Señores en montoneras

7 02 2008

Seguimos viaje hacia nuestro hotel de Ranchi. la ciudad es tremendamente extensa. Casuchas medio derruidas crean un manto más o menos homogéneo del que sobresalen algunos edificios de nueva construcción, de un contraste brutal. Los perros, los portadores de fardos, los niños con cartera y las vacas reciben el mismo tratamiento por parte del coger, claxon desde una distancia prudencial y cambio de rumbo en el último instante para pasar a unos milímetros. En el hotel, al que aún no se le ha caído ninguna de sus tres cuatro estrellas, las cortinas siguen teniendo mayor espesor de mugre que de cortina. Me echo una cabezada y navego un rato. No tengo ganas de cenar, pero cuando Asis me llama no puedo negarme a probar nuevamente la comida local. El pescado no merece la pena y el arroz estilo Hyderabad tiene, como suele ser sorprendentemente habitual en algunos platos, trozos enteros de clavo que termino apartando para no inundar el plato de sabor a Barón Dandy. Mañana toca levantarse a las 6 de la mañana de nuevo. Lo cierto es que empiezo a estar un tanto saturado de madrugones y sólo me anima pensar en la siestaza que me voy a pegar al llegar a casa, agarrado al brazo de Mireia mientras lee (o juega al Paper Mario).

Despierto. Mi planning de hoy es el siguiente:
8:00 salida del vuelo Ranchi-Bombay con escala en Patna
12:05 llegada a Mumbay (Bombay)
13:00 llegada al hotel
14:00 comer
15:00 pequeña siesta
16:00 coger un taxi en el hotel que me lleve al centro para dar una vuelta sacar unas fotos
20:00 volver al hotel. Escribir y sestear
23.30 ir al aeropuerto y picar algo en la sala VIP
02:40 Salida hacia París
07:35 Llegada a Charles de Gaulle
09:45 Salida hacia Bilbao
13.35 Aterrizaje en Loiu
15:50 Siesta. Brazo de Mireia.

El vuelo sale con dos horas de retraso. El avión es un CRJ 200 infame, bastante destartalado. Huele a meados y entra un frio helador por las piernas en el asiento en el que estoy sentado que solamente me lleva a la mente palabras como descompresión o oxigen masks, en lugar de prestar atención al libro que tengo entre las manos. Al aterrizar en Patna me cambio de sitio.
Después, simplemente sigo cumpliendo mi organigrama, reduciendo el tiempo de visita al centro de Bombay y evitando la siesta. Los pocos occidentales que se dejan ver en el centro son ancianos anglosajones o perroflautas globales. A la entrada del aeropuerto se ha formado un circo de coches y pitidos. El atasco es completo, así que me bajo y voy andando hasta la entrada de la terminal. Junto a las paredes hay multitud de indigentes adormecidos que ni siquiera piden limosna. En cuanto llego a la puerta y veo la cola me pongo en modo refunfuñador. Me considero una persona paciente, pero no sé por qué en los aeropuertos saco mi vena más típicamente quejita cañí y me cago en lo más barrido por cualquier nimiedad. La cola para el scanner de equipaje es indescriptible, india. La sala VIP está abarrotada, pero al menos puedo beber un poquito de vino francés y escribir una entrada antes de que se me acabe la batería del portátil. El francés que tengo sentado frente a mí mientras escribo me recuerda a un David Cronemberg cuerdo. Ya en vuelo duermo y me trago The Nanny Diaries, que es mucho más infumable de lo que incluso podría parecer en principio.

