La fauna del Lobby Lounge

15 05 2007

21:53 El veterano de Corea se ha levantado. Como siempre, intentamos no mirarle a los ojos. Estamos bien aleccionados por Jordín (nombre falso), uno de los así denominados por mí compañeros eléctricos. Después de haber soportado a lo largo su anterior estancia (durante la cual siguió una rutina estrictamente igual a la actual) la conversación, por llamarlo de alguna manera, del veterano por dos noches, decidió no darle más oportunidades.
El veterano de Corea es un chino ya mayor, con bigote y corte de pelos muy marciales. Parece sacado de una película sobre la contienda del pacífico. Siempre se sienta con su cohorte de esbirros, que incluyen un par de guardaespaldas, en una mesa, preferentemente junto a las cantantes. Allí se emborracha, o llega ya emborrachado, y bien en orden, bien aleatoriamente, y sin necesidad de cumplir todas, se dedica a alguna de las siguientes tareas:

a) Levantarse y bailar al estilo asiático
b) Acercarse al micrófono y cantar mientras bromea obscenamente con alguna de las filipinas
c) Merodear por el bar al acecho de cualquier parroquiano que le mire a los ojos, momento en el cual comienza a soltarle un retahíla de palabras inconexas supuestamente inglesas de las que uno solo puede entresacar que es el dueño de una “very very big company”, tras lo cual suele aparecer su guardaespaldas para llevárselo y pedir disculpas.
d) Ir al baño, meterse en el cubículo del primer inodoro y vomitar a grito pelado. En este caso, casi se le entiende más que cuando habla en inglés

Dice Jordín que dicen los camareros que el veterano de Corea tiene reservada una habitación en cada uno de los hoteles de la zona, para así poder quedarse a dormir la mona en el que esté en ese momento, o por si encuentra una furcia de la que se encapriche.
21:58 Están tocando “Hot Stuff” con el veterano de Corea a los coros. Nosotros estamos en la barra intentando comunicarnos. Les propongo traer los walkie talkies mañana.
22:20 Intento hablar de música con uno de mis compañeros eléctricos, pese a que su grupo favorito son Los Ramones. Están haciendo el paripé como si hicieran las pruebas de sonido los componentes del grupo local que actúa entre sesión y sesión de las filipinas. Está compuesto por dos mostrencos con pintas de samoanos (y que piden zumos de naranja para beber), uno a los teclados y otro a la guitarra, y dos lesbianas. Al menos dice Jordín que dicen los camareros que son lesbianas. Y que se quieren. Cierto es que una actúa y se viste como un hombre (de 16 años). La otra tiene cara de travesti.
22:48 El veterano de Corea vuelve a las andadas. Todo el mundo le ríe las gracias
23:15 Comienzo a estar un poco bebido. Ya vamos por el quinto bucket de cerveza y yo he bajado casi en ayunas.
23:32 El grupo local está interpretando Parisiense Walkaways para lucimiento del guitarra, que se gusta un montón. Jordín está hablando con su ligue, una de las camareras del bar, hija de un pakistaní y una tailandesa. Sonríe mucho, nunca entiendo lo que me dice, mide metro sesenta, debe pesar 45 kilos, tiene las manos más grandes que las mías y es capaz de curvar sus dedos hacia atrás unos cuarenta y cinco grados, lo que seguramente tendrá alguna utilidad que yo desconozco. De cómo fuimos esta pareja, un prima de ella y su novia, mi compañero de trabajo que usa peluquín y el que suscribe a un aquapark y lo que hicimos, quizás hable en otro momento.
00:05 Decido retirarme, que bastante tengo con levantarme mañana con resaca como para además tener que trabajar con sueño
00:07 Entro en la habitación, y con la habitual gula del borracho, me preparo unos fideos chinos instantáneos.
00:07 Me los como
00:08 Me acuesto e intento buscar el lugar donde dejé de leer el libro que estaba leyendo.
00:08 y un segundo. Estoy dormido, aunque esto desmonta la fantasía de que este diario lo haya escrito en el momento en que los hechos fueron ocurriendo, puesto que es prácticamente imposible redactar mientras uno está dormido, y más en mi caso que no soy multitarea, pero cosas más raras se han visto.

