Último día (11): Gabriel

28 02 2008

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(1) Tsan Park

Me hace gracia que me llaméis Gabriel, que me hayáis dado un nombre, por eso me presento como Gabriel, pero solamente lo hago por jugar. Realmente no tengo lo que se conoce como nombre, ni lo que se entiende por un cuerpo, ni aquello que vosotros los mortales pensáis que es vida. Lo único que soy es un puente con el que os creó, un mensajero, pero hace mucho tiempo que él no tiene nada que contar, os dejó ahí tirados con pensamientos que no sirven para nada, con una presencia física que no tiene ningún sentido, una existencia y unos razonamientos, como así os ha dado por llamarlos, que no sirven para nada. Nada es nada.

Solamente estaba concentrado cuando empezó el universo, después todo ha sido divagar. Se ha vuelto estúpido. Ya prácticamente no sabe ni lo que es. Antes éramos felices, siempre lo habíamos sido porque no había tiempo ni espacio, pero él tenía delirios y se vio a si mismo como lo que ahora sois vosotros, de una manera difusa. Piernas, brazos y cabeza. No sé de dónde sacó esa idea, ni por qué. En algún momento de aparente lucidez dice que fue una revelación, o algo parecido a lo que vosotros denomináis epifanía en vuestros idiomas, pero creo que ni él mismo lo sabe. Ya solamente le encuentro parecido con los animales que vosotros llamáis borregos. Y con el tiempo y el espacio llegó el aburrimiento, y me empecé a cansar de jugar con el resto de ángeles y arcángeles. Ellos no me comprenden pero tampoco les importa en absoluto. Él ya no responde, ni nada le atañe, ni le importuna, ni le conmueve, ni le intersa, no ve nada ni siente nada. Yo necesitaba jugar, y como él me había encomendado ser mensajero, decidí hacer de interlocutor, aunque al otro lado del hilo no hubiese nadie. Después de varios intentos me presenté a gentes impresionables bajo formas aleatorias, casi siempre con plumas, que creo que es uno de los pocos elementos nacidos de su mano inexistente que me generan un poco de satisfacción. Me presenté y os conté un poco de nuestra historia, tonterías que improvisaba perezosamente, y vi como os volvíais locos. Después he vuelto a intentarlo, pero ya no es lo mismo. Me tengo que conformar con sentarme y veros daros golpes unos a otros.

Al principio las tareas estaban un poco más repartidas, pero desde que él ya no está, desde que se ha convertido en un ente informe y estúpido y el resto de ángeles y arcángeles no desean comprender las cuestiones, he acabado por tener que hacerme cargo de todo lo que os concierne. El juego de matar es uno de los que más me divierten, aunque como todo, acaba siendo monótono y siento que ya lo he probado todo. También sigo utilizando las visiones. Nada funciona. Visito uno por uno a los millones de personas que fallecen cada día. Cada vez sois más, multiplicados por mi desidia, buscando en la multitud la diversión que ya no existe. Cuando alguien muere no pasa su vida por delante, no sé de dónde habéis sacado ésa idea, sois muy curiosos, simplemente me aparezco yo y os muestro el infierno, mezcla de vuestros terrores más profundos e individuales, deseando que alguna vez alguno reaccione, porque sé que en algún momento uno de vosotros tendrá la capacidad de hacerme desaparecer. No sé cómo es, ni cuando ocurrirá, pero lo sigo buscando desesperadamente para que termine de una vez con este aburrimiento eterno. Os sigo en vuestro último día, buscando una señal, jugando a veces con las piezas, intentando conocer vuestros nombres y derribándoles cuando me harto. Todo esto que estoy, cómo se denomina en vuestra idioma, contando, pero que en realidad no está compuesto por palabras, no ha durado algo mesurable según los métodos ridículos que usáis para medir el tiempo. Y me presento en este segundo a los diez ridículos personajes de este instante. Me apetecen muertes súbitas, aunque suelo preferir algo más lento, doloroso y veros, según lo llamáis vosotros, sufrir. Es ligeramente menos tedioso. Barajo las cartas.