Al llegar a Charles de Gaulle me espera un transbordo largísimo entre las terminales 2E y 2D. Justo cuando estoy llegando a la entrada de esta última veo que hay aglomeración de gente al fondo, así que en lugar de avanzar sobre la cinta mecánica lo hago por un lateral a ver qué pasa. Unos militares cortan el paso. Estupendo, a algún despistado se le ha olvidado una maleta y se la van a volar por los aires. Han colocado una cinta roja cortando el paso con tan pocas luces que está justo donde termina la cinta mecánica, que sigue funcionando. Esto provoca que la gente que se ha montado en ella un centenar de metros más atrás, desde donde no se ve qué ocurre, se encuentre con un tapón al final de la cinta, con la consiguiente montonera. Los del ejército, con sus ametralladoras en ristre, pasan. La gente se queja o se descojona. Unas chavalas se dedican a sacar fotos con el móvil cada vez que un grupo de desgraciado termina atrapado al final del carrusel. En un momento dado, llegan a la vez diez personas y dos carritos con maletas y dos niñas montadas encima. El fin del mundo. La gente salta intentando no caer en el barullo pero no puede evitar formar una pelota humana. Yo, que continúo en modo gruñón, me cago en todo lo cagable (en español en el original) y me pregunto si nadie piensa parar la puta cinta. Se deshace el tapón y al cabo de un rato el mecanismo se para y la gente aplaude. Más minutos y se oye una deflagración no muy fuerte. Los calzoncillos del despistado en vuelo libre, imagino. Unos minutos después abren la terminal y llego a mi puerta de embarque. Hora de regresar a casa.





Señores empujando su vida

5 02 2008

Me despierto con la garganta pidiendo auxilio. Aunque en su momento me dio la impresión de que agravaba el problema, vuelvo a hacer gárgaras con Oraldine. Bajo al comedor para desayunar, pero no hay nadie que conozca, así que vuelvo a subir a mi habitación con cara de “sé lo que estoy haciendo”. Leo un par de capítulos de “La vida instrucciones de uso” sin preocuparme, como viene siendo habitual con este libro, en tratar de asimilar la mitad de lo que leo. Vuelvo a bajar y ya está allí el francés. Procuro que sea todo frugal, aún me repiten las doscientas especias de la cena de ayer.

Continuamos con la reunión. Básicamente nos dedicamos a poner por escrito en el acta correspondiente los puntos tratados ayer. A media mañana, con el documento impreso, uno de los jefes hindúes (que puede que no sea hindú, pero me niego a escribir indio inmediatamente después de la palabra jefe en esta entrada), tal y como ha hecho en anteriores ocasiones, se dedica a corregir cada punto y coma de lo que proponemos, sin cambiar apenas el sentido. Yo, por tocarle un poco los huevos, me niego a aceptar una de sus propuestas y le doy otra vuelta de tuerca. En el fondo me es indiferente, pero no se puede estar tocando la moral alegremente. Discutimos un rato y finalmente llegamos a un acuerdo. Estupendo. Al cabo de un rato aparece el vicepresidente. Todos en pie. Pregunta si todo ha sido satisfactorio, nos da otra vez esos inertes consejos sobre lo bien y maravillosamente que debemos trabajar todas las partes en perfecta sintonía y pide que le leamos los puntos acordados en el acta. Interrumpe periódicamente al indio que se los relata para intercalar preguntas que poco tienen que ver con lo que se está hablando. Si la pregunta es una tontería le decimos que sí. Si supone hacer nuevos cálculos, o comprometerse a algo, le decimos que tenemos que estudiarlo en nuestras oficinas, aunque probablemente pasemos olímpicamente de ello, a no ser que reclamen. Una vez leído todo el asunto, se levanta sin haber entendido nada (probablemente), nos desea un viaje de regreso falto de percances, nosotros agradecemos su hospitalidad y se larga, probablemente a dormir en una hamaca junto a un lago privado.

