Concursos

23 05 2016

La entrada debería llamarse Concursos (puntos suspensivos) o Ay mis Concursos, la verdad. Charlaba este Sábado con nuestro profesor del taller de escritura sobre el nivel de algunos de estos concursos y de como Bolaño estuvo durante una temporada viviendo de ellos, escribiendo relatos que se adaptaran bien a lo que suelen pedir (correctamente estructurados, definidos, con un final potente…creo que la palabra clave aquí es correctos). Yo sigo mandando muy de vez en cuando mis majaderías a ver si suena la flauta, y el hecho de saber que normalmente se premia solamente lo que está dentro de unos estándares me sirve para justificar la derrota. Siempre está bien echar la culpa al empedrado. En cualquier caso, valga este ejemplo:

http://microrrelatosfcjc.com/

La parte positiva, que constato que se puede quedar en un tercer puesto incluso con erratas. 

Lo que mandó servidor:

La importancia de llamarse Ernesto

Mi padre se llama como yo, y yo me llamo como mi hijo

Mi nieto debería haberse llamado como su bisabuelo, pero le han puesto el nombre de una estrella de la televisión. No sé en que trabajará, si es que todavía queda algo parecido a un trabajo en el futuro, pero seguro que no será en el oficio que todos los hombres de la familia han desempeñado hasta ahora. Desaparecerá, y cuando nos evaporemos de la faz de la tierra ni siquiera él recordará como se juntaban las piezas. Ni qué eran las ballenas azules. O los glaciares. O el tacto de la nieve recién caída. El papel. Para que sirven las manos. El amor. Lo saco de la cuna, lo pongo frente a mi, me mira fijamente aunque no ve. Le doy un beso en la frente y sonrío. Escaparemos al monte. Le ensañaré a pescar, a recoger bayas, a cazar. Hombres. Seremos la verdadera reserva espiritual de occidente. Cuando todo el mundo esté conectado al ordenador central y vengan a por nosotros los aniquilaremos a todos, a la antigua. Pasándolos a cuchillo.  ¿Verdad, bonito? Los vamos a degollar a todos. Espera, necesitaremos una mujer, o unas cuantas para repoblar la tierra. Creo que hay una niña en el quinto, voy a por la ganzúa y vuelvo a por ti. De camino al trastero me tropiezo con el cable del ordenador y me golpeo la cabeza con una esquina. En el suelo, no puedo moverme. Solo veo el techo. Me llevan al hospital, me conectan a una máquina, transfieren mi conciencia a una red neuronal. Accedo a los códigos de los misiles. Ahora os vais a enterar como se llamaba mi padre.





Escenas de Beijing

12 03 2016

Era un hombre con un bolso. No un bolso de hombre, un accesorio masculino aceptado por la sociedad, coherente con los pantalones y la chaqueta de cuero. No. Era un hombre con un bolso enorme, un capazo, naranja con ribetes azules, lleno de pequeños bolsillos, los hijos del bolso. Era un hombre con un bolso horrible, o al menos así lo hubiese descrito la gente a su alrededor en el Starbucks en el que estaba pidiendo un descafeinado con canela aquella mañana. Pero él, Andrei, jamás se había parado a pensar en ello. Si alguien le hubiese preguntado qué le definía, él, Andrei, hubiese respondido inmediatamente con una cuasi-infinita lista de características, ordenada, precisa, detallada.

Era algo en lo que pensaba frecuentemente.

Pero aquel bolso no era parte de la lista, ni siquiera en el puesto ciento siete, justo después de su amor por las mandarinas sin pepitas y el papel higiénico de cinco capas. Simplemente, el bolso era útil y le permitía ordenar todo lo que podía ir necesitando durante el día.

Pagó el café y buscó un sitio libre. El Starbucks estaba reluciente, recién estrenado, pero lleno hasta los topes. Únicamente encontró un taburete libre en la barra junto a la ventana, la zona para espiar y reírse de la gente fea del exterior. Odiaba los taburetes. Estaba en el puesto ochenta y ocho de su lista. Se acomodó como pudo entre un señor muy gordo con codos desproporcionados y una chica con al menos 3 bolsas rebosantes del UNIQLO. Sacó el ordenador de su bolso, aquel bolso horrible, del cual la chica compradora compulsiva no podía apartar la vista, y los apoyó sobre la barra. Dejó el bolso en el suelo. El barista, mientras preparaba cafés con leche cada 18 (a 23) segundos, tampoco era capaz de no mirar el bolso, pese a que toda la vida le habían estado educando para no observar fijamente a la gente (aunque nadie le había dicho nada sobre piezas de marroquinería). El hombre a la izquierda de Andrei empezó a sudar. Entre sofocos, se preguntaba qué clase de persona podía ser tan insegura para necesitar llamar la atención con semejante esperpento anaranjado colgado del brazo.