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Un anuncio dentro de la rutina

9 05 2007

19:16 En la recta larga bajando el puente, en el arcén de la izquierda, ya sólo hay una silueta de mugre y unas manchas de sangre que sirven de marca policial y epitafio para el perro sin cabeza. No sé quién habrá retirado el cuerpo, pero se agradece. Rezamos cinco oraciones en su memoria (una a Buda, otra a Alá, otra a Jesusito, otra a Shiva (por decir uno) y otra a Baco).
19:45 Me cambio de ropa y bajo al gimnasio, con toda la mugre encima. No quiero saber qué piensa el personal de la sala cuando llego con el bigote renegrido y los brazos llenos de tizón (de las uñas negras ni hablamos).
20:30: Estoy corriendo en la cinta, deseando acabar de una vez, y observo una lagartija que se pasea por el techo. Es más divertido que ver el canal dos de la televisión malaya. Ahora mismo, anuncio propagandístico gubernamental con simulación de caza de terroristas, multas de tráfico y encarcelamiento de macabras. En su descargo diré que la programación no suele ser tan nefasta el resto del día, excepto si pasan culebrones autóctonos, o peor aún, venezolanos doblados al malay.
20:35: Me equivocaba respecto la tele y la lagartija: He podido ver, mientras vierto kilos de sudor por mi frente, uno de los anuncios más curiosos y esperpénticos que puedo recordar. Solo en Malasia: Tres mujeres, representando a cada una de las etnias mayoritarias del país (malaya, china e india) entran en un gimnasio, sonriendo, con cara de anuncio de champú. De hecho es un anuncio de champú. Se dedican a hacer ejercicio, sonrientes e intercambiando miradas juguetonas con jóvenes escuchimizados que intentan musculares en el mismo gimnasio. Por supuesto, la joven malaya lleva su pañuelo puesto en la cabeza en todo momento. Acaban y en las duchas se lavan la cabeza con el producto del anuncio: pantalla dividida en tres mostrando a cada una de ellas frotándose la cabeza con cara de placer (pero sin exagerar). La malaya tiene la cabeza completamente llena de espuma y no se vislumbra un pelo. Salen del gimnasio, sonrientes y radiantes, con su pelo negro zahíno bien brillante, y lo agitan, estilo, una vez más, anuncio de champú, lo que provoca la cara de admiración y deseo de los mismos jóvenes escuchimizados (y algo más cansados) de antes. La mujer malaya lleva el pelo completamente cubierto por el pañuelo. Tiene que ser un verdadero quebradero de cabeza idear publicidad para productos capilares femeninos en un país musulmán.
chatarra-2.jpg
20:32 Sigo corriendo
20:45 Acaba mi sesión de hoy. Por más días que baje al gimnasio, no consigo que la barriga cervecera que me está saliendo disminuya: próximo intento, dejar las cervezas una temporada.
21:00 Bucket time. Yo prefiero bajar al bar un poco más tarde.
21:05 Habló con Mireia por el Skype. Como siempre, resulta frustrante, ya que se entrecorta constantemente y lleva segundos de retardo. Hablar por teléfono no es una opción porque un minuto de llamada cuesta 3,3 euros, y la recibida 2,7. Al menos, hay momentos en los que la conexión funciona y podemos entender y reirnos juntos, como si estuviera de vuelta.
21:45 Mireia se va a trabajar y yo me bajo al ver. Antes, mando un e-mail para que me manden un estracto de lo gastado en el teléfono de trabajo hasta ahora. A ojo, calculo que me haya gastado unos 3000 euros, el 90 o 95% de los cuales son llamadas estrictamente laborales.
21:47 Oigo a las filipinas desafinar por el hueco del ascensor. Según voy bajando desde el piso 15 al Lobby Lounge el ruido se acrecienta.
21:49 Las puertas del ascensor se abren y las notas musicales me golpean en la cabeza. Entro en el recinto enmoquetado y me acerco a la barra, donde mis tres compañeros eléctricos ya están acodados, cada uno en su posición específica.
21:50 Me aposento en mi taburete, que como todos en este bar, bascula, y me ponen un vaso enfrente llenándolo inmediatamente de cerveza. Nos insultamos un poco, pero casi no puede escuchar nada por encima del estruendo de esa versión de Shakira que las filipinas están machacando. Todas las noches la misma canción. La filipina más pequeñita realiza una imitación del baile de estilo árabe de la colombiana que perece la de tu prima de cinco años en la cena de Navidad.
21:53 El veterano de Corea se ha levantado. Como siempre, intentamos no mirarle a los ojos.