Recogemos y emprendemos el regreso a Ranchi antes de que anochezca. El tiempo sigues siendo húmedo y fresco. La neblina cubre las colinas y le da un paisaje gris y etéreo al entorno. Salimos en el todoterreno que nos trajo, conducido por nuestro querido hombre de la toalla roja en la cabeza. Las toallas rojas que cubren los asientos tienen pinta de estar ligeramente húmedas, y el olor que desprenden es parecido al de un apartamento en Noja en una tarde un poco lluviosa. El francés se pone su iPod y yo esta vez no voy a ser menos. Salimos por la puerta custodiada por los militares y recorremos el camino de vuelta. Muy de vez en cuando cruzamos cuatro casas medio derruidas con rastros de óxido, con grupos de gente aglutinada alrededor sin moverse demasiado, enjutos, vestido con ropas harapientas y descoloridas, niños descalzos corriendo por las cunetas con carteras que fueron nuevas hace veinte años, y en cada uno de estos cruces tenemos que sortear un badén que destrozaría los bajos de cualquier automóvil. A los lados ríos y algún bosque. Las vacas también están escuálidas y cuando alguna se cruza debemos apartarnos, aunque suelen ceder el paso ante los pitidos. De vez en cuando se ve algún cerdo salvaje.

Empezamos a subir el puerto y se pone a llover. En alguna curva no queda asfalto y solo piedras. Al pasar una torrontera observo fugazmente la figura de una mujer cubierta con un sari azul oscuro mirando al valle, de pie sobre un altillo. Tengo ganas de bajarme a sacar fotos, pero no quiero molestar a mis acompañantes. Desde que hemos salido nos hemos estado cruzando con hombres que cargan fardos inmensos en sus bicis. Encima del manillar apoyan unos bultos envueltos en plástico del tamaño de un hombre y los empujan a lo largo de la carretera, excepto cuando hay una cuesta abajo. No sé qué transportan ni a dónde demonios lo llevan, pero acabamos superando un gran número de ellos. En un momento dado, mientras suena la hipnótica parte final de la versión de Justin Broadrick de Hym adelantamos una fila compuesta por no menos de veinte de estos cargadores empujando sus bicicletas cargadas cuesta arriba, entre la neblina, descalzos o con unas chanclas, haciendo un esfuerzo que parece el último. Quizás sea la música, pero el purgatorio debe ser esto con una cuesta que no termina jamás.





Señores rumiando vegetales

4 02 2008

A eso de las dos del mediodía vamos a almorzar al comedor, llamémosle cantina. En la fábrica solo sirven comida vegetariana (le comento al francés que los supervisores de montaje y puesta en marcha europeos se lo van a pasar en grande cuando tengan que vivir aquí seis meses), incluyendo un extraño postre con yogur y hongos con una pinta deleznable. En la televisión están echando Cricket, India contra Australia en el tercer día de partido. Asis tiene constantemente la cabeza girada hacia la pantalla. Todos hacen un ruido infernal al comer, con la boca abierta, menos el francés y un servidor. Son vacas sagradas rumiando y oliendo a anís. Al terminar caradeperro hace retumbar las paredes.

Continuamos con la reunión por la tarde hasta las 8. A las nueve nos citan para cenar. El conductor de la toalla roja alrededor de la cabeza ya ha llegado con nuestras maletas y el hombre que hace de portero-camarero-botones-porteador del edificio sube mi equipaje hasta la habitación que me corresponde: Al encender la luz vemos una lagartija en la pared que se despereza y se aloja tras las cortinas. Hay una cama grande, una televisión y una mesa sobre la que se encuentra una vela y una caja de cerillas. Durante el día de hoy la luz se ha ido no menos de siete veces. No hay más decoración. El suelo es de mármol y las paredes de cal. Me enseña el baño, que al igual que la habitación es de enormes dimensiones y está prácticamente desnudo. En la pared del fondo, a un lado se ve el inodoro, justo bajo un ventanuco, y al otro la alcachofa de la ducha, sin cortinilla ni pileta. Bajo ésta hay un cubo verde enorme y dentro de éste una jarra de plástico roja más pequeña para el aseo íntimo. Al menos hay papel higiénico, aunque no demasiado.