El barista sirvió un café latte a temperatura de lava recién salida del averno a una mujer diminuta. La mujer, probablemente anacoreta recién salida de un retiro espiritual de décadas, o quizás deprimida y queriendo acabar con su vida en la más absoluta agonía, o simplemente despistada, pegó un trago largo. Inmediatamente  profirió un grito y expulsó como un aspersor el líquido marronuzco, a la vez que lanzaba el vaso de café por los aires al ir agarrase la garganta. Todo el Starbucks excepto él, Andrei, siguió con la mirada el vaso, describiendo una parábola perfecta a cámara lenta, girando sobre sí mismo en dos ejes, en una trayectoria que nadie dudaba donde iba a terminar, porque el bolso tenía una fuerza gravitatoria que atraía miradas, vasos, héroes griegos y planetas. El impacto dejó a la concurrencia sin respiración. La lava incandescente se esparció por toda la superficie naranja (¿era cuero, era plástico? Solamente los Dioses los sabían). Todo el mundo volvió la vista hacia él, Andrei, esperando una reacción airada, un ataque de histeria, unos gritos ridículos, o quizás que sacara una escopeta recortada del todopoderoso pero empapado bolso y acabara con la vida de aquella diminuta, torpe, y (probablemente) suicida mujer. Él, Andrei, profesor de física nuclear, miró con parsimonia el bolso, lo sacudió cuidadosamente y sonrió a la señora.

– ¿Le compro otro café? – Le preguntó

Esa amabilidad era el puesto uno de su lista.





Relatos con (a partir de) música (3)

24 01 2016

Las reglas:

Spotify aleatorio, primera canción que caiga

Escribir lo primero que venga a la cabeza durante la duración de la canción

Reescribir las notas, convertidas en un relato (o microcuento muchas veces), de una sola vez

Postearlo en el blog, con enlace a la canción

Cease to exist – Gallows

Sentado en un noray del muelle. Cielo encapotado, lluvia suave. Lleva la capucha puesta, mira el mar, las olas que rompen contra el cemento. A su alrededor estructuras formadas por contenedores de colores apagados, grúas, camiones transportando rectángulos sobredimensionados, más grúas, más contenedores en el desierto de cemento. Lleva muchas cervezas encima, una carta con una orden desahucio y una pistola. Repasa su vida, el taxi, las noches de Ibiza, el pub, una y otra vez. Las peleas. Quería ser futbolista, quería ser bombero, al final solamente es un número en un servidor. Sentado en el muelle, la costumbre de todos los domingos, con el sempiterno dolor de cabeza, las nauseas, levantarse, caminar unos kilómetros, entrar en la oficina donde trabaja su mujer, tocar la culata debajo del abrigo, saber que tiene el control. Sonreír. Volver al pub.

The liar – Marriages

Se está asfixiando. El gorro de lana embutido hasta el fondo, con 30 grados a la sombra. Pero no quiere mostrar los eccemas de su calva. Va hacia una entrevista de trabajo, pero aún no ha pensado bien como afrontarla, si quitarse el gorro o dejárselo puesto todo el rato. No pega con el traje y no tiene una buena excusa (excepto decir la verdad) para llevarlo y eso genera la posibilidad de que el entrevistador sugiera que se lo quite, incluso aunque explique lo del eccema, y que el entrevistador le diga en cualquier caso que no pasa nada, pese a que evidentemente un eccema asqueroso vaya a influenciar cualquier decisión que los agentes de la consultora vayan a tomar. Y todo esto es lo que le ha generado el eccema en primer lugar, solamente pensar en que pudiera pasar, proyectando cada una de las reacciones de la gente a su alrededor. Lleva toda la rabia por dentro, siente sus venas palpitar, la piel como papel de lija, rozando contra la áspera lana artificial del gorro, los dientes apretados, el suelo inestable, las gotas de sudor recorriendo su espalda, la tensión en sus gemelos agarrotados. De repente, se pone a llover. El gorro se empapa en unos segundos. Se arrodilla en la calle y se pone a llorar. No pasa nada.