Infarto de Miocardio.
Asesinato por arma blanca.
Aplastamiento por piedra caliza.
Indigestión extrema.
Congelación
Ataque de pánico.
Sobredosis
Asfixia en el propio vómito
Electrocución por descarga atmosférica
Teletransporte y desintegración parcial

En este último caso necesitaba algo más espectacular. Es lo poco que me queda. Cada vez lo voy forzando todo un poco más, pero no puedo arriesgarme a pasarme de la raya y perderos por provocar la completa demencia y destrucción de vuestra especie, tengo que encontrar al que me aniquilará. Lo necesito y sé que está ahí, porque estoy destinado a ello. Él me lo dijo antes de convertirse en un imbécil, él me dijo que sería un humano con bolígrafo llamado Mikel.

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Último día (10): María Isulana

28 02 2008

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Sé que algún día tendré que volver, pero no quiero enfrentarme de nuevo a mis visiones. Aunque no me han perseguido hasta este rincón perdido del planeta, nunca me siento totalmente segura. Me enrolé en este estudio científico en cuanto vi la solicitud en la intranet de la universidad. Desde que llegué aquí la rutina diaria es sencilla y hace que la vida también lo sea. El único problema viene de tener que aguantar a mis compañeros, pese a que intento tener el menor trato posible con ellos. En cualquier caso, la repulsión es mutua. Los otros investigadores no saben hablar de nada. Los hombres cada día parecen más salidos y ellas sé que me miran de reojo. Con el estamento militar sencillamente ni me relaciono.

A las 8 de la mañana suena la música, siempre algo de Brahms. Desayunamos todos juntos en el módulo de viviendas. Echamos un vistazo al parte previsto para el día y así decidir si se trabajará dentro del módulo científico o en campo. Los vientos se prevén racheados y la nieve, según los servicios meteorológicos para esta zona del círculo polar antártico, tiene ciertas posibilidades de aparecer. Todos son partidarios de quedarse al abrigo de los muros, pero yo necesito salir. Llevamos una semana aquí encerrados y no lo soporto. Odio mi portátil. Odio los frascos de muestras. Odio ver a Zaira maquillándose todas las mañanas para sí misma y para los pingüinos. Me asfixio. Tras unos minutos de discusión, ya considerablemente irritada, salgo por la puerta y la ventisca me azota en la cara. Por fin un poco de vida. Sólo ha sido un golpe de aire fresco y en unos segundos ha parado el viento, las nubes dejan un claro y el sol ilumina puerto Foster y el monte Goddard al fondo. Me vuelvo y abro los brazos en señal de “¡Lo veis, so gallinas!”, pero no creo convencer a nadie. El viento sopla de nuevo a mi espalada y el pelo se me alborota me cubre la cara, todavía con los brazos levantados.

Aunque sabía a lo que venía, que estaría rodeada de mentes cuadriculadas y disciplina castrense, no estaba preparada. La rutina, la repetición, la comida seca, el olor de los otros humanos. Decido que haré una pequeña incursión yo sola, lo cual está terminantemente prohibido, con la auto-excusa de recoger unas muestras de líquenes, aunque lo que realmente deseo es estirar las piernas. Esperaré a después de comer. Mientras tanto los soldados se dedican a labores de intendencia general y el resto del equipo a relajarse, dado que hoy es Domingo. Yo me tumbo y leo uno de los libros de Saramago que me regaló mi madre antes de venir aquí hace tres meses, pero soy absolutamente incapaz de concentrarme, como siempre. Recuerdo de repente, las caras en las paredes. La cara de Cristo en las humedades del techo. La cara de aquel hombre con barba en los restos de café de la taza. Vuelvo a revivir todas aquellas visiones que nunca compartí con nadie y que me estaban volviendo loca.