Bajo al comedor y pido un té para mi maltrecha garganta. Uno de los cuarentones de la gorra me indica que vamos a la sala de reuniones. Allí han dispuesto, en una mesita junto a la gran mesa cubierta por mantel blanco, una serie de botellas de cerveza (Kingfisher) y güisqui, entre otros licores. El francés pide un vaso de este último sin soda y sin hielo. Nos sentamos alrededor de la mesa grande mientras nos dejan unas fuentes con picoteo a base de anacardos, verduritas y alguna cosa indefinible en salsa agridulce al curry pero que sabemos que es vegetariana (y que, por cierto, está cojonuda). Entre el vicepresidente. Todos en pie. Se sienta, como buen anfitrión, a nuestro lado. Reina el silencio. Suelta unas cuantas preguntas de cortesía, incluyendo una referencia al bullfighting. Ole. Mientras charlamos, los cuarentones de enfrente sufren ataques de risa mientras se pasan un móvil. El que con más ganas se descojona es caradeperro, lo que no impide que de vez en cuando siga dando rienda suelta a sus gases. Al cabo de un rato vamos a cenar a la cantina y para las diez y media estamos en nuestras habitaciones. Hace fresco. En la calle sigue reinando un tiempo brumoso y desapacible, húmedo. Dentro no es mucho mejor.

Tardo más de diez minutos en comprender cómo se pone en marcha el aire acondicionado, para descubrir tas unos minutos que no sirve para caldear el ambiente. En el armario del baño encuentro otra manta. Antes de dormir, escribo un micro-cuento para la Ser y se lo dicto a Dracma para que lo mande por mí. De paso, me quejo un poquito, porque pocas cosas hay más gratificantes en esta vida que hacerse ligermante el mártir con tu pareja y que te diga “pobrecito pobrecito”, aunque sea de coña. Después, a toda prisa, termino un segundo microrrelato que le enviaré mañana a mi hermano por SMS para que proceda a mandarlo en el formulario correspondiente. No quedarán finalistas. Tengo la excusa de las condiciones.

Me duermo con calcetines, el jersey y la bufanda puestas.





Señores vicepresidentes y otros con problemas intestinales

30 01 2008

Entramos en el primero de los edificios. Las paredes son blancas y los suelos de mármol. En el hall han montado una que muestra la futura fábrica tal como la conciben. Al pie de la misma hay una leyenda que indica la función de cada uno de los edificios, pero los propios edificios no están señalizados con el número al que hace referencia dicha leyenda, por lo que los más importantes tienen pegado un post-it con su nombre escrito a mano. El hall está dominado por un cuadro del venerable Mr. Jindal, creador de esta empresa dedicada a la producción de acero que a su muerte fue dividida en cuatro equitativas partes entre sus herederos. El cuadro lleva colgada una especie de guirnalda. Mr. Jindal representa al típico magnate indio del pasado reciente, con sus gafas gigantescas, su sonrisa malhumorada y toda una pléyade de sirvientes y pelotas que, si bien no se muestran en el cuadro, se intuyen. Atentos a su página tributo y los rayos tras las fotos. Llamadlo veneración si queréis. En cualquier caso es curioso constatar como, en los últimos tiempos, la mencionada figura del magnate indio está cambiando y su mayor exponente es el dueño de la ya mencionada Kingfisher (aerolíneas y cervezas), cuyo aspecto físico y actitud recuerdan más a un Richard Branson cualquiera. Si es que se pierden las tradiciones, y al final habrá bodas de indios gays tocados con saris. Al tiempo.

