Richard Kelly, un hombre y su sueño

13 03 2008

Hagamos las cosas bien: Richard Kelly es un joven director estadounidense que saltó a la fama al rodar en 2001 Donnie Darko, película que ha pasado a formar parte de ese flexible grupo denominado “Films de Culto”. Posteriormente dirige su segundo proyecto, un mastodóntico cuento político de ciencia-ficción mezclado con comedia titulado Southland Tales, que resulta un desastre económico. Se estrena como primicia en Cannes en el 2006 y recibe las del pulpo. Es remontada y se estrena en USA en un número limitadísimo de salas. Prácticamente directa a DVD. El estreno en España en salas comerciales aún no está claro. Ahora dirige un film denominado “The Box” Basado en una novela de Richard Matheson con la intención, que él pregona a los cuatro vientos, de que sea una comercial película revientataquillas.

Donnie Darko me parece una gran película, con un tono desasosegante, una trama bien trazada, una puesta en escena cuidada y con retazos de temas interesantes. La paradoja temporal que trata puede deberse, como afirma el director, a un exhaustivo y premeditado estudio o a que simplemente no se ha contado correctamente, pero desde luego lo deja a uno desquilibrado y tiene un toque mágico. Con estos antecedentes, esperaba impaciente su nueva película. Después, uno se va enterando de que el proyecto que se trae entre manos es una fábula sobre unos Estados Unidos al borde del abismo tras ataques nucleares terroristas, lo que consigue que se me pongan los dientes largos. Posteriormente, empieza a fluir más información, como que se trata de una especie de fábula política, con toques de humor, incluso que tiene partes de musical y que los actores protagonistas son Dwayne “The Rock” Johnson, Sarah Michelle Gellar y Justin Timberlake, y uno se empieza a temer lo peor, aunque la esperanza es lo último que se pierde. Llegan las informaciones del mal recibimiento en Cannes, todos los problemas, más detalles sobre el guión e incluso el trailer, que comienza de una manera apabullante pero acaba pareciendo terriblemente disperso. Así que asumo que la película es una porquería.

Este enfoque es muy provechoso, ya que enfrentarse a una película con las expectativas bajas suele resultar mucho más positivo en su valoración final. El caso es que ya he visionado Southland Tales, y solamente una pregunta me ronda la cabeza: ¿Cómo ha podido engañar Richard Kelly a un productor para financiar este película? Existen guiones locos, absurdos, confusos, incomprensibles, aturullados o pretenciosos, pero en este confluyen todos esos adjetivos pero enmarcados en una banalidad preocupante. Southland Tales es una historia de aburrido adolescente pajillero, con unos actores patéticos, escogidos expresamente como broma Warholiana que NO tiene gracia, trufada de escenas supuestamente cómicas (algunas de un burdo que espanta), citas del Apocalipsis, desdoblamientos del espacio tiempo y fisuras de una cuarta dimensión y agujeros de guión gigantes, que ni el propio director podría justificar como “sugerencias” o “misterios”, sino que son objetivamente cagadas. Me da igual que existan o vayan a existir seis novelas gráficas que expliquen y maticen los acontecimientos anteriores y posteriores de la trama. Esta película es un timo de dimensiones cósmicas, pero no al espectador. Al fin y al cabo tiene alguna secuencia bien resuelta, plantea, de refilón, algunas cuestiones interesantes, y aunque larga, se deja ver, especialmente por la cara de WTF que se le queda a uno constantemente. Para quien es un timo es para la productora. El producto es invendible. Nadie puede tragarse el espectáculo de Southland Tales excepto, como servidor, por curiosidad, con un punto malsano. Y lo más deprimente del tema es que Richard Kelly repite muchísimos asuntos y obsesiones de Donnie Darko sin avanzar lo más mínimo, con una superficialidad asombrosa. La fuente de la vida, Corazonada, Las puertas del cielo, El gran halcón, una cantidad de gente estafada para llenar estadios y la curiosidad malsana que produce verlas. Siempre hay algo positivo que rescatar de todas ellas.