Tras el almuerzo, el sopor es generalizado. Me pongo mi anorak rojo y les comunico que voy un rato al iglú laboratorio para realizar un par de simulaciones que tengo pendientes, y con la excusa nadie me impide salir con mi mochila. Estoy extasiada. El frío es helador y todo está cubierto de un ligero manto blanco que a veces deja entrever el color pardo de los piroclastos. Bajo hasta la playa. Veo un par de leones marinos. Echo un vistazo hacia los Fuelles de Neptuno y tomo aire profundamente. Duele. Quiero, necesito tener una panorámica de la isla, su forma anular el cráter cubierto de agua como un lago, así que me dirijo hacia lo alto del monte Kirkwood. La ascensión es penosa y se hace complicado avanzar entre la nieve y la ceniza. A veces me dan ataques de tos. Se ha levantado el viento helador otra vez, y se empiezan a formar remolinos de nieve mezclados con la oscura y antigua lava. En un instante se me aparece la cara de Dios delante, y desaparece. Se me hiela el aliento. Esperaba que no pudiera seguirme hasta Isla Decepción. Lo maldigo y cierro los ojos y sigo andando.

Me da la impresión de que las nubes se están cerrando, empieza a oscurecer, pero no puedo detenerme. Intento olvidar la faz del todopoderoso que ha formado la ceniza hace un momento, la barba, los ojos en llamas, pero el miedo me puede. Sigo caminando encogida, con una mano delante de la cara para tapar las agujas de hielo. Ya no puedo detenerme.





Último día (9): Juan Ramírez de la Piscina

27 02 2008

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Mi madre me despierta por las mañanas y yo le grito a veces le escupo para que me deje en paz. Ya está acostumbrada. Me ducho y me hago una paja mientras ella quema las tostadas y le calienta la leche a mi hermano. No sé para qué cojones me tengo que levantar todas las mañana e ir a esa mierda de instituto.

Voy andando mientras escucho Simple Plan o Avenged Sevenfold o Laibach en el iPod. Tengo un poster enorme de los Laibach en la habitación. Mi madre no lo entiende y dice que a esta edad debería estar en su lugar una foto de Jessica Alba. Le gusta hacerse la enrollada a la muy gilipollas.

En clase no hablo con casi nadie. Si puedo, intento dormir, aunque no es fácil. No entiendo el álgebra, ni la biología. La historia es toda mentira. Creo que solo he intervenido en clase cuando se tocó el tema de la Segunda Guerra Mundial, aunque creo que no les gustaron mis opiniones. De hecho acabé en el despacho del jefe de estudios, un monstruo enano sudoroso con cara de nervios que intenta hacer como que es un colega de toda la vida, que es tu amigo, como casi todo el mundo, pero solo es un hipócrita solitario que no merece vivir, como el resto de la humanidad.

A la hora de comer intento no escuchar a mi madre mientras me trago sus apestosos garbanzos en la cocina. Cree que aunque la trato como la mierda, la quiero, pero no es cierto. Si tengo un par de euros en el bolsillo prefiero ir al MacDonalds, aunque muchas veces tengo que joderme con una sala atestada de subnormales y ecuatorianos. Son como cerdos para mí. Imagino que la hamburguesa es su cabeza aplastada por mis botas, que pesan doscientos kilos, y entonces puedo tragarme esa bazofia entre pan y pan.