Asis charla con la única persona que parece haber en el complejo, que nos hace subir y nos muestra unas habitaciones. Asis le explica que no nos quedamos a dormir, sino a una reunión. Trato de hacer que Asis me explique de una santa vez qué demonios ha ocurrido de camino aquí y a qué se debía el tumulto, pero en cuanto lo intento llega otra persona y nos dirige hacia el fondo del pasillo. Allí está la sala de reuniones. Hay una mesa enorme cubierta con una mantel blanco. Encima un proyector. Nos sentamos y van llegando personas que asistirán a la discusión, con el consabido intercambio de tarjetas tras el cual, como siempre, me acabo encontrando con un montón de ellas frente a mí sin saber a quién demonios corresponde cada una. En un momento dado, aparece el Vicepresidente, que debe ser el que maneja el cotarro, ya que todo el mundo se pone en pie inmediatamente. Su honorable semi-magnate. Hagámosle la rosca. Yo me estoy imaginando a un grupo de rebeldes de algún tipo asaltando la entrada de la fábrica. El amado vicepresidente suelta unas cuantas frases sobre sus deseos para esta reunión, llenas de vaguedades, nos desea lo mejor, y se va. Comenzamos con su lista de dudas y comentarios, explicando lo mejor que podemos sus cuestiones. Al mejor estilo asiático, todo transcurre de manera absolutamente caótica improductiva, saltando de un tema a otro sin dejarlo cerrado, con discusiones entre ellos en su idioma que cortan el avance. Asis habla por el móvil y nos comenta que otra persona que estaba programada que acudiera la reunión por la tarde va a tardar un poco en llegar dado que la carretera por la que hemos venido está cortada por los disturbios y tiene que dar un rodeo. Uno de los ingenieros del cliente sugiere que, dado que mañana tenemos que continuar el evento, sería mucho más productivo si nos quedamos a dormir allí mismo en su guest house. Yo estoy de acuerdo con tal de no volver a pasar por ésa carretera por la cual, por cierto, desaconsejan circular a partir de las cinco. Finalmente mandamos al coger, con su toalla roja bien anudada a la cabeza, a por nuestras maletas.

Durante un receso, le pregunto al francés qué cojones ha pasado al venir hacia Patratu. Afortunadamente no es lo preocupante que parecía (como ya me imaginaba). Me explica que el estado en el que nos encontramos se escindió del de Bihar hace unos años. Dicho estado, colindante con Nepal, es el más deprimido de toda la India y está prácticamente gobernado por las mafias. Dicho problema parece que es menos acuciante a este lado, pero no deja de ser palpable, por lo que me cuenta. De hecho, ninguna compañía de montaje con las que suelen trabajar en Calcuta está dispuesta a hacerlo aquí y solo conocen una empresa local que dice poder hacerlo. También que no es recomendable salir a dar una vuelta con el coche solo. Que los disturbios de esta mañana han sido a causa de unos asesinatos de ayer mismo relacionados con la mafia. La gente de la zona parece ser que es aficionada a las mareas humanas, incluso a tomarse la justicia por su mano. Uno días más tarde leeré en Wikipedia más sobre el asunto, descubriendo, por ejemplo, a los Naxalitas, o entrevistas a delincuentes. En el fondo, nada sorprendente.
Volvemos a la reunión. Enfrente unos cuatro cuarentones bigotudos (alguno con gorra, alguno con gafas semi-ahumadas) malencarados nos van lanzando sus salvas de preguntas y objeciones. Mientras, otros tanto veinteañeros, sin bigote, callan y escuchan. Uno de los cuarentones me recuerda a Maria Teresa Campos. Otro, el que más cara de perro pone, tiene problemas de gases. Aquí nadie se corta, y los regüeldos del señor puntean el encuentro. Cada vez que eructa pego un salto en mi silla.





Señores (y señoras) en disturbios callejeros: the mob rules

29 01 2008

Me levanto con dos tomates. Me ducho y los tomates siguen ahí. Necesito dormir y no sé cuándo. Llego al aeropuerto en la mitad del tiempo habitual. Por la calle hay cuatro coches y algún que otro hombre seco y enjuto como los regalices de palo con cuatro harapos andando hacia no se sabe dónde o transportando cachivaches. En el control de seguridad hoy no me dejan pasar la botella de agua.