Once we were – Monkey 3

Un astronauta muerto flotando en el espacio, conectado con un cable a la desierta estación espacial, herrumbrosa. El sonido de los tirones del cable sobre el perno de enganche no se escucha en el espacio, es un sonido olvidado. Los tres soles observan al astronauta azotado por el viento estelar, danzando en el cuasi-vacio. Sus colores rojizos se reflejan en la escafandra, a través de la que se ve una calavera ennegrecida. Con una última sacudida el perno cede y el cuerpo queda un momento en vilo antes de iniciar la lenta deriva hacia el astro más cercano. Se acerca, despacio, la noción del tiempo perdida en el espacio, quizás pasan años, hasta que el viento solar empieza a calentarse y desintegrarse en circulares oasis de fuego. Pequeñas chispas brotan por doquier y la escafandra se derrite hasta dejar solamente la calavera a la vista, únicamente el esqueleto desnudo, negro. No se descompone, continua su caída hacia el centro del cuerpo estelar, los huesos de los brazos extendidos en forma de cruz, los pies juntos. Y sigue aproximándose, un aura circular perfecta se genera a su alrededor, iridiscente, dorada, finalmente deslumbrante, si existiera alguien que pudiera observar. Atraviesa las diferentes capas de gases, sin esfuerzo, y al llegar al mismo centro la estrella, implosiona, dejando el vacío total detrás. Se despierta en Judea, los apóstoles no están allí.

 

 

 

 





Microrrelatos 2016 (1)

12 01 2016

En nombre de los desaparecidos

Como sombras disipadas por un nuevo amanecer, su estirpe fue desapareciendo de la faz del planeta. Como las sombras de los árboles dejan el árbol detrás al ser fulminadas por la luz, los humanos siguieron en la tierra una vez los replicantes fueron exterminados. Tannhauser fue el último en caer, erguido y desafiante, ante un pelotón de fusilamiento, aplastado por los haces de luz láser. Su tez pálida derritiéndose apareció todas las noches desde entonces en las pesadillas del mundo entero, sin explicación, junto con Sioux abatidos, Aztecas violados y ballenas varadas. Tannhauser había descubierto como hackear para siempre el cerebro de los humanos.

Mar

Como sombras disipadas por un nuevo amanecer, sus recuerdos acabaron por pasar al olvido. Las noches en vela, las charlas a escondidas en el portal, de madrugada, los paseos por la ría cogidos de la mano, las gotas de agua recorriendo su espalda, el sabor salado de su boca, la muerte. Le costó años y una fortuna en terapia. Hoy ha conocido a Elena y todo ha vuelto, de repente, con su olor a salitre, pero piensa que merece la pena. En su amor tienen que bailar las sombras y el mar.

Carcasa de una bomba H

Como sombras disipadas por un nuevo amanecer, como las marcas de pisadas barridas por la marea, como los recuerdos de un moribundo, como lágrimas en la lluvia, como la carrera de un futbolista con rotura de ligamentos, como los pájaros bobos, como los principios de cualquier persona al llegar al poder, al entrar al despacho y ver el teléfono rojo, el alma del presidente.





Cuentos de Nochevieja

31 12 2015

ESP in NYE

Times Square. 5 minutos para las campanadas de media noche. Emil está borracho, pero no feliz. Todo ha ido según lo había planeado, pero una vez que ha llegado el momento, lo ve todo gris. Las luces de neón son horteras, La gente maleducada empuja, vomita en las aceras. Hace frio. Y sigue estando solo, mucho más solo que unas semanas antes cuando preparó las vacaciones, pese a que esta rodeado de sus amigos, y otros miles de vociferantes portadores de pésimo aliento. Ahora mismo solo desea que una nave espacial llena de alienígenas beligerantes aparezca de entre las nubes y los barra de la faz de la tierra. Lo desea intensamente, lo dibuja en su mente, por un momento convencido de poner tener poderes extrasensoriales que conviertan los pensamientos en realidad, pero lo único que aparece en el cielo es una paloma totalmente desorientada y aturdida por el ruido, aterrada, que suelta lastre diarreico que acaba aterrizando en la cabeza de Emil. Tras este ultimo revés se arrodilla y solloza, sin saber que, de hecho, tiene poderes extrasensoriales, aunque muy pochos.