Por las tardes todo se repite. Hago dibujos en mi cuaderno mientras algún soplapollas habla delante de la pizarra. Mi compañero, un escuchimizado andrajo al que le huele el aliento a chorizo, los suele mirar horrorizado. No me dirige la palabra desde que le expliqué qué opino de las mujeres hace un mes. Con el resto de gente de la clase es peor. Ayer me lanzaron desde las primeras filas una pelotilla de papel rellena con escupitajos y pelos de polla. Muchos días, si me dejo algún libro en la mesa, me lo encuentro al día siguiente apegotonado sin poder separar las páginas. El otro día me puse a lamer uno de esos libros delante de los que creo que lo hacen. Uno vomitó.
Vuelvo a casa y juego con la consola. Calzo la puerta de mi habitación con un taco para que mi madre no me de la brasa. Búscate algún amigo, me dice, entre otras cosas. Menos mal que tengo a tu hermano. Tu padre murió del disgusto. Eres un parásito.
Si me harto salgo a la calle con la excusa de haber quedado con alguna chica, lo que no se traga pero no me detiene porque sabe que soy más fuerte que ella. Ando y ando, atravieso las líneas del tren y llego al solar en construcción a las afueras donde dentro de poco acabaran de construir unas vivienda de protección oficial. Me acerco al montículo donde está ella. Miro hacia la tierra removida y pienso en sus huesos. En los gusanos. Siempre tengo una erección.





Último día (8): El Gran Alfonso

25 02 2008

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Suelo despertarme con resaca, a media mañana, en las afueras de algún pueblo que esté celebrando sus fiestas patronales. Me tomo un par de cafés, que hago yo mismo en la cafetera que enchufo al mechero del coche donde duermo. Mi viejo 127 que me acompaña desde hace tantos años. La mayoría de las veces tengo que alejarme un poco a vomitar entre los árboles, o entre los contenedores. Normalmente, para cuando me siento con fuerzas es ya la hora de comer.. Recojo un poco mi automóvil, saco mis bártulos del maletero y los cargo hasta la calle principal. Monto mi mesa de cámping y los carteles. Mis muestras de dibujos. Coloco el mantel y la silla plegable. El rótulo que dice: “TU CARICATURA Y TU FUTURO (todo en 1) por solo 5 EUROS”. Mi tarot sobre el tapete sobre el mantel. Y me siento a esperar.

Ya no tengo fuerzas para llamar la atención de la gente que pasea distraída. Cuando algún iluso pica le echo las cartas y le cuento lo guapo, listo y afortunadísimo que es. Si sale la carta de la muerte o del loco me hago el ídem. Luego intento que no me tiemble demasiado el pulso mientras le dibujo una nariz descomunal. A los chatos los retarato con orejas grandes. Se suelen ir contentos y yo procuro no echarles el aliento. De vez en cuando no tengo más remedio que pegarle unos tragos a la botella que guardo en la neverita para no abotargarme y evitar las náuseas. A veces le pido a algún transeúnte con cara de buena persona que me traiga un bocadillo. En el momento en que empieza a anochecer y la calle se llena de más ruido, de comparsas, de peñas de amigos del vino, de borrachos cantantes y danzantes en definitiva, recojo el chiringuito. Cuento el dinero del día, guardo algo para gasolina y café, dejo todo en el maletero del 127 otra vez y me dirijo a algún bar de la zona que no esté demasiado abarrotado para tomarme mi ronda de licor.

Al cabo de un rato consigo sentirme bien por primera vez en el día y olvidarme de casi todas las miserias de las horas anteriores. A veces me siento el rey del mundo, saco la baraja y les enseño trucos inverosímiles a los parroquianos. Incluso los más incrédulos se quedan boquiabiertos. Cuando estoy borracho nadie puede seguir mis dedos. Hago trucos que nadie ha realizado jamás. Mis manos se mueven a la velocidad de la luz hasta que pierdo el equilibrio, me caigo del taburete y me sacan a rastras del bar. A veces soy capaz de salir por mi propio pie. La mayoría de las veces acabo amaneciendo junto a las ruedas de mi 127, con las llaves en la mano, deseando haberme quedado dormido en medio de la carretera y haber sido atropellado por un camión de muchos ejes. Nunca consigo acordarme de cómo lo hice.

Antes intentaba repetir los juegos de manos de la noche anterior, apoyado en el asiento del conductor, pero siempre se me acababan cayendo los naipes al suelo. Doblados, y terminaba mirando mis torcidos dedos con odio. Ahora ya ni siquiera me esfuerzo, simplemente me tomo mi café de mechero y preparo mis bártulos, esperando reunir el dinero suficiente durante la tarde para volver a ser realmente grande durante un instante por la noche.