Llegamos a Ranchi, allí nos recoge nuestro conductor, un indio muy bajito, regordete (el bigote se da por descontado), con una chaquetilla a cuadros un mantón rojo enrollado alrededor de las orejas. Llueve y hace fresco. Subimos a un todoterreno cuyos asientos están cubiertos por toallas rojas. Me siento atrás, en el medio. No tengo reposacabezas. Aparentemente nos esperan dos horas de trayecto hasta Patratu, lugar donde se van a instalar la acería: Un pueblo en medio de la nada donde JSPL ha comprado un laminador en estado lamentable y un montón de terreno aprovechando la riqueza minera de la zona. Antes de partir dejamos las maletas en el hotel, cuyo cartel asegura que tiene cuatro estrellas aunque todo huele a anís, las cortinas están a punto de descolgarse por el peso de la mugre y las colchas tienen pinta de haber vivido más que Bukowski. Salimos hacia nuestro destino, cruzando la ciudad, llena de casuchas de hormigón a medio derruir en las que están instaladas tiendas de alimentación, de móviles, de tele por cable, de viajes organizados. La carretera tiene color tierra. Hay basura y bloques de piedra de antiguos muros apilados por doquier. El día tristón hace que todo parezca mucho más decadente aún. Pese a los baches y la falta de apoyo, mi falta de sueño me vence y me quedo traspuesto con el cuello a noventa grados.

De repente paramos en la cuneta, junto a unas casas, y me despierto. Asis, que está en el asiento delantero habla con el chófer, que parece preocupado. En la carretera se ha formado un tapón de autobuses y gente que deambula. Pregunto que qué ocurre y el francés me responde que parece que hay un “riot” en esa parte de la carretera. No entiendo qué quiere decir. Salimos del vehículo y el conductor, sin quitarse si mantón rojo de la cabeza, conversa con un hombre que sonríe y masca un palo. En la carretera cada vez empieza a juntarse más gente, que mira hacia un punto indefinido más adelante. Me da la impresión de que un hombre está cruzando troncos en medo de la vía. El chófer pone cara seria y nos indica que subamos al todoterreno. A base claxon conseguimos salir del tapón que se está formando y de alguna manera cogemos lo que creo que es el camino a Patratu, aunque no estoy seguro. El conductor habla con Asis en hindi y le hace un gesto como de gatillo y disparos. En ese momento empiezo a pensar en los reporteros de guerra. Pregunto una vez más qué ocurre, aunque el francés parece perfectamente tranquilo. Asis me dice que parece ser que han asesinado a cuatro personas y se ha montado un tumulto. No da ola impresión que quiera contarme nada más. En la charla que mantienen él y el hombre de la toalla roja distingo la palabra “muslim”.

Continuamos el trayecto, cada vez por carreteras en peores condiciones hasta que llegamos a un puerto lleno de curvas de herradura, socavones y piedras sueltas en la calzada Nos cruzamos con 3 automóviles en todo el camino, cuatro casas (más bien chabolas) mal contadas y algún que otro hombre transportando fardos en su bici. Yo no sé ni dónde meterme. Todo el mundo está en silencio aunque el francés parece absolutamente ajeno a todo: se ha puesto el iPod y puedo escuchar que está oyendo algún tipo de conferencia o show en podcast. De vez en cuando se descojona de la risa. Debería aliviarme, pero no consigo quitarme el nerviosismo de encima. Finalmente veo que llegamos a Patratu. Pasamos una verja con un par de militares y me siento más seguro. Recorremos un par de kilómetros por lo que debe de ser el futuro emplazamiento de la planta. Es una extensión de campos enorme con colinas y un lago. Frente a éste hay unos edificios y nos paramos delante.





