginas contando las anodinas andanzas del chaval, cuya utilidad no pasa de ubicar el entorno geográfico y prestar una primera aparición, no demasiado impactante, del juez. El estilo extraordinariamente barroco con que las descripciones se desenvuelven a lo largo de la novela, hace que estos primeros pasajes resulten un tanto farragosos de leer, pero creo, y es una opinión muy personal, que labran el camino hacia el resto de la historia, ponen una losa encima del lector, polvorienta, con arenilla que se mete bajo el cuello de la camisa, bajo un sol abrasador y azul. Es el tono, aunque otras veces pienso que las primeras 100 páginas serían fácilmente prescindibles.

En cualquier caso, el Grupo de Glanton se pasea por la frontera matando a todo bicho viviente, arrancando cabelleras, observando gentes ataviadas con pieles humanas, collares con orejas ennegrecidas, montañas azules, piedras azules, sangre y vísceras, y el Juez Holden impertérrito, albino pero inmune al sol, declamando los más sublimes y aterradores monólogos, mientras todo lo humano a su alrededor busca su lado animal y lo encuentra.

“ El juez partió con el mango de un hacha la tibia de un antílope y el tuétano caliente goteó humante sobre las piedras. Le observaron. El tema era la guerra.
El buen libro dice que quien a espada vive a espada morirá, dijo el negro.
Sé, el buen libro dice que la guerra es mala, dijo Irving. Pero no será porque en él no se hable de guerras y de sangre.
Da igual lo que los hombres opinen de la guerra, dijo el juez. La guerra sigue. Es como preguntarlo que opinan de la piedra. La guerra siempre ha estado ahí. Antes de que el hombre existiera, la guerra ya le esperaba. El oficio supremo a la espera del supremo artífice. Así era entonces y así será siempre. Así y de ninguna otra forma.
(…)
La ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso a favor del débil. La ley de la historia la trastoca a cada paso. No hay juicio definitivo que pueda demostrar la bondad o maldad de un juicio ético. Que un hombre caiga muerto en un duelo no prueba que sus opiniones fueran erróneas”

Las escenas se suceden y McCarthy nos va arrastrando más y más adentro del fango, del animal que hay dentro de los hombres, pero el de verdad, el aterrador, no el tópico andante al que nos hemos acostumbrados, nos hunde poco a poco en la muerte rodeada de poesía azul, bajo la mirada del juez Holden, Y sí, él es la muerte. Dicho lo cual, por si no ha quedado claro, recomiendo fervientemente el libro, una maldita obra maestra.

Y por favor, no se os ocurra leer la contraportada de la edición de bolsillo. El que la pergeñara merece que el Juez Holden lo visite, a él y a sus hijos.

Y si no os lo creéis, os dejo un par de reseñas más. Una y otra.





Las Benévolas: Ese ladrillo (y V)

15 01 2008

GIGA

Ya para finalizar la historia acompaña a Max Aue, Thomas y su chofer intentando retornar a Berlín atravesando las líneas enemigas en medio del caos y el salvajismo. Aquí todo está desbocado y los niveles de escatología y depravación rozan el paroxismo, incluyendo un batallón de niños desahuciados y completamente majaras. Pese a lo excesivo de todo el asunto, este viaje de regreso resulta altamente estimulante, un Apocalipse Now en la Segunda Guerra Mundial, hipervitaminado, corto.

Sin embargo, una vez todos llegan a un Berlín semiderruído y caótico, la trama se le va completamente de las manos al autor. Los niveles de falta de verosimilitud del asunto llegan a rozar lo esperpéntico de manera no intencionada (o si lo es, desde luego no lo parece), y los destinos de todos los personajes se resuelven de un plumazo y en algún caso sin venir a cuento. Aue se queda de pie en el zoo diciendo que Las Benévolas le han alcanzado, rodeado de muerte y destrucción, y el lector se pregunta si esas Euménides son un apretón de sus flojos esfínteres (creo que pocos personajes principales de una novela han sufrido de tanto problema intestinal como éste – ¿Tendrá problemas de estreñimiento Jonathan Littell? ¿Lo habrá solucionado al ver los anuncios de Coronado ahora que vive en España?) porque no hay bicho viviente que lo comprenda.

Y luego están el glosario y la tabla de graduaciones, que sirven para volver a mirarlos y reírse de su utilidad.

En definitiva, nos encontramos ante un señor libro, absolutamente excesivo en todos los sentidos, parido como un niño sin huesos tras siete días sin acudir al baño, desagradable y amorfo. Algunos gustan de observar y analizar sus excrementos tras habérselos quitado de encima. Lo que a servidor le llama la atención es que tanta y tanta gente lo haya degustado. No es un libro fácil de leer, y lo único que lo entronca con la toda la caterva de Best-Sellers actuales es su tamaño. Soy capaz de aventurar que establecerá un récord en el ratio de libros comprados y no acabados en este país. Adorno de estanterías.

Y con todo esto, es un libro que es necesario leer. Pese a todos sus defectos, a su absoluta irregularidad, merece la pena darle una oportunidad y navegar entre la podredumbre y la burocracia. Una vez superadas las primeras trescientas páginas se puede llegar a leer con fruición, atados por nuestra mala conciencia y nuestra avidez de morbo. El tiempo dirá si se convierte en un clásico de nuestro tiempo, pero tiene muchas papeletas, la menor de las cuales no es el éxito de ventas. Yo me permito el lujo de haber sido de los que le han arreado unos buenos palos por si acaso, aunque nadie se acordará de mí entonces.