Último día (7): Simon Beaver

24 02 2008

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La verdad es que me metí en esto para huir de la monotonía. Eso es lo que digo en las entrevistas para fanzines intelectuales, aunque también suelo soltar alguna barbaridad descerebrada que otra. Hay que mantener una reputación. Pero la verdad es que lo hice para no currar. Lo odiaba. Cargar camiones. Pintar habitaciones de casas burguesas con mi padre. En cuanto pude me compré una guitarra y busqué otro par de desgraciados del instituto para que me acompañaran. En las revistas de tendencias digo que empecé en el mundillo del rock por las tías. En parte también es cierto, pero al final también te cansas de echar polvos con desconocidas.

Suelo despertarme con resaca, aunque cada vez con menos frecuencia, con mucho peor cuerpo cuando ocurre. Un día de estos hasta pienso tener un hijo legítimo, reconocerlo y tatuarme su nombre. Tengo un hueco preparado junto al omóplato derecho. Normalmente como algo con el primer roadie que pillo por banda, y es que odio comer sólo. A ser posible prefiero cosas grasientas, que es lo mejor para desatascar las cañerías. Como con café. Al resto de la banda prefiero ni verles fuera del escenario cuando estoy de gira.

Por la tarde me suelo tumbar en el autobús a ver un DVD mientras nos lleva a la próxima ciudad. A veces me aburro más de lo normal y me meto algo, aunque cada vez menos. Ayer tiré a Anders por la puerta del conductor con el autobús en marcha, no porque estuviéramos cabreados ni nada, fue solamente por pasar el rato. No veas que risas no echamos. Dio miles de vueltas de campana por un trigal y luego tenía espigas hasta en el ojete y no hacía más que insultarnos en sueco. Lo normal, si no es día de descanso, es llegar al sonar, probar sonido, salir a cenar algo, beber unas cervezas y volver una hora más tarde de lo programado para tocar. Después depende, pero siempre suele haber garitos abiertos hasta las ocho de la mañana en cualquier ciudad, aunque sea en las afueras, y para algo tenemos chofer.

Creo que voy a dejar esta banda de mierda. El resto del grupo es un asco. Los conozco desde que éramos así y siempre han sido igual de cagones. Aunque les quiero. Nunca arriesgan nada, todo el puto día repitiendo las mismas canciones, una y otra vez, con la ropa de nuestra primera gira. Hasta eso tienen miedo de variarlo por si los fans no lo entienden. Que les den por el culo, un día de éstos grabaré las canciones que tengo compuestas, solo con la guitarra, en plan intimista. Quizás con unos violines. Seguro.
Esta noche duermo acompañado, como casi siempre. Antes era una chica diferente cada vez, pero últimamente me veo repitiendo con ésta tía que nos acompaña desde Montreal. Tampoco es que me guste especialmente, pero no sé por que, me apetece. Creo que un día de éstos debería casarme. Lo juro.





Último día (6): Carmen Baldosín

23 02 2008

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La vida se pasa en un suspiro, hazme caso, te lo digo yo, que no te das cuenta ya tienes cincuenta años. Para mí, ahora va más rápido, aunque desde que dejé el trabajo salgo poco de casa. Lo sé, tendría que hacer más cosas. Sabes que sigo apuntada a las clases de reciclaje y también a las de Photoshop. Es lo que hago por las mañanas, me levanto, desayuno unas tostadas, a veces me bebo una copita de vino, y voy a mis clases. El profesor de informática es muy desagradable, especialmente conmigo porque claro, si fuera un bollito de veinte años seguro que me bailaba el agua, aunque quizás lo que pasa es que es uno de ésos gays amargados. No sabes lo frustrante que es. No, perdona, no quería generalizar. Después de clase suelo quedar con una amiga del banco donde trabajaba para tomar el café. Esa sí que vive bien, todo el día saliendo a desayunar, pero a mí me tenían harta, tenía que hacer el trabajo de los demás, sacarles las castañas del fuego y poner siempre la cara, para que luego el mérito se lo llevasen otros y a mí ni las gracias. No podía aguantarlo. ¿Si estoy buscando trabajo? Bueno, la verdad es que no me apetece nada…si en el paro me ofrecen algo a tiempo parcial lo pensaría, pero cada vez que se lo digo a la de la ventanilla, una mujer realmente desagradable, se ríe en mi cara.