No es país para viejos: El retorno de los reyes

11 02 2008

Se han escrito, y se seguirán escribiendo, muchas líneas sobre la última película de los Coen, casi todas elogiosas, haciendo referencia a un supuesto retorno a sus orígenes tras sus dos últimos filmes sosos y fallidos. Lo cierto es que hubiese preferido llegar virgen al estreno, pero soy incapaz de no leer la información si está disponible, y un aluvión de alabanzas suele conducir a una apreciación peor de las películas. Las expectativas. De todos modos no sé si es el caso, porque “No es país para viejos” necesita una revisión a toda costa, en especial para intentar esclarecer las razones que les han llevado a filmar semejante final. Últimamente acabo encontrado rematadamente más interesante las obras que no comprendo del todo que las que simplemente me gustan.

La cinta dura dos horas, y durante los primeros noventa minutos se nos cuenta la historia de una persecución, la de Chigurh (el personaje de Bardem, con su horripilante y tenebroso corte de pelo) en busca de Llewellyn Moss (el vaquero interpretado por Josh Brolin) y el maletín con pilas de dinero que se ha encontrado en los restos de una masacre de transacción de droga. Esta primera parte está rodada de una manera pausada, milimétrica, con un montaje absolutamente modélico y un buen puñado de escenas electrizantes. Personalmente, me quedo con el tempo de la secuencia de Moss huyendo del perro. Después, los Coen se descuelgan con unos minutos finales extraños que pillan a absolutamente todo el mundo a contrarié, que sin embargo le dejan a uno con la sensación de haber presenciado algo único. En cierta manera, el mismo hormigueo que se me quedó con la conclusión de “El hombre que nunca estuvo allí”. La misma necesidad de revisionado, que sin embargo nunca completé. De todos modos, y pese a ello, creo que la cinta tiene dos carencias importantes, dos cuestiones que pesan en su contra a la hora de hacerla redonda.

1) La música

No hay. Entiendo que ésto es una cuestión muy personal. Tiendo a no sentir, a quedarme completamente frío cuando una película carece de banda sonora. En el caso que nos ocupa comprendo que su ausencia es una cuestión muy meditada y perfectamente acorde con el tono que requiere la película, pero bajo mi punto de vista, sólo en la primera parte. El laconismo le sienta bien, pero los minutos finales se acaban convirtiendo en una pesada losa que parece no moverse a ningún lado. Tener a Carter Burwell muerto de asco en los créditos finales me parece de juzgado de guardia, y me hubiese encantado un poquito de turbulencia sonora en, pongamos, el travelling sobre las marcas de las botas del primer policía muerto. Insisto, es muy probable que sea cosa mía.

2) El anticlímax

Mi mayor pega no se refiera al final, que provoca que la audiencia de la sala acaba saliendo del cine con cara de absoluto WTF al estilo de lo que ha ocurrido otras veces con, por ejemplo, “La pianista”. Ni las partes que quedan sin contar, como el destino del personaje de Chigurh. De hecho hay una serie de elipsis magistrales en esa parte del relato (Bardem mirándose las suelas de las botas al salir de la casa, Bardem preguntando “¿Puedes verme?). Sin embargo lo Coen se arriesgan a entrar en los pantanosos mundos de el coitus interruptus cinematográfico: El anticlímax. Y hay que estar absolutamente seguro de las razones que le llevan a uno a esta postura para poder dormir tranquilo. El resultado final es que personalmente me ha acabado pareciendo una decisión más cercana a la equivocación de ser fiel al texto de, por ejemplo “El señor de los anillos: El retorno del Rey” que el desvarío de “Inteligencia artificial”. No he leído el libro de Cormac McCarthy en el que está basada la cinta (por lo que dicen, de una manera extremadamente fiel), pero me decanto por pensar que la fidelidad puede haber jugado una mala pasada la obra en este caso. Cualquier cosa se puede justificar, y un sopapo al género más que ninguna, pero yo necesitaba más amargor.

Lo dicho, pendiente de una segunda oportunidad, se trata de una película magnífica, altamente recomendable, pero extrañamente coja.

P.S. I: Nunca está de más recomendar la última novela del señor McCarthy: La Carretera. Cualquier cosa que diga sobra.
P.S. II: Una pequeña recolección de críticas: Precríticas, La Butaca y Las horas perdidas. El enlace a la página oficial de la película. Una disección del final, ojo con los espoilers.





