Un día en turquía con mi tía. Parte 3 (final y seguía siendo solo por la rima)

19 11 2008

imgp1816Hakan tiene 35 años, mide un metro setenta y cinco y está delgado. Acentúa su delgadez con ajustadas camisas italianas que combinan perfectamente con su peinado engominado, sus zapatos puntiagudos que encera cada noche y su sonrisa, por decirlo suavemente, pícara. Su actitud ya no es que sea acorde sino que supera el estereotipo, tanto que en algún momento parece recrear en sus anécdotas escenas de películas chuscas de gigolós como Zohan (personaje con el que comparte, por cierto, ése defecto al hablar inglés de utilizar artículo con los nombres propios), aunque nunca queda claro hasta que punto lo que cuenta es serio o te está tomando el pelo. Es ya una leyenda en la empresa. La compañía perfecta para tomar unas copas. En su brazo derecho lleva un tatuaje hortera con un corazoncito que se hizo el día que murió su madre. Mientras estamos esperando a que aparezca un antiguo amigo de Yunus de la época en que estudiaba en Trabzon y que sigue viviendo allí (es decir, aquí) en el lobby del hotel, hablamos de diferentes cosas, incluyendo el estado de mi ropa interior, y terminamos comentando juegos de cartas. Le explico a Hakan someramente en qué consiste el mus, y que la apuesta nunca es dinero sino la identidad del que pagará las copas o la cena, en caso de ponernos graves. Se le ilumina la cara y comenta que él y sus amigos hacían lo mismo con el póquer, poniendo un dinero al principio de bote con el que contratar una prostituta rusa para que les sirviera las copas y fuera el trofeo del ganador. En estos momentos me es indiferente cuánto hay de verdad en el asunto, el simple hecho de contarlo me es suficiente.

imgp1808Llega el amigo de Yunus, que no habla inglés. Viste un traje oscuro y tiene pinta de crápula, no por nada en especial, sino por las facciones y el peinado. Al cabo de un rato es evidente que no solamente lo parece. Le falta un palillo en la boca. Nos montamos en su furgoneta y vamos a un restaurante relativamente elegante en las afueras. La comida está bien y es curioso comprobar cómo platos que ellos creen absolutamente autóctonos y especiales son calcados a otros españoles (los calamares rebozados, los encurtidos, el arroz con leche…y especialmente el anís, que beben DURANTE la comida rebajado con un poco de agua). El pescado de segundo plato no es gran cosa, y eso que nos encontramos en la zona pesquera principal del país. Anchoas y poco más. Yo me bebo una botella de vino turco bastante decente y terminamos con un café turco y la costumbre consiguiente de leerle el futuro a otro comensal en los posos de su taza tras voltearla (yo le vaticino una larga vida y un buen matrimonio al presunto crápula, no tengo confianza suficiente para hacer una coña con, un poner, una posible extensión de su aparato reproductor).

Volvemos al hotel y de allí nos acercamos a un bar donde quieren tener la deferencia de mostrarme cómo, pese a que el nuevo gobierno islamista intenta controlar el asunto, aún sigue siendo Trabzon un lugar de paso y cultivo de la prostitución rusa vía Georgia. Efectivamente, tras bajar unas escaleras y ser cacheados nos sentamos en una mesa de un local solo calificable como “de mala muerte” con dos pisos, en el que la mitad de las mesas están ocupadas por jóvenes damiselas con trajes de noche o minifalda que fuman como carreteras, beben y mandan mensajes por sus móviles con cara de hastío, la otra mitad por turcos un tanto siniestros y la pequeña pista de baile está ocupada por un borracho (o un loco) calvo de mediana edad con camisa blanca que baila moviendo mucho los brazos. Nos tomamos una cerveza que resulta muy difícil de digerir tras la copiosa cena. Miro alrededor sin fijar la mirada demasiado en ningún lugar. Hakan sonríe como diciendo “mira lo que tenemos aquí” y al presunto crápula se le nota en su salsa. Yunus se pone tenso cuando Hakan deja la mesa para ir al baño, ya que cree que su objetivo pueda ser otro, pero se relaja en cuanto regresa. Al cabo de media hora de estar allí resulta aburrido y afortunadamente regresamos al hotel en seguida. Ha sido un día largo.