Suelo comer en casa, cosas sanas, que ya sabes que es importante comer sano, y me tomo una copita de vino, a ser posible bueno, que total a una ya en esta vida es casi lo único que le queda. Ayer fui al médico y me dijo que el bulto de la espalda no era nada, pero no me miró bien, estoy segura. Ese Doctor Villuendas es un incompetente y además, maleducado. Nunca pasa conmigo más de cinco minutos y siempre me quiere recetar antidepresivos, pero yo no quiero drogas, yo quiero que me deje de doler la espalda y que me diga qué es ese bulto, que seguro que es algo. No me hacen ni caso, nadie, ni mi familia, ya ni siquiera la amiga del banco. A que es un desgracia, no me digas que no.

Las tardes las dedico a ver un poco la tele, pero no demasiado que atonta, además cada día es peor, antes sí que se hacían buenos programas. Normalmente prefiero hacer puzzles, como ése que ves en el suelo de la habitación. Estoy a punto de acabar, es una vista nocturna de Seúl que me está costando una barbaridad, más con el reuma de los dedos, aunque el Doctor Villuendas dice que no me ve nada. Qué sabrá él.

En eso paso el tiempo, un poco de tele, un poco de puzzles, alguna llamada a mi amiga del banco, reuniones de vecinos, que tenemos cada semana, no te creas. Tenemos que poner un ascensor y arreglar el tejado, pero es un desastre. Mis vecinos son todos unos impresentables y no hay manera de ponerse de acuerdo. Encima les digo que me han salido humedades y no me hacen ni caso. Ya de los orines del portal ni hablamos, que querían echar mi culpa al pobre Lucas, mi terrier, que en paz descanse. Estoy segura que era el anciano del sexto A, que es un incontinente.
¿Que hace frío aquí dices? Yo estoy acostumbrada, uso poco la calefacción porque me consumía una barbaridad, creo que los del gas me estaban timando, así que ahora simplemente estoy con jersey en casa, que sale más barato y además es bueno para el efecto invernadero, que hay que ver como está el planeta.

Escucha, ¿No oyes a la de arriba? Todo el santo día con los tacones, cuando se levanta por la mañana, por la noche cuando llega, no me deja descansar. Todo me pasa a mí. Al acostarme me tengo que tomar unas copitas de vino y uno o dos somníferos, que cuestan un dinero, no creas, porque vaya seguridad social que tenemos. Y menudo gobierno. Cada vez duermo menos, oigo el tráfico de la calle constantemente, y eso que puse doble acristalamiento. ¿Lo oyes no? El ayuntamiento dice que van a arreglarlo, promesas, son unos mentirosos, a nosotros que nos den dos duros. Así normal que esté de los nervios.