Un poco de sauna

4 05 2007

13:47 Hay doce operarios arremolinados junto a la puerta de descarga del horno uno, y uno de ellos completamente sudado junto a un bloque humeante. Se ha desprendido otro trozo de bóveda. El que ha sacado el pedazo de refractario es un chino alto que trabaja día sí y día también y es el chico para todo. Es católico y lleva una cadena con un crucifijo al cuello (más tarde, en Kuala Lumpur, vería un restaurante –el primero en KL, rezará – de cocina china-musulmana, y en el templo de Sri Maha Mariamman, otro hombre de etnia china venerando dioses hindúes con un punto rojo en la frente).

13:48 Continuamos arrastrándonos hasta la sala de control del horno dos. Abrir la puerta del horno ha debido elevar la temperatura del mundo dos grados centígrados.
13:49 Mr. Sim me intercepta mientras me dirijo a la sala eléctrica, y me pregunta mi opinión sobre el techo que se le está despedazando. Le digo que mi opinión, como empresa, es que debe parar la producción y arreglar el problema, pero evidentemente me dice que no puede.
13:55 Me recuerda que el consumo del horno es muy alto.
14:10 Cojo el manómetro digital, un par de llaves inglesas, un destornillador y los guantes y me dirijo al horno uno para echar un vistazo a las presiones de entrada de gas a los quemadores.
14:12 Vuelvo a por el casco.
14:14 Comienzo por la zona de igualación. La temperatura debe rondar los 60ºC (sin exagerar), así que aguanto 5 minutos hasta que he formado una cascada desde la visera de mi casco. Veo a las hormigas jugar debajo, meterse debajo mientras sus madres las esperan en tumbadas en toallas junto a la orilla, tomando el sol junto a la puerta del horno.
14:35 Continúo la medición en las zonas de calentamiento, que aunque por el nombre puedan parecer un lugar achicharrante, estarán a unos 45ºC (en el exterior, por supuesto). Aún así, al cabo de una hora de ir y venir, medir y apuntar, ajustar válvulas y subir escaleras y escaleras de gato, ya he logrado sudar el pantalón de trabajo hasta las rodillas. Un récord.
16:00 Me las tengo que arreglar para sólo hacer trabajo de campo en lo que resta de tarde, ya que cuando entro en cualquier sala climatizada noto mi sudor cristalizarse y a la pulmonía llamar a la puerta, como si fuera la menstruación de los anuncios.
16:15 Con un walkie-talkie conectado a mi oreja (y cuyo auricular me deja, al cabo de un rato, esa zona de la cabeza adormilada, lo que provoca mi conocida cadena de pensamientos hipocondríacos) voy comprbando señales con mi compañero eléctrico al otro lado del aparato. Se mueve, no se mueve. Se ilumina, no se ilumina. Trabajo de precisión. En cuanto surge un problema tienen que comprobar las conexiones en el armario, y mato (remato) el tiempo muerto sacando fotos de las cajas de mando mugrientas que me rodean, o los viejos intercambiadores oxidados. A mi espalda, un trabajador con una transpaleta carga y vuelca contenedores pequeños en contenedores más grandes a toda pastilla, haciendo trompos.
17:35 Ya no tengo demasiado trabajo que hacer hoy: mi labor como supervisor de montaje de mi empresa ya ha terminado porque los montadores se han marchado; mi labor como supervisor de puesta en marcha de mi empresa en el horno uno ya está acabada porque hasta mañana no podré comprobar si los ajustes de hoy han servido para algo; mi labor como supervisor de puesta en marcha de mi empresa en el horno dos ya la he completado revisando las señales que había que revisar; mi labor como coordinador entre el cliente intermedio que nos contrata y el final (el productor de acero malayo) ya ha terminado por hoy, ya que no veo a ningún chino presionando por aquí. Y no me pagan las horas extras.
18:50 Sigo aquí, echando una mano a mis compañeros eléctricos. A ellos sí les pagan las horas extras.
19:05 Ya estoy harto de hacer el tonto por hoy. Me voy al hotel en el Proton.
19:16 En la recta larga bajando el puente, en el arcén de la izquierda, ya sólo hay una silueta de mugre y unas manchas de sangre que sirven de marca policial y epitafio para el perro sin cabeza.