Una reflexión sobre la comedia en dos vertientes

9 11 2007

Por circunstancias que no vienen al caso, aunque relacionadas con cierta desidia, las ganas de no complicarse la vida y la necesidad de pasar un intrascendente y agradable rato en compañía de Dracma, éstos días (no quiero saber el número de veces que he utilizado estas dos palabras de ámbito tan difuso en el blog para empezar una entrada, pero seguro que son unas cuantas) hemos vistas sendas comedias románticas. Al menos creo que se puede incluir en el término a Ellas y Ellos y Love Actually. La primera estaría adscrita al género en su vertiente norteamericana y la segunda a la británica, contando ambas con referentes muy claros. Por no decir algo peor y cercano a clónico.

Ellas y Ellos (la cual siempre denomino Ellos y Ellas, supongo que por un machismo latente e irrefrenable que solo una psiquiatra feminista podría identificar, o bien por la cotidianeidad y la lengua castellana) trata la historia de dos parejas, una más o menos adulta y otra más o menos joven, las cuales tienen, cómo no (que si no dónde estaría la historia) problemas conyugales gordos, y se ponen los cuernos con ligereza y con bellezas de otro género. Al principio del retraje puede dar la impresión de que intenta alejarse mínimamente de lo edulcorado del género, especialmente en lo que se refiere a la adicción al porno del personaje de David Duchovny (especialmente destacable en la escena en la que se supone que se masturba mientras su mujer le narra una escena de una película en la que salen un caballo y una mujer y las monturas van al revés) y al cretinismo del periodista deportivo que completa la otra pareja. Es una imagen equivocada. Al avanzar la acción todo acaba cayendo en los estereotipos más clásicos de todos los tiempos, incluyendo la boda-final-feliz con embarazo. Uno se queda con la impresión de que es una comedia de aquellas que hacía Edward Burns pero en comercialoide. Lo cual tiene su guasa ya que aquellas comedias de Edward Burns se suponía tenían la misma relación respecto a las Anteriores de Woody Allen. Lo que lleva a una desasosegante sensación de degradación que, personalmente, me asquea. Joder, me paso la vida defendiendo que cualquier tiempo pasado no fue mejor, ¡No me hagáis esto ahora!

Después (no voy a indicar si minutos, horas o días, aunque si dijera días realmente también podría decir horas o minutos – o incluso milisegundos, aunque sería bastante estúpido por mi parte, aunque poco más que esta acotación autorreferencial en paréntesis) vendría Love Actually. Película coral que trata de postular, contando una infinidad de historias, en qué consiste el amor. Debido a este cruce de historias y actores (algo que empieza a estar demasiado visto, pero es probable que se a un problema de nuestro tiempo y especialmente de hacerse viejo) la película acaba resultando irregular, aunque correcta en términos generales. Se ve con agrado y no te deja le sensación de pérdida miserable de tiempo de la anteriormente reseñada. Aunque la historia tiene sus puntos de ingenio y mala leche, todo transcurre por unos cauces bastante amables y rozando el empalago en muchos casos, a lo que no es ajeno el hecho de ambientarla, en un alarde de originalidad, en Navidad. La puesta en escena, las interpretaciones, el montaje, casi todo puede considerarse correcto. Supongo que como casi todos, me quedo con el personaje del roquero acabado y malote. En el caso de esta película también queda claro que está íntimamente emparentada con 4 bodas y un funeral y otros filmes del estilo, los cuales casi parecen formar una saga. Que aparezca Hugo Grant (interpretando a un primer ministro británico que tiene la personalidad de…Hugo Grant en cualquiera de sus otras películas) no ayuda a quitarse de encima ese San Benito de “otra más”.

Llegados a este punto me planteaba algo que con infinita seguridad sesudos críticos, cuando no cosas peores, habrán desarrollado en libros enteros: las referencias de los largometrajes citados hasta ahora son tan evidentes que parecen haber sido escritos utilizando totalmente como referentes otras películas anteriores y ni un ápice de realidad. ¿Conduce esto siempre a la mediocridad? Llevado al extremo podría parecer que, si nos retrotraemos en el tiempo y esta tendencia se hubiese seguido en todos los casos, los cánones de comedia no han evolucionado y los personajes que aparecen en las películas coinciden con la gente que conoció el primer guionista de una película romántica.

Podría hablarse un largo rato sobre estereotipos y cuestione incluso un poco más aburridas, pero prefiero pensar en que el personaje de el personaje de David Duchovny es la encarnación de un ferretero de Wisconsin que conocía a un guionista en los años 30 (y se pajeaba mirando a los caballos).