Último día (5): Emil Bonanza

22 02 2008

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Me apetece contarles a ustedes qué hago durante el día. No es nada especial, puede que algunos lo consideren aburrido o monótono, pero no es ni más ni menos que a lo que dedico mis siete días de la semana, porque hace ya mucho que me es indiferente si es Lunes o Domingo, solo me preocupa el tiempo. Ahora mismo es invierno, y fuera está nevando, por lo que debo encender el calefactor del dormitorio del apartamento en el que vivo. Quizás quieran saber sí me aseo nada más levantarme de la cama, o puede que les sea indiferente, pero sepan que todas las mañanas voy me tomo el café de rigor, unas sopas de pan duro y justo seguido voy al baño a ducharme, hacer de vientre y afeitarme. A mi edad, por fortuna, todavía consigo mantener una regularidad intestinal estupenda. Por lo que dicen en los programas de televisión matutinos, no es algo común, ni en el tercera edad suiza, ni tampoco en la de mi país de origen. Sí, suelo ver el parte por la cadena internacional que pusieron en estos apartamentos. En cuanto termino de ordenar las cuatro cosas que hay en mi casa, bajo a comprar la prensa y dar un paseo hasta el lago, llueva o truene, lo bordeo, y vuelvo a mi hogar atravesando media ciudad. Aún me mantengo en forma. Hace ya tiempo que me jubilé en este país, y no quise volver. Mi mujer, Dios la tenga en su gloria, murió hace años ya, y mis hijos viven todos cerca de aquí, aunque ya casi se han olvidado de su viejo. Yo de ellos no. En definitiva, no había nada que me uniera a mi país. Hasta la hora de la comida me dedico a hacer solitarios con una baraja española. Después, caliento la comida que preparé el día anterior en el micro-ondas. Suelo mirar cómo se va calentando la comida, me resulta increíble cómo puede funcionar este cacharro. Antes me interesaba enterarme de la razón por las que los aparatos funcionaban, en su momento llegué a comprender cuáles eran los fundamentos de un televisor, se lo juro, pero ya lo he olvidado y prácticamente no me interesa. A veces intento leer algo que no sea la prensa, pero me aburro en un periquete, no lo consigo encontrar interesante en ningún momento, ni tan siquiera las noveluchas de temática negra que antes devoraba. Tras fregar el plato y el tenedor preparo la cena y la comida del día siguiente, las guardo en la nevera y leo la prensa de la mañana, sin dejar ni una coma. Quizás se pregunten por qué demonios hago esto si parece que las letras ya no me interesan, pero tengo mis razones, que no les voy a contar en este momento, ni en otro, que les podrían resultar un tanto peregrinas. Después, cada tres días, bajo al supermercado de la esquina a comprar los víveres para los siguientes tres, y a la tienda de pesca de Otto a por cebo y sedal, si me hace falta. En los días intermedios entre ellos, subo a casa de nuevo y en lugar de seguir haciendo solitarios con la televisión de fondo a la que, por si les interesa, no hago el menor caso, agrupo todos mis aparejos y la cesta, me pongo mi chaleco y vuelvo hasta el lago para pescar hasta que anochece. A veces vuelvo bien entrada la noche. No se preocupen, no estoy loco, conozco el camino como la palma de mi mano, llevo pescando aquí durante años. Si quieren que les diga la verdad, cada vez hay menos peces y casi nunca consigo volver con una pieza, pero hace ya mucho que dejó de importarme. Ahora sólo me siento sobre mi roca y echo la caña, miro las montañas del fondo, con sus bosques negros que acaban abruptamente, sus aristas, a veces nevadas, cada vez con menos frecuencia. Hoy, precisamente, deben estar hasta arriba de nieve, porque se ha levantado una ventisca tremenda. Mi roca la noto muy fría bajo el trasero y, por supuesto, no han picado. Parece que va a helar y puede que mañana tenga que hacer un agujero en la capa. Si el manto es muy grueso se convierte en un engorro, mis articulaciones sufren mucho con el frío últimamente. No se crean que estoy a gusto, no, lo cierto es que las esquirlas de hielo se me están acumulando en el bigote y casi no noto mis extremidades, pero no pienso moverme de aquí hasta que anochezca. Puede que les parezca extraño, pero tengo mis razones. En estos momentos casi no veo ni a unos metros y se empieza a acumular un capa blanca bastante importante. Es curioso, me parece que he escuchado pisadas. Sí, es una figura con un anorak rojo a mi derecha que viene por el camino de las montañas. Lleva la mano sobre la cara y tiene el pelo largo. Un momento, parece que pican.