Que llegue el final de la mañana

29 04 2007

10:05 El mecánico del segundo horno viene a verme porque las tuercas y arandelas que se han mandado para atornillar la caña de gas al cuerpo del quemador son de métrica 16, y el espárrago al que habría que roscarlas, de 12. Simplemente deben ir al suministrador industrial chino de turno (una ferretería) y comprarlos, pero tienen que informarnos para que seamos conscientes de que los planos son incorrectos.
10:15 Otro mecánico viene y me cuenta la misma historia sobre las tuercas y los tornillos.
10:18 Mr. Sim, al que desde hace un tiempo apodamos Disgustín (por lo amargado y lo desagradable), viene y me cuenta la misma historia sobre las tuercas y los tornillos, y hace un chiste sobre pagar la factura de los mismos. Lo sé porque se ríe mucho. Si se riera poco, sabría que habla en serio y que debería ir al Money Changer del Fajar a que me cambien unos euros para abonar lo que toque.
10:25 Un eléctrico viene y me cuenta la misma historia sobre las tuercas y los tornillos. Yo quiero que el horno arranque para tirarme dentro.
10:45 Me atrinchero, en un momento de calma, en la sala eléctrica para redactar el informe de lo que llevamos de día, que ya me ocupa un folio entero. Noto los pingüinos salir del aparato de aire acondicionado. Se me suben en la espalda y me susurran al oido que los mate a todos. Bajo el aire acondicionado.
11:05 En la sala de control, mis compañeros eléctricos siguen comprobando señales. Uno de ellos es un maestro del escaqueo y además bastante torpe y despistado, con lo que cada vez que se va a fumar un cigarro a una de las zonas apartadas de la planta (para perder un poco de tiempo y que nadie le moleste) tengo que escuchar sapos y culebras de sus compañeros, mientras remiendan sus anchoas.
11:20 Sólo pienso en comer. Hoy me toca elegir a mí.
11:25 ¡Por Dios, que llegue la hora de comer!
11:33 Mr. Sim me recuerda que el consumo del horno uno es muy alto y me pregunta, por vigésimo tercera vez, qué vamos a hacer para intentar remediarlo. Se lo explico, con cara de poker. Volvemos a hablar de las posibles causas de que la bóveda del horno se esté cayendo como un castillo de naipes. Trato de desmontar cualquier insinuación por su parte de que la culpa es nuestra. Ya soy un experto en ello, y en este caso es muy sencillo, ya que sé que lo que digo es cierto, aunque a veces resulta complicado distinguir la verdad de la mentira en este mundillo. Muchas veces uno mismo acaba creyéndose sus trolas para convencer a un cliente, lo cuál es fundamental para resultar convincente.
12:30 Cogemos los coches para dirigirnos al Auto-city, un complejo de restaurantes cercano a la fábrica con multitud de opciones. Hoy escojo japonés ante el recelo de mis compañeros alimentariamente conservadores.
12:45 Estos mismos compañeros miran la carta con cara de WTF. Yo me relamo.
12:47 Piden un “tenderloin” especial fuera de la carta, que tardan siglos en servir.
13:14 Uno de los receptores del “tenderloin” va escupiendo los cachos que se lleva a la boca. Dice que tienen “gordo” y tenemos que pedirle un pincho de pollo teriyaki.
13:30 Traen la cuenta, y vemos que el “tenderloin” especial (antes de ser escupido) ha costado lo mismo que el resto de la comida del resto de la mesa. Sé que Mr. Sim me pedirá explicaciones en cuanto lo vea, ya que el cliente paga la manutención. Ensayo mi cara de poker.
13:45 Arrastramos nuestros pies, bajo el bochorno pre-tormenta habitual, al salir del coche en dirección al horno dos. Pasamos por delante del contenedor de basuras que nos saluda todas las tardes con su hedor a vomitona revenida.
13:47 Hay doce operarios arremolinados junto a la puerta de descarga del horno uno, y uno de ellos completamente sudado junto a un bloque humeante. Se ha desprendido otro trozo de bóveda.