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Un día en turquía con mi tía. Parte 2 (era solo por la rima)

10 11 2008

imgp1776Volvemos a subir al todo terreno y, desafortunadamente, en lugar de regresar, enfilamos una pista que discurre por la ladera de la montaña, con un buen cortado a su izquierda. Llevo las rodillas clavadas en el asiento de delante.

Tras un buen trecho por los caminos de Dios alcanzamos el final de la cresta donde aflora el túnel de canalización del agua que vendrá de la presa y se conduce dentro de la tubería forzada que lo lleva hasta la central, unos kilómetros más lejos y mil y pico metros más abajo. Nos sacamos unas fotos. Uno de los encargados del montaje se dedica a hacer el cabra sobre los tubos y por los terraplenes. Hace veinte años dicen que era piloto de helicóptero del ejército. Nos sacamos unas fotos todos juntitos y continuamos nuestro periplo.

Me preguntan si tengo claustrofobia, ya que vamos a entrar con el todo terreno por los túneles en construcción que conectan la presa con la tubería forzada. Pongo cara de macho y les digo que no, aunque se que son conscientes de mi cara de susto. Entramos pero finalmente tenemos que renunciar ya que no hay nada de iluminación por algún problema de suministro eléctrico, y yo respiro tranquilo.

imgp1800Bajamos y bajamos, subimos y subimos, pasamos junto a un campamento de trabajadores de los túneles, cerca de una segunda presa, hecho a base de toldos y palos, donde se están preparando para comer. Parece un momento actualizado de la fiebre del oro y huele a pescado a la parrilla. Enfilamos de vuelta a casa (en el sentido del parchís) y vemos que en una de las tiendas de campaña de almacenaje de material se ha colado un rebaño de cabras que huye en cuanto nos acercamos. Dentro del coche nos reímos. En el camino de vuelta, peso al ajetreo incesante, consigo quedarme dormido y no dislocarme el cuello con los baches. Mi mayor logro de hoy.

Comemos a las tres y media de la tarde en el barracón. Junto a las mesas hay un par de ellas más pequeñas con una tostadora encima para el pan. Aparte de los inevitables pepinos, tomate, menta y otras verduras crudas, hoy tenemos algo de vainas salteadas, arroz y una especie de revuelto de setas. Como el día anterior (es decir, ayer) Yunus me hecha una buena cucharada de kuymak, su plato preferido y el de aquellos que tienen que recolectar el te por las empinadas cuestas de las montañas. Es un mejunje que no se tragarían en la peor penitenciaría con textura de vómito y grasa para atrofiar el corazón de una morsa. Sonrío y como sin respirar. Hacemos una última reunión en la vieja escuela, bebemos té y firmamos un acta. Decidimos, así mismo, que vamos a cambiar de hotel para pasar noche en Trabzon, dado que mañana es fiesta y el Jueves tenemos reunión en aquella ciudad. Llamamos a reclamación de equipajes de Turkish Airlines para conocer el estado de mi maleta, en paradero desconocido desde hace dos días, con el consiguiente desgaste (por llamarlo de alguna manera) de mi muda. Está en el aeropuerto de Trabzon y pasaremos a recogerla. Hakan se ríe, llevamos esos dos días haciendo bromas sobre la dichosa maleta y el estado de mis calzoncillos, porque los hombres somos igual de idiotas en España y en Turquía, es un hecho.

imgp1829De vuelta, ya de noche, atravesamos la ignominiosa carretera que sale del valle (que Yunus asegura tiene tan buena calidad gracias a que aquel presidente de la república nació en ese pueblo) y observamos una grúa sacar un coche que se ha caído al río en la misma zona de obras donde la grúa estaba trabajando. Finalmente llegamos al aeropuerto de Trabzon y averiguamos que mi maleta ha salido en dirección al hotel donde estábamos hospedados ayer pese a que ya les habíamos avisado que la enviaran al de hoy.