Borat y la vergüenza ajena

12 03 2007

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Hace meses que me intrigaba la unanimidad de la crítica y el público respecto a una película como Borat. No es algo demasiado habitual, y el hecho de que sea una comedia, género normalmente considerado menor, y encima gamberra, cercana a cierto espíritu Jackass, me tenía intrigado. Algo más debía aportar que esa supuesta mirada crítica a la hipócrita moral conservadora estadounidense para encandilar a los especialistas en desvencijar películas. Pues bien, ya hemos terminado su visionado. Ha tenido que ser por fascículos, pero la culpa no es de la película, sino exclusivamente nuestra, ya que de un tiempo a esta parte nos hemos acostumbrado, incluso físicamente, al formato serie televisiva de 20 o 42 minutos. De hecho, creo que Borat tendría mucha más lógica como miniserie que como cine para la distribución en salas comerciales. En cualquier caso, la conclusión es que no hay más cera que la que arde, y que si alguien ve algo más que un falso documental cafre en esta cinta, es porque lo necesita. Pretender encontrar profundidad en el humor de brocha gorda de la película, por el simple hecho de dejar en evidencia a cuatro pelagatos del medio-oeste no parece el paradigma de la ironía o el análisis social. Sin embargo, como comedia pura y dura, es, por momentos, magnífica.

Eso, teniendo en cuenta el grave problema que tengo con la vergüenza ajena y las cámaras ocultas. Dicen que la expresión vergüenza ajena no existe en inglés, y he vivido con la creencia de que era así porque la cultura anglosajona no observaba dicha sensación, de que la gente no comprendía ese sentimiento. Creía que si tu suegra se pone a bailar encima de la mesa con la falda remangada, o tu padre canta la marsellesa con la nariz enrojecida en una cena con tus jefes, o el escenario entarimado se hunde bajo el peso de tu esposa el día de tu boda mientras ella está girando sobre sí misma con un cubo de KFC en la cabeza y las videocámaras de todos los invitados grabando, y eres anglosajón, no sufrirías ese irremediable impulso de imitar a los avestruces y que lo contemplarías impertérrito, o mejor, regocijado. Con el tiempo ya no estoy tan seguro. Lo que sé a ciencia cierta es que yo SÍ tengo un problema con ello, y que ver a la gente hacer el ridículo, los conozca personalmente o no, me desestabiliza completamente. Casi de una manera patológica. Tanto es así que no solamente me veo obligado a cambiar de canal si me encuentro con El Diario de Patricia en la tele, sino que también me ocurre con cualquier sitcom. Creo que me he perdido la mitad de los gags protagonizados por Ross en Friends. A veces, hasta Padre de Familia me puede hacer sentir violentado. Por no hablar de cosas demenciales como Zoombados, la cámara oculta que emite ETB2, que suele rozar los límites de los soportable. He conseguido, con lo años, ir perdiendo poco a poco el sentido del ridículo propio, pero para poder soportar el ajeno aún me queda mucho entrenamiento. Me obligo a no tocar el mando a distancia y soportar las humillaciones de los personajes que aparecen en la televisión sin apartar la vista, arañando el sofá y con los ojos inyectados en sangre (al menos así me imagino yo, aunque lo cierto es que mi sereno y carismático, por no decir asquerosamente hermoso, semblante no cambia ni un ápice en la realidad). Borat ha sido un dura prueba.

Con una lograda estética de falso documental, en el que no se sabe muy bien qué está pactado de antemano y qué es una verdadera situación límite (siempre me quedará la duda de la escena con los negros, aunque me extraña que Sacha Baron Cohen tenga tan poco aprecio por su integridad física), la película va pasando de gag en gag (he intentado buscar denodadamente, durante dos o tres segundos, un sinónimo no anglófilo para gag, pero sólo me viene a la cabeza sketch o incluso set-piece: Reverte sálvame) siguiendo un hilo más o menos fluido hasta la hilarante escena final con Pamela. El problema está, lógicamente, en que no se puede mantener un nivel constante con esas premisas, y se pasa de lo genial a lo chabacano sin solución de continuidad. La escena de la lucha en pelotas entre Borat y el gordotetas se le atragantará a más de uno, aunque a mí me parezca que tiene su lógica. Personalmente no trago la secuencia de la casa de antigüedades sureña. Creo que todos hemos superado a Pepe Villuela o “pelotazo en sus partes” a estas altura de la vida. El momento del oso, por poner un ejemplo, o el prólogo y epílogo kazajos me parecen sublimes. Curiosamente, son aquellos en los que no se nos intenta vender la situación como real, crear mal rollo con los conservadores americanos y ponerlos en evidencia, que sería el leit-motif del film, sino simplemente hacer gracia. Altibajos, sí, pero una sensación de estar ante una película notable, en la que quedan un buen puñado de coñas memorables, y una letra del himno nacional de Kazajstán que a partir de ahora aplicaré a cualquier otro himno.