Señores con pañuelos alrededor de las orejas

28 01 2008

Volaremos en un ATR 72 hasta Raipur, donde nos espera un coche que nos trasladará hasta Bhilai. Allí comprobaremos el avance de la fabricación de parte del horno, que como es menester en la india, irá con retraso. Vamos pasando casas y gente en bicicleta, todos hombres (si hay alguna mujer, ésta va de paquete), muchos de los cuales van abrigados con un pañuelo o una bufanda anudado a la cabeza, tapando las orejas, como si fueran algún personaje de Mortadela y Filemón con un flemón. Sin embargo, casi todos calzan chancletas, cuando no van descalzos. Y es que es invierno y puede llegar a hacer 10 grados, lo que es bastante frío por estos lares. Antes de quedarme dormido gracias a la siempre infalible nana del motor del coche, puedo observar los carteles publicitarios más extravagantes que uno puede llevarse a la cara, vendiendo productos como cemento o barras de acero corrugado. Uno de estos últimos es especialmente impactante, con un tipo cuarentón muy fornido en camiseta de tirantes con la barra tomada con ambas manos en postura de ir a doblarla, con un fondo de llamas y la palabra ELEGANT sobreimpresionada. Y tiene cara de mala leche, porque para interesarse por barras de acero corrugado hay que ser muy macho.

En la reunión con el suministrador todo va según lo previsto. En la anterior visita de Asis le dijeron que iban retrasados, que tenían que revisar las fechas de entrega y que se las enviarían para el 14 de Enero, información que todavía no hemos recibido a día 24. Voy a mear mientras nuestro interlocutor hace como que llama a algún subordinado o a algún superior para pedir explicaciones. En el baño me asalta ese olor tan característico de los urinarios de esta parte del mundo, una mezcla de inmundicia, amoniaco y bolitas aromáticas con olor a anís que esta gente siempre cuela por todas partes.

De camino al aeropuerto para coger el vuelo de regreso a Calcuta paramos a comer. Kebab y cerveza como aperitivo y pollo bien especiado de plato principal. Soy incapaz de recordar cada una de las maneras de preparar los platos y siempre dejo que sea mi acompañante el que elija. Un día de éstos debería hacer una lista. Antes de que lleguen las cervezas le pregunto a Asis, inocentemente, sobre las reglas del cricket, deporte nacional de la India. Se le ilumina la cara y pide apresuradamente un papel para explicarme las reglas, entusiasmado. Asis es un jefe de proyecto joven, un tanto ingenuo, casado y con un hijo, normalmente serio y poco hablador en lo que no respecta al trabajo. Desde la última reunión se ha dejado crecer el bigote, como la inmensa mayoría de los adultos de este país, supongo que para parecer más mayor. Pero ahora está exultante, dibuja un óvalo y me escribe los nombres técnicos del lanzador, el bateador, el número de participantes y las reglas básicas, de las que ya tenía una idea muy somera. Un partido rápido dura sus buenas ocho horas de lanza y batea, lanza y batea, lanza y batea. El clásico se disputa a lo largo de cinco días. Siempre que estoy en un lugar público, la sala de espera de un aeropuerto por ejemplo, me encuentro el canal dedicado exclusivamente al cricket puesto.

Después hablamos de parejas y de familia. Si Rajoy estuviera aquí. Venera a sus padres. Me recuerda que en La India no se puede vivir en pareja sin estar casado ya que lo prohíbe la ley. Los divorcios están pésimamente vistos. Cuando le comento que en España los gays pueden casarse no consigue entenderlo a la primera. Después pone cara de “están locos estos romanos”. También hablamos de la cantidad de vegetarianos que existen en este país (por motivos religiosos), que pueden alcanzar el 60%. También de los idiomas que se hablan. Un buen repaso a los pilares de la cultura. El me pregunta por el Real Madrid y yo le digo que Roberto Carlos ya no juega allí.

Volvemos hacia el aeropuerto. Le comento que se me ha acabado la miel y que me gustaría comprar más para intentar aliviar mi garganta, aunque lo cierto es que tras la comida casi ni noto la irritación. La cerveza lo cura todo. Aterrizamos en Calcuta y quedamos para el día siguiente a las 5 de la mañana para coger el vuelo a Rancho. Llego destrozado al hotel. Los coches, los taxis y los camiones continúan con su serenata de cláxones y frenazos ajenos a mi falta de energía. Esta gente podría conducir sin retrovisores, de hecho creo que ni los miran. Muchos transportes llevan pintados en la parte de atrás un enorme “Please Horn”. Son como murciélagos en la carretera.