Un día en turquía con mi tía. Parte 1 (no hay tía)

6 11 2008

imgp1795El miércoles es el día de la república. Todos los niños turcos tienen que asistir a los desfiles donde se conmemora la republicanidad del país. Alguien me dice, hablando sobre el tema durante la cena del día anterior, que es más importante para ellos la república que la democracia, pero prefiero no preguntar el por qué. Hoy, sin embargo, toca terminar la visita a la central hidroeléctrica del cliente y las diferentes instalaciones que está construyendo por estas montañas.

Estamos en la costa del mar negro, cerca de la frontera con Georgia, la orografía es montañosa y muy húmeda, las casas están desperdigadas por las laderas pero siempre tienen una mezquita con su minarete con sus megáfonos cerca y la mayoría de los autóctonos parecen blancos. Hakan me dice que son muy aficionados al alcohol destilado y las pistolas y que teme que si nuestro generador no está almacenado con la suficiente seguridad alguno pueda pegarle un tiro estando borracho. Yo le comento lo obvio sobre la comparación entre un generador y una persona, pero después me doy cuenta de que está bromeando. Las instalaciones de la compañía están en el poblado más grande del valle, un conglomerado de cómo mucho 20 casas encasquetadas entre plantaciones de té y bosques salpicados de más casuchas desperdigadas sobre pendientes de 45 grados. Y hay una mezquita y una planta a medio construir donde se producirá energía eléctrica. Esas instalaciones consisten en dos edificios bajos que antes eran la escuela del pueblo y un barracón donde unas señoras sonrientes con velo preparan la comida y dicha comida se sirve en unas mesas de camping. Yunus comenta que un antiguo presidente de la república nació aquí, y señala un grupo de casas unos cien metros por encima de nuestras cabezas.

imgp1813El camino, que alguno llama carretera, para llegar hasta aquí desde el hotel, que está en la costa es bastante tortuoso, con estupendas vistas a obras donde los trabajadores hacen equilibrios sobre vigas de hormigón a veinte metros de altura. Hoy, tras tomar un café turco y charlar un rato, nos calzamos las botas de agua naranjas y nos subimos a los todo terreno (Mitsubishi, nuevos pero no relucientes) para visitar la presa y otras construcciones que se están llevando a cabo. Me entero de lo que vamos a ver una vez que nos hemos montado en los vehículos y llevamos unos minutos en camino atravesando las pistas que la empresa ha construido ex profeso para las obras. A mí me dicen súbete al coche y yo les hago caso.

Subimos hasta el tajo siguiendo el curso del rio. El jefe de proyecto de todo el cotarro conduce. Es un hombre de mediana edad, mediano peso y malencarado que solo habla turco y tiene aspecto de ser extremista y comerse niños de un solo bocado (y que le causen dolor de estómago). Lleva acorde a su aspecto físico. La presa está efectivamente a medio construir. Yunus, que no es el jefe de proyecto pero es nuestro interlocutor y es un tipo joven majete con exceso de peso, me coge del brazo y me explica cómo va el avance de los trabajos. Hasta que no termina la explicación me sigue cogiendo del brazo, como una señora paseando del brazo de su hombre que escucha el carrusel en un transistor pegado a su oreja un domingo por la tarde, pero sé perfectamente que esto es normal en turquí, igual que los besos al saludar. Besos que, por cierto, se reducen a golpeo de mejillas en la mayoría de los casos (cuando no hay confianza) y que algunos prácticamente transmutan en choque de cabeza, de tal modo que el último día me provoco una ligera contusión en mi occipital por culpa de un turco cabezón un poco brusco.
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Restaurantes de Shanghai

18 10 2008

Debía esta entrada desde hace tiempo. Un fin de semana ocioso me ha permitido redactarlo.