Franco, Franco, que tiene el culo blanco…y eso.





Y la vimos en versión doblada

20 02 2007

Casas de Londres

Aprovechando la migración del blog, y que con ello ya puedo actualizar cuando a mí me dé la gana y no cuando al señor alojamiento le apetezca, he decidido cambiar ligeramente la filosofía de ésta mi bitácora e incluir algo más aparte de relatos, diarios de viaje (más teniendo en cuenta que nunca sé cuando me toca viajar) y reflexiones sobre la propia vida. Así que, una ración de cine. Al fin y al cabo, el cine y la literatura son parte de la vida, aunque yo los considere vida de segunda categoría. Es curioso que piense eso, porque se debe a una convicción personal que dice que lo único que funciona a la hora de crear arte son las vivencias personales y no la cultura artística de uno, que si uno es una rata de biblioteca sólo escribirá corta-pegas, antiguamente denominados collages, que rezumarán falsedad. Es evidente que hay una cantidad de ejemplos abrumadora que me contradice, pero eso nunca ha sido un problema para seguir aseverando, ni para mí, ni para nadie, la verdad. Que realice una gradación de lo que merece la pena en la vida en función de lo útil que sea para crear arte es un tanto ridículo, pero es una manera de verlo. Mañana puedo contaros justo lo contrario. Y a todo esto, el cine:
El Domingo estuve viendo La ciencia del sueño con Mireia en los cines Renoir de Deusto. En el panfleto sobre la película que se puede recoger a la entrada averiguamos que la parte autobiográfica iba a ser importante, incluso las localizaciones, que incluyen el propio apartamento donde vivió Michel. Mireia se preguntó en voz alta por qué le llamamos siempre Maikel cuando es Missssssel, sabiendo que es francés. Yo seguiré llamándole Maikel. De hecho creo que le llamaré Maikol. Después de haber visto Olvídate de mí, lo cierto es que La ciencia del sueño se queda en muy poquita cosa. La primera tiene un guión con ideas originales y sugestivas bien entrelazadas y con un contenido emocional innegable, pero la segunda solo tiene esas ideas, muy mal engarzadas, con unos personajes que no dudo que se parezcan a Gondry y su entorno, entorno que desde ya prefiero no llegar a conocer, pero que resultan incoherentes y por ello, vacuos. Incluso un demente tiene que resultar creíble. Esto puede significar que si Stephan, el protagonista de la película, es el alter-ego de Michel (Maikol) Gondry, éste mismo sea, como personaje, flojo y poco trabajado. Pues sí, así es, la vida está llena de gente sin interés y de gente interesante que sin embargo no valdría como personaje de ficción. Todo esto en lo que se refiere puramente a guión.

Resulta relevante el tono de la película, en contraste con la ya mencionada Olvídate de mí. Una es inequívocamente francesa y la otra estadounidense. En un registro independiente ambas. No se trata solamente de localizaciones y temas, sino de puesta en escena, fotografía y uso de la música. Si de algo creo que adolece en cierto caso el cine francés es de una falta de emocionalidad tremenda, de intentar reflejar emociones de manera tan visceral que acaban resultando ajenas, y muchas veces por un uso rácano del sonido y la música. Necesito una banda sonora que puntualice, si no todo queda desnudo. Sí, como en la vida, pero es que yo llevo siempre el iPod puesto.

De todos modos es una película irregular pero con apuntes interesantes, momentos de genialidad que, de todos modos, van a ser un refrito de las ideas plasmadas en sus videoclips, formato en el que creo que este hombre se desenvuelve mucho mejor si nadie le apoya. Y es que Charlie Kaufman es mucho Kaufman.

NOTA: Sí, hay enlaces. He dicho que cambio ligeramente mi filosofía.