El horno de recalentamiento

21 04 2007

8:20 Mr. Sim me está esperando junto al horno. Se ha caído otro trozo de bóveda.
8:25 Miramos dentro de la cámara de combustión para ver el agujero. Un horno de recalentamiento de palanquillas es, básicamente, un cajón de acero revestido con capas material refractario, cuyo interior se encuentra a una temperatura de entre 800 y 1400 ºC. En la bóveda, el cierre solamente viene dado por los bloques de hormigón refractario, una especie de adoquines de 50 cm de lado y espesor de 30 cm que están colgados de una estructura de vigas de acero. cabina.jpgSi un bloque se desprende y cae dentro del horno, toda la atmósfera saldría al exterior y fundiría los hierros de sujeción del techo, que se hundiría al poco tiempo, si no se para el horno inmediatamente. En una acería, parar la producción viene a ser como matar a tu madre. Hace dos semanas dos de esos bloques quedaron en un equilibrio muy precario, a punto de desprenderse, y hubo que poner parches de refractario por encima. Los bloques que se han caído están debajo de los parches, luego la producción, y el show, debe continuar. Por si acaso, se va a remendar con más hormigón los alrededores de la zona dañada. Abrir una de las puertas laterales del horno es acercarse un poquito al infierno. Si no te andas con cuidado te quemas la pestañas. En los alrededores de las puertas, cerca de la cabina de control, no sé por qué, siempre huele a una mezcla de basura y excrementos.
8:30 Los diferentes jefecillos de la laminación buscan respuestas para el deterioro de la bóveda, y como suele ser habitual, culpan al pianista:
– La llama de los quemadores está incidiendo en el techo y sobrecalentando el refractario, y por eso se cae.
– La combustión lleva exceso de gas y como consecuencia se generan esas llamaradas, que sobrecalientan la bóveda, , y por eso se cae.
– La regulación es mala, con lo que el calentamiento es irregular, generando stress térmico en la bóveda, y por eso se cae.
– La parada para el cambio a gas duró demasiado tiempo, lo que hizo disminuir la temperatura del horno en demasía y provocó la caida de los dos primeros bloques.
– Las válvulas son de mala calidad, y por eso no follo con mi mujer y mis hijos me mangonean.
– Los quemadores no están bien diseñados, y por eso soy chino sin vida fuera del trabajo.
A toda prisa, me amarro al panel de control e intento ajustar la regulación de la combustión porque, y en eso tienen razón, era bastante floja (no hay tiempo para ajustar todo y menos cuando el que se supone debía haberlo hecho es un inútil, ya se ha marchado y, encima, lleva bisoñé). Ayam me hace sitio. Es el hornero del turno de mañana, un malayo de metro ochenta y cinco y 130 kilos de peso con el cuello lleno de verrugas, siempre sonriente (cuando no, da miedo) y con el volumen de la voz al once. Ayam significa pollo. Su inglés es limitado, pero se hace lo que se puede por entenderle, incluyendo las diferentes entonaciones del Oh! que tanto les gusta utilizar por aquí. Cuando no intenta mantener una conversación, Ayam se duerme
toma tool9:40 Parece que ya he logrado encontrar los parámetros adecuados para que no oscilen los caudales. Me hubiese venido bien un masaje en la espalda de Elengoan, el hornero del turno de tarde, un indio de metro ochenta y cinco y 130 kilos de peso al que le gusta masajear la espalda de todo aquel que se sienta delante de la pantalla del controlador del horno, y de cuya masculinidad parecen dudar algunos. Me voy andando al segundo horno, con la satisfacción del deber cumplido. Es igual, sé que dentro de unas horas surgirá cualquier otro problema.
10:00 Conecto el ordenador en la cabina donde está el armario del PLC. Mis compañeros ya están instalados en la sala de control. La posición del aire acondicionado es NEUMONÍA. Me pongo la sudadera. Comienzo a preparar el informe de hoy.
10:05 El mecánico del segundo horno viene a verme porque las tuercas y arandelas que se han mandado para atornillar la caña de gas al cuerpo del quemador son de métrica 16, y el espárrago al que habría que roscarlas, de 12.