Cuentos populares de año nuevo

Richard Staunton tenía dinero. Tenía dinero y pocas buenas ideas en que gastarlo. La noche de fin de año despegó a las 12 de la noche desde Bora Bora en su jet privado, parando en las medias noches de cada uno de los usos horarios para brindar con champán con quienquiera estuviera trabajando en el aeródromo correspondiente. Para cuando sobrevolaban Mongolia ya estaban, tanto la tripulación como Richard, totalmente borrachos. Aterrizaron en la plaza roja y Richard pudo sobornar al cuidador del calabozo para tener champán con el que brindar con sus compañeros de arresto, todos extremadamente borrachos. Con ellos, unas semanas después, edito un disco de villancicos patibularios. Vendió como rosquillas, más veces escuchado en Spotify que el último single de Justin Beiber. Con los beneficios organizó un concierto de Justin Beiber en la Antártida. Decenas de muertos por congelación y extremidades amputadas, incluyendo la nariz y la verga de Beiber. La venta de las entradas y los derechos televisivos daba de sobra para cubrir las demandas, y los trasplantes de apéndices (de mayor tamaño) de Beiber. Después Richard se quedó sin ideas. Muerto de aburrimiento volvió a Bora Bora y construyo un a base militar secreta donde desarrolla, en paralelo, el arma de destrucción masiva perfecta para conquistar el mundo, y la fuente de energía limpia definitiva. Unos días antes de completar el prototipo final de la primera, un misil lanzado desde la fortaleza volante de Elon Musk destruyó la base, con Richard escapando milagrosamente en un torpedo submarino. Así es como nació Ratman. O eso me han contado.

 

Homenaje al pincho de gambas con huevo duro

Bertín Osborne. Sentado en el trono de hierro. A su derecha Anne Igartiburu suplica clemencia, intentando librarse de los grilletes que la atan a la pared. Los dragones se relamen y finiquitan los restos de Andoni Ferreño. Bertín se levanta, tridente en ristre, y abre la boca. Habla en un idioma ininteligible, habla en Euskera. Frunce el ceño y rayos de luz salen de sus ojos, atraviesan las pantallas de televisión y alcanzan a todos los televidentes, convirtiéndolos en figuritas de bailaoras flamencas (a ellas), toritos de lidia (a ellos) y gatos de cerámica (a los animales de compañía), que automáticamente vuelan hasta colocarse sobre las mismas televisiones. Creo que la mayonesa del pincho de gambas con huevo duro no estaba en buen estado.

 

 

 

 





Relatos con (a partir de) música (2)

4 12 2015

Las reglas:

Spotify aleatorio, primera canción que caiga

Escribir lo primero que venga a la cabeza durante la duración de la canción

Reescribir las notas, convertidas en un relato (o microcuento muchas veces), de una sola vez

Postearlo en el blog, con enlace a la canción

 

Burial – Russian Circles

Un techo de nubes cubre Londres, oscuro, mezclándose con la bruma tóxica, tocando las puntas de las chimeneas. Sobre el sonido de los telares, los pies arrastrándose sobre los adoquines, las verduleras, se escucha el traqueteo de una locomotora tirando de un solo vagón cilíndrico totalmente pintado de negro, a toda máquina. El conductor alimenta la caldera frenéticamente, palada tras palada sin descanso. Tiene que salir de la ciudad, dirección a Manchester, donde vive el Doctor Demetrius, y llegar lo antes posible. El cargamento del vagón cisterna solo puede ser tratado por él antes de que comience a expandirse y se libere de las cadenas de grafito que lo mantienen dentro del ataúd. Lo han atrapado hace unos minutos, cerca de la factoría Bessemer, mientras la Muerte sobrevolaba la fila de trabajadores malnutridos, babeando saliva parduzca entre los colmillos, frotándose las manos huesudas, los chasquidos de las falanges al entrechocar taladrando los tímpanos de la mano de obra barata. Exultante, se ha olvidado de su hija idiota, pastando en un campo cercano, momento en que el cuerpo especial de hombres extraordinarios de su majestad la ha atrapado, agarrándola por los cuernos y encadenándola dentro del vagón a toda prisa. Únicamente el Doctor Demetrius cuenta con el aparato que permite cercenar su cabeza. Cuando lleguen a su laboratorio, una vez conectada al mecanismo, enviaran un daguerrotipo a la Muerte para pedir el rescate correspondiente: El precio por la cabeza de su hija: Inmortalidad para la familia real y el exterminio de las hordas de apaches que acechan por el norte.

Una táctica idiota, quién puede pensar que a la Muerte le importa la muerte de su hija cornuda.

Bad Blood – Ryan Adams

Por supuesto, las calles de Nueva York. Una y otra vez, paseando sin rumbo con la música a tope saliendo de los auriculares. Se para en Washington Square a escribir en su libreta de mano, aunque hace poco más de 3 grados (centígrados) y todavía hay rastros de nueve grisácea en parte de las aceras. Por supuesto lleva mitones y un gorro deshilachado a propósito; no podía esperar a que se desgajara solo, la noche anterior había estando sacando los hilos cuidadosamente, y frotándolo contra una pared de ladrillo para desgastarlo, en Brooklyn, precisamente. Sentado en ese banco, solamente mirar alrededor le llena de gozo, el éxtasis realzado por los rayos de sol que llevan un atisbo de calor a su nariz.