Señores que menean la cabeza de un lado a otro como si fueran perrillos

25 01 2008

No es nada terrible, y de hecho la sensación de miseria en las calles desde la última vez que estuve aquí ha descendido, aunque es completamente seguro que se debe al cambio de mi percepción (empiezo a corroborar la cierta bonanza económica de la India), pero me he quedado un tanto helado cuando camino de las oficinas esta mañana un niño se me ha colgado durante un minuto de la muñequera pidiendo limosna. Y colgando literalmente, de tal manera que solo me imagino que suplicaba dinero ya que me hablaba en hindi, porque si no hubiese pensado que quería que le transportase un rato. A eso de las tres hora local me van a llamar del ya famoso en este blog concurso de micro-relatos de la SER. Durante la comida se lo cuento a Asis (el jefe de proyecto indio) y el francés que se encarga de controlar la oficina de Calcuta, en parte por justificar que me vaya a pasar un cuarto de hora al teléfono en medio de la reunión técnica que estamos teniendo, en parte por hablar de algo, ya que la conversación es, digamos, un poco pobre. Antes de servirnos en ese mismo restaurante nos preguntan si tenemos algún problema por comer pollo. Decimos que no. Me comentan que debe haber un brote de gripe aviar el oeste de Bengala. Bastante tengo con evitar el agua y las ensaldas como para preocuparme ahora del pollo.

Continuamos la reunión de esta mañana, incluyendo a Asis y algún que otro delineante, uno de los cuales tiene una tendencia inaudita a hacer ese gesto de acuerdo tan típicamente indio que consiste en oscilar la cabeza de un lado a otro. Unos días más tarde trataré de imitarlo delante del espejo para comprobar el efecto y sufriré un ligero mareo. Si los orientales tienen el coxis y la baja espalda a prueba de horas en cuclillas, los indios deben tener un cerebro con mecanismo anti-vuelco. Al cabo de un rato recibo la llamada y escucho a Carles Francino y el resto de relatos mientras seis tíos muy morenos me observan escuchando mi móvil, callado, mientras ellos tampoco dicen nada. Pierdo, cuelgo, Asis me pregunta si he ganado, le respondo que soy un jodido loser (o al menos eso sucede en mi cabeza) y continuamos el trabajo. Intentamos estudiar a fondo el planning y la cosa se alarga hasta las nueve de la noche, para cuando yo estoy absolutamente derrotado por el dolor de garganta y la sensación de frustación que me ha dejado el concurso hoy.

Al día siguiente me levanto a las 5 de la mañana para coger un vuelo a Raipur. La garganta me ha tenido martirizado toda la noche. La he atacado con ibuprofenos y agua caliente con miel pero la muy cabrona no ha cedido. Las dos horas que he conseguido dormir han estado preñadas de sueños bastante vívidos, todos relacionados con la derrota como concepto general y que han provocado que me levante con una sensación de tristeza absolutamente injustificada. En el aeropuerto ya se me ha pasado.

Hoy volaremos con Kingfisher Airlines, compañía propiedad de un multimillonario dueño de la más importante empresa cervecera del país. En vuelo está prohibido consumir bebidas alcohólicas. Paso el control de seguridad con una botella de agua de un litro en una mano y el móvil en el bolsillo. No pasa nada. Mientras espero a Asis, me tomo un café del único puestecillo que hay, junto con unas Lays al curry bien picantes que me acribillan la garganta, todo por cuarenta rupias. Sigo esperando. Delante de mí una señora de unos cincuenta años vestida con un sari impoluto de colores rosas y anaranjados, con las manos pintadas completamente con intrincados tatuajes de gena y las uñas de los piés impecablemente pintadas se hurga la nariz a conciencia una y otra vez. Una y otra vez y observa sus progresos entre la punta de su índice y pulgar de la mano derecha, ajena al mundo. Llega Asis y nos llaman a embarcar.