He descubierto cuál es la razón última por la que quiero ser escritor y mínimamente famoso: necesito que alguna editorial me encargue la sección de gastronomía de una guía turística y así poder probar todos los restaurantes de la zona, cobrando. Shanghai es un lugar perfecto para empezar, señor editor.

Tras unos primeros días de tanteo y estudio de las guías (para las que todos los restaurantes son estupendos y maravillosos, por supuesto), mi querida rubia y servidor terminamos nuestra estancia veraniega en Shanghai de homenaje en homenaje, y es que la comida en aquella ciudad es barata e incluso los locales de copetín resultan aceptables para el bolsillo occidental, al menos por el momento. Por lo tanto uno puede obtener una experiencia de refinamiento asiático, que en algunos casos pude acercarse a ser una copia de exquisitez tokiota, a unos precios asequibles. Un caso paradigmático sería el exclusivo bar con vistas Cloud 9 que se encuentra en el piso 87 de la torre Jin Mao dentro de las instalaciones del Gran Hyatt (¿El hotel con más acabados dorados del mundo?), una maravilla de ubicación y diseño en el que hicimos merienda cena rodeados de una mezcla de asiáticos con posibles y guiris en pantalón corto, todo por el precio de una tasca turística en Barcelona.

A continuación, unas pequeñas reseñas de aquello que visitamos y más nos gustó:

BALI LAGUNA

Dentro del parque junto al templo de Jing’An (de hecho muy cerca del hotel donde nos hospedábamos) se encuentra este edificio de estilo indonesio, con su propio laguito, muy mono él, y un estilo balinés romántico y refinado, muy logrado. Extremadamente agradable. La cocina indonesia no es proclive en florituras, pero cumple con creces cualquier necesidad de exotismo. Os recomiendo que le echéis un vistazo a su página.

GU YI

En mi dedicación a probar cuantas más variantes de la cocina china, nos decantamos por uno de los restaurantes especializados en gastronomía de Hunan situados en el cruce de Julu Lu y Fumin Lu. Pese a que somos amantes del picante y además ya íbamos prevenidos por la guía sobre lo candente de algunos platos, lo cierto es que hubo momentos de verdadero sufrimiento, volcán en mi boca, con cierto cerdo macerado y ahumado que recomendaba la mencionada guía. A ese gorrino lo habían alimentado con chile desde pequeño, al muy cabrón, y después de la matanza lo habían tenido cuatro años colgado en alguna sótano de alguna cabaña del Sitzuan profundo. En cualquier caso, muy disfrutable. Estaba de bote en bote y tuvimos que esperar (masocas).

WHAMPOA CLUB

El penúltimo día, para celebrar mi cumpleaños, reservamos mesa en uno de los restaurantes englobados en el exclusivismo (al menos así es como se intenta vender) 3 on the bund. Desafortunadamente escogí(mos) el que representaba a la comida local de entre todos ellos. Es muy probable que sea una falta de capacidad de apreciación por nuestra parte de lo que es el refinamiento dentro de lo tradicional (yo mismo tiendo a buscar demasiada fusión algunas veces), pero sufrimos una cierta decepción. Un local magnífico, por otra parte, con vistas al río y a Pudong pero cuyos platos no me sorprendieron demasiado. Uno no se explica tanto pollo en un menú de semejante precio (a sesenta euros por cabeza, y hablamos de Shanghai).

KATLEEN’S 5

En el quinto piso del mueso de arte de la ciudad, dentro de la plaza del pueblo, se encuentra este restaurante de comida occidental que nos sirvió para escapar del achicharrante calor del mediodía en nuestras excursiones. Sin ser nada del otro mundo resultaba de lo más agradable, con un servicio la mar de majo y una comida fresca y bien preparada.