Mi pequeña bobinadora

14 04 2007

interruptor-1.jpg

Nunca escribo sobre mi trabajo, o al menos no exclusivamente, pero cuando se va a una puesta en marcha, casi todo pasa por el trabajo. Y más trabajo. Lo peor de todo es la sensación de que cualquier cosa puede salir mal.
7:10 Me levanto como todos los días y miro el correo y si Mireia aún está despierta al otro lado del mundo.
7:25 Me doy una ducha, y aunque ayer me hubiese frotado y refrotado, aún sale porquería negra de mi cuerpo. Me seco y las toallas ya no son tan blancas. Me sueno y saco chapapote.
7:40 Hago la mochila, me pongo la ropa de trabajo, el chaleco cargado los guantes, las herramientas, las llaves del coche, la tarjeta de la habitación, papel y boli y la cartera con un enorme fajo de billetes Malazos cuyo valor en euros no supera los 100. En la boca, el ticket del desayuno. Abro la puerta de la habitación y cojo el Star, periódico en inglés que dejan en colgado del pomo todas las mañanas (a los huéspedes chinos, les dejan un periódico escrito en chino).
7:45 Dejo la mochila y el periódico para guardar una mesa y recopilo el desayuno siempre en el mismo orden:
a) Un vaso de zumo de naranja (artificial) y otro de lo que haya: piña, mango, guava… (igual de artificial)
b) Café aguado, frutas tropicales (sandía, piña y mango, y un melón extraño), y al pasar por la zona de zumos me hecho leche fría
c) Zona de salados: imprescindible coger dim sum o algo picante.
Mientras desayuno, leo “La niña del pelo raro” sin saber muy bien cómo sujetarlo sin que se me cierre.
7:59 Salgo del restaurante (Rooftop Café) por la pasarela que lo une con el edificio del hotel. Hoy, para variar, la tormenta está cayendo de mañana. Se ven atascos.
interruptor-2.jpg8:00 Mis compañeros de viaje, todos de otra compañía, me están esperando con cierta cara de resaca y gafas de sol, junto a nuestros dos alquilados Proton Wira con el mismo color caqui deslavazado, tan chino. Llevan pantalones con bandas reflectantes. Su jefe los tiene bastante controlados, pero ellos le torean cómo quieren, y meten todas las horas que son capaces, porque a diferencia de un servidor, les pagan las horas extras. Así que el Domingo tocará trabajar. Este jefe, cuando comenté durante una comida en Zamudio que acudía a un taller de escritura, se rió con ganas. Le resultaba extraño que un ingeniero pudiera pensar en otras cosas que no fuera su trabajo (salvo quizás las mujeres y el fútbol), más que nada porque el no podía. Y dijo: Yo sería incapaz, ¿qué cuentos iba yo a escribir, “Mi pequeña bobinadora”?. Me gustó el título.
8:05 Efectivamente, hay atasco en la entrada del puente. Seguimos el estilo de conducir Malayo y no nos preocupamos si nos dejan sitio o no para cambiar de carril. Lo hacemos. Y dónde caben 2 seguro que caben tres. Cruzamos el enorme charco que se forma en medio de la carretera cada vez que hay tormenta (que es lo mismo que decir: si llueve) y que tarda al menos 2 días en desaparecer, si es que no hay otra tormenta.
8:13 Aunque vamos por el otro carril, y pese a no verlo, al pasar por la zona, pienso en el perro con la cabeza aplastada.
8:18 Entramos en fábrica, saludando al portero como si lo conociésemos de toda la vida. Esquivamos los baches hasta encontrar aparcamiento. Las piernas pesan al salir. Otro día de trabajo.
8:20 Mr. Sim me está esperando junto al horno. Se ha caído otro trozo de bóveda.