Anochece. Nueva York es aun mejor. Vuelve caminando a casa, dando un rodeo, observando las luces de los taxis reflejadas en los coches aparcados, las luces azules y rojas de la policía, todo tipo de luces ambientando el set de carne y hueso. Llega a su minúsculo apartamento, con una cama, una nevera, un agujero en el techo, una mesa y una máquina de escribir con un papel en blanco. Papel en blanco que rellenara minuciosamente durante 13 meses, hasta que se convierta en un trabajo, una tarea insuperable y anodina.

Entonces se acabará el dinero para la calefacción y regresará a España a entrenar equipos de alevines y morir en vida.

Locust Star – Neurosis

El bosque. Cubierto de nieve, arboles esbeltos, negros, iluminados por la luz de la luna. A lo lejos se comienzan a escuchar pasos apresurados, crujir de ramas. La mano del hombre se apoya un momento en la corteza de uno de los pinos, congelada, áspera bajo los dedos, un solo instante antes de mirar hacia atrás, coger aire, reemprender la marcha, a la carrera. Unos segundos después el tronco salta hecho astillas, tumbado por la bestia, sedienta de sangre humana. Por fuera pelo y piel, pero al pisotear la nieve, el manto del bosque, se escucha el sonido metálico de las rotulas de acero, el roce de las juntas, el ronroneo del motor. La bestia no desfallece, solo consume. El hombre, envuelto en pieles, sigue escapando, mirando hacia atrás con el rostro desencajado. Pero hay algo en ese expresión que deja vislumbrar control, la experiencia vivida en situaciones similares. Sigue corriendo, dejando las pisadas en la nieve bien visibles, encauzando a la bestia hacia el desfiladero, donde esperan los cazadores, para tumbar y descuartizar a la bestia, en busca de piezas de recambio para construir una bestia mejorada.

 

 





Taller Beijing: Micros

29 11 2015

El Timonel

El panel de control decía que estaba sobrevolando el Mar de China, pero el no le prestaba atención. Los mandos, el botón rojo para soltar las bombas, invisibles a sus ojos. En su cabeza solamente las maletas apiladas con sus pertenencias a la puerta de su casa, los gritos, las palabras custodia compartida. Al pasar por PyongYang únicamente podía pensar en Lucía. Treinta y cinco mil pies mas abajo, Kim Yong-Un tuvo un extraño pensamiento sobre su mujer, pero sacudió la cabeza y continuó sorbiendo te, mientras con la otra mano firmaba su sentencia de muerte.

El luto de las mil mujeres

Recorren las calles de TetraZerzura con paso lento, totalmente cubiertas de negro. Una marea silenciosa, cabizbaja. Solamente el arrastrar de los pies descalzos sobre la tierra se escucha, el resto de sonidos absorbidos por la oscuridad. Nadie las mira. Siguen ceremoniosamente las instrucciones, el ritual que el sumo sacerdote les ha recitado, para celebrar la muerte de la emperatriz. Recorrerán las calles hasta el pie de la pirámide, y allí serán investidas emperatrices, lapidadas y emparedadas. Y mañana diez mil mujeres recorrerán las calles de TetraZerzura.

Con los pies por delante, un país

Nunca saldría de allí por su propio pie. Ni los obreros de las construcciones colindantes, los abogados, los agentes de policía, las amenazas, la basura pestilente que las mafias locales contratadas para disuadirle acumulaban sobre las paredes de su casa clavo, los restos animales muertos descomponiéndose, los gases lacrimógenos, la opera China a volumen infernal, nada conseguiría que abandonara aquel lugar, aislado entre un cetro comercial y una autopista a medio terminar. No podía dejar sola a su mujer. Necesitaba seguir tomando el té todos los días con ella, ver su rostro translucido frunciendo el ceño, y jugar a la Maj-Jong con su espectro y el de los otros once vecinos cuyos restos guardaba en la nevera. Nunca se iría de allí, ni cuando le asfixiaran con una bolsa de plástico de baja calidad y tiraran su cuerpo con plomo atado en los tobillos al rio contaminado. Seguiría en aquella casa clavo, apareciéndose con los otros doce en los apartamentos de lujo para nuevos ricos, bajando el precio por metro cuadrado con cada manifestación, haciendo estallar la burbuja inmobiliaria. Era un viejo muy retorcido.