SHINTORI NULL II

Aquella noche estaba reservada para el People 7, uno de los restaurantes supuestamente de moda, de ambiente industrial chic (y es que soy un moderno9 y cocina vanguardista y entrada con truco de la ciudad. De hecho, la única señal para localizarlo en Julu Lu es un reflejo con su nombre sobre el suelo de hormigón de portal, ya que no hay otro indicativo. Pero estaba lleno. Así que acudimos a nuestra segunda opción, un japonés llamado Shintori Null II, de tintes parecidos. La entrada está aún menos indicada y solo se ve un camino de bambúes que lleva a una pared negra que al acercarse se desplaza dejando a la vista la entrada al local. Espectacular, con dos pisos y los cocineros encerrados en una pecera de cristal con ascensor. Cenamos en un medio-reservado sin ornamento alguno, paredes de hormigón desnudas, una delicada selección (lo siento, ya no sabía como decirlo) japoneses como no habíamos probado en el propio Tokyo (probablemente por no haber saber elegido dónde). No tiene página web propia, pero os recomiendo echar un vistazo a las fotos de flickr que reflejan perfectamente la experiencia. Una maravilla.

Hubo por último otro restaurante sito en esa esquina de Julu lu con Fumin Lu al que entramos por error, y en el que cenamos también magníficamente (incluyendo bird’s nest –quién sabe si de verdad- y aleta de tiburón) pero del que somos incapaces de recordar el nombre o encontrar referencia alguna en internet. Un restaurante-fantasma.





Roslyn, Washington

14 10 2008

Mi hermano y yo hemos pasado unos días en Seattle, visitando a Diego, un amigo que lleva una temporadita trabajando allí. Un viaje genial, la verdad. Si en un primer momento la falta de señas de identificación relativas al grunge nos pudo decepcionar un tanto (era una de nuestras ilusiones, aunque bien es cierto que tampoco que tampoco sabíamos qué estábamos buscando concretamente), así como el tamaño aparentemente pequeño de la ciudad (y esto es muy relativo porque desgraciadamente uno, de manera un poco inconsciente, tiene siempre NY como medida de todas las cosas en USA, cuando suele ser justo al contrario), posteriormente debo decir que nos ha encantado, tanto la ciudad como sus alrededores. Solamente pudimos echar en falta el haber respirado un poco más del ambiente alternativo que la ciudad todavía mantiene, fomentado por la multiculturalidad, la constante circulación de personal joven y la excelente salud económica del lugar. Y no haber podido visitar la planta de Boeing en Everett (donde trabaja el que fue nuestro anfitrión, precisamente) por culpa de una huelga.

Sí, una huelga en USA. Deben ser las cosas de la crisis.

Los dos primeros días pasaron entre un fuerte jet-lag, paseos por el Pike Market y el downtown, visitas al museo de arte para guarecernos de la lluvia, más intensa que de costumbre por aquellos lares, yonquis que hablan solos y caminan raro y cafés del Starbucks (cuando no hay más…). Después ya alquilaríamos un coche horrendo, saldría el sol y visitaríamos todos lo que fue humanamente posible de los alrededores, incluido Vancuver.

Con todo, de entre las excursiones a increíbles parques naturales (Isla de Orcas, Mount Rainier…) o ciudades con encanto (aunque Vancuver nos pareció más un Benidorm del norte que otra cosa), personalmente me quedo con nuestra visita a Roslyn, pueblo en el que se rodaron todas las temporadas de Doctor en Alaska. Lo curioso del asunto es que, a diferencia de Snoqualmie, donde se localizó la imprescindible Twin Peaks, el lugar no viene apenas referenciado en las guías. Evidentemente no tiene unas cataratas como el anterior, o un entorno natural diferente a los maravillosos bosques de abetos que cubren casi todo el territorio (y que cuando oscurece y cae alguna nube dan un poco de miedo por culpa del hijo puta de David Lynch), e además puede que muchas de las villas de la zona sean estéticamente muy parecidas, con esas casas de diferentes estilos absolutamente desperdigadas a los lados de la carretera, pero la vista de esa calle principal que tantas veces aparece en la serie me tiene ganado de antemano. Situarse en medio de una ficción no tiene precio para los mortales. En el mundo en el que vivimos me siento muchas veces más impresionado por encontrarme dentro del escenario de una película que idolatro que ante una estampa natural acojonante (quien dice estampa dice cualquier otro tipo de experiencia turística) aún siendo consciente de lo artificial de todo ello.

Incluso dejando de lado el asunto mitómano, Roslyn merece la pena por lo pintoresco y por la cerveza destilada en sus propias microbreweries, una costumbre agradablemente extendida por todo el estado.Que puede que resulte pintoresco o atrayente por su estructura de pueblo americano del oeste que muchos tenemos ya grabada en el fondo de nuestros cerebros, o que incluso muchas de las otras cosas que más hayamos apreciado del propio viaje se deban a eso, a la mitomanía salvaje de unos adictos al cine y a la televisión como los que hasta allí fueron, cierto, pero creo que es disfrutable para cualquiera.

Quizás lo que más lamento, visto en perspectiva, es no haber podido presenciar a alguna americana pasada de vueltas practicando el baile de la escuadra con Diego.

P.S: Ya hay fotos de todo ésto en el Picasa





Costumbres y educación después de una visita a Shanghai (2)

9 09 2008

Efectivamente, y aunque de una manera mucho más moderada que lo que recuerdo de anteriores visitas al país, los chinos siguen siendo guarros, horteras y maleducados según el canon occidental:

a) Siguen escupiendo, pero ya no he podido ver ha nadie hacerlo en un lugar más privado que la calle (aunque algún lapo de taxista pueda llegar a estar cerca de desestabilizar las tripas de uno si lo ve caer cerca). Los cigarros, en sus millones de variables de precios entre irrisorios (la mayoría) y desorbitados siguen teniendo ese sabor tan autóctono y flojo y siguen siendo lija para la garganta, de donde entiendo que proviene, al juntarse con las creencias de beneficio para la salud propia en aquella cultura, la desaforada costumbre del gargajo sonoro chino. Niños de cinco años como camioneros tejanos.

En realidad no, pero me gusta/desagrada la imagen.

b) Continúan vistiendo a base de pantalones de pinzas color caqui (o cualquier variante con pinta deslavazada y lacia del espectro de luz) y polos frescos de una tonalidad igualmente lodosa. No he visto uñas meñiques largas. Tampoco demasiado escayolos, la verdad, aunque sí una terrible cantidad de mujeres con medias de las que solo llegan a los tobillos que resultan estéticamente lamentables (aparte de la sensación que me generan de que se les va cortar la circulación en los dedos de los pies). Lo más curioso del asunto son los denondados y artificales intentos que está haciendo “la cuidad” (y cuando me refiero a este ente de la manera impersonal habitual en revistas o guías de viaje espero que sepamos de qué hablo. Yo no lo tengo del todo calro, en todo caso) por convertir a Shanghai en un puntal de la moda mundial, un núcleo estilístico a la altura de Tokyo. Pero lo primero que necesitaran es tener una clase acomodada con hijos que no quieran trabajar catorce horas al día. Hasta entonces.

c) El respeto de la esfera de privacidad sigue brillando por su ausencia. Choques y personas poniéndose en el medio sin el más mínimo atisbo de culpa por su parte. Hordas entrando antes de dejar salir en el metro. Colas que, aunque existen, son un tanto laxas. Voces por todos lados. Coches que cruzan con los semáforos en rojos rozándote la pantorrilla.

Muchas de todas estas cosas te hacen enfrentarte a los conceptos de educación e incluso higiene que uno da por asumidos y naturales toda su vida. Y no hablamos de poner los codos encima de la mesa. Lo peor es que si a ésto se le añade el calor, la mezcolanza de olores (viva el tofu apestoso, su nombre no engaña), las barreras lingüisticas y los Santana 3000, se puede acabar cayendo en el pensamiento colonialista. Malditos aborígenes.

Están sin civilizar, como dijo aquella turista española sobre los italianos. Sabemos perfectamente que no es así, pero acabamos mirándolos con condescendencia. Encima el hecho de que sean por regla general de baja estatura permite mirarlos más fácilmente por encima del hombro (en mi caso, probablemente, por primera vez en la vida). Juro que hay que hacer esfuerzos por no caer en estos pensamientos con más de 30 grados y un noventa por ciento de humedad. Con cara de desprecio. Y es que encima sé que ellos (insisto en que las generalizaciones son necesarias) no pensarían lo mismo, o por lo menos lo parece.

Pero vamos, cuando los miro también me da la impresión de que por su cabeza solo pasan ristras de símbolos de dólar, y entiendo que no es cierto.





Costumbres y educación después de una visita a Shanghai (1)

2 09 2008

Supongo que generalizar es un deporte universal. Enmarcar a los habitantes de un país ajeno en función de una serie de características bien definidas y, a ser posible, poco favorecedoras debe venir en nuestra genética.

Desgraciadamente no como “gen de la generalización de un extranjero”, sino como algo mucho más general y aburrido. La cuestión es que es necesario, no hemos nacido para hablar estadísticamente.

En el primer puesto de esta lista de países estigmatizados podría estar China (nuestra fiesta, toros y playa no andaría muy lejos, la verdad). Lo más curioso del asunto es que tengo la sensación de que los chinos serían, asimismo, los que menos preocupados se sentirían por que se les englobe dentro de unos parámetros generalizadores supuestamente negativos (siendo esta afirmación otra generalización sobre ellos mismos tan válida, o menos, que cualquier otra). En mi caso, y a la espera de poder explayarme en una entrada que tengo pendiente desde hace siglos, mi granito de arena a los topicazos sobre chinos es que la gente de ojos rasgados sólo existe cuando los ves, que en cuanto te das la vuelta desaparecen. Pero el caso que nos ocupa es explorar un rato las sensaciones sobre los habitantes de Shanghai tras nuestra reciente visita. Pongámonos en antecedentes:

Los topicazos negativos que estudiaremos en el capítulo de hoy son los siguientes:

– Los chinos son unos guarros, escupen en la calle a todas horas y hablan con la boca llena.
– Los chinos son unos maleducados, gritan, no hacen colas y no piden perdón cuando te chocas en la calle.
– Los chinos son unos horteras.

En Shanghai, históricamente, existe una mucho mayor permeabilidad a la influencia occidental y a sus costumbres que en cualquier otra parte de China. A esto se añade (supuestamente, estamos hablando de noticias y periódicos) el hecho de que el gobierno, ante las inminentes (justo en el momento de nuestro viaje) olimpiadas había dictado una serie de normas para mitigar el choque de costumbres y mitigar el impacto de ciertas actitudes de sus paisanos (que para nuestra mentalidad se engloban dentro de la mala educación). Lista:

– No estrechar la mano durante más de tres segundos cuando conoces a alguien
– No escupir en cualquier lugar, como en los ascensores o en los vagones de metro.
– Hacer cola
– No llevar pijama en la calle, o con el pantalón arremangado por las rodillas y la camiseta por encima de la barriga.
– No pedir a los extranjeros explicaciones sobre su edad, su salario o su vida matrimonial nada más conocerlos.
– Según la agencia Dracma, no sé hasta que punto más fidedigna que la EFE, también existía la consigna de que aquellas mujeres con piernas poco agraciadas debieran cubrirlas con medias negras.

Las conclusiones son muy poco espectaculares y no herirán la sensibilidad de nadie.