Bucket time

9 04 2007

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¿Por dónde empiezo? Sé que he tenido mil ideas sobre las que escribir, pero cero minutos para sentarme con un poco de calma delante del ordenador, en esta habitación del Pearl View Hotel que ya llamamos casa (sin pedir perdón). Hoy, por fin, parece que contaré con un rato entre el trabajo y el gimnasio y las llamadas a casa (la de verdad) con el Skype. Básicamente porque he tenido que volver antes desde la fábrica, por esas carreteras de Butterworth trufadas de motoristas suicidas y camiones con cincuenta años a sus espaldas, para poder llegar a la oficina de cambio de moneda que hay en el supermercado (llamado Fajar, que significa amanecer, lo que hace que parezca un videoclub) y conseguir 1000 RM para poder pagar una modificación en los quemadores que estamos instalando. El gimnasio y el Skype, dos pilares de mi existencia en esta puesta en marcha. El tercero es el bar, pero más por sentirme arrastrado por los compañeros que están aquí conmigo, dos de los cuales son literalmente adictos a su barra, sus cantantes filipinas, su grupo de música de malayos con dos lesbianas al frente, los parroquianos (el veterano de Corea, el carapaella con peluquín…), sus camareras y, sobre todo, sus buckets de cervezas Tigre. Aquí el alcohol es muy caro en comparación con el nivel de vida: está frito a impuestos, y una caña viene a costar dos euros y medio. La costumbre local es pedir botellones por calderos, a cinco botellones por cada cubo lleno de hielos. Eso es un bucket, y cuando se acaba uno se saca otro. Suelen bajar a las nueve de la noche, pero para ellos no son las nueve, son las buckets. Yo suelo bajar a las buckets y pico, cuando ya se han ventilado la primera.

El gimnasio sigue casi vacío, pero menos que la última vez. Ahora han contratado un malayo mazas que, si quieres, te asesora, aunque a mí no me hace mucho caso ya que me enchufo el iPod y tengo barba. Ayer anduvo por allí una india de metro ochenta y cinco bastante guapa haciendo cucamonas y le explicó todos los ejercicios habidos y por haber. Yo rezaba por que se fueran a echar un polvo al cuarto de las toallas, porque la hamburguesa que nos habíamos zampado en el SOHO mientras veíamos la formula 1 al mediodía (concesiones a mis compañeros: un día comida normal, otro elijo yo) me había sentado bastante mal al estómago y me sentía como un zeppelín saltando a la comba. Pero no, hay siguieron echándose sonrisitas. Así que me concentré en la televisión, que estaba en el canal 2, que es chino (subtitulado en Malayo). Sus programas de televisión son cada vez más parecidos a los japoneses, y las formas de vestir de ellas, también. La relativa armonía de la mezcla de razas y culturas de este país que me pareció apreciar las primeras veces, se desvanece. La tensión late como un rió subterráneo. En el periódico que nos dejan todos los días colgado de la puerta, hace unos días aparecieron los resultados de una encuesta sobre la juventud, que aparte de los clásicos droga, sexo y alcohol (en cantidades mucho menores a lo que se estila en occidente), indicaba que más de un cincuenta por ciento de ellos no tiene ni un solo amigo de otra raza distinta a la suya.

botones otra vezEl skype es una bendición, porque puentea los 3 euros (o más) por minuto que me costaría una llamada a casa, pero también una tortura, porque la conexión en este hotel se comparte con todos sus huéspedes, y en las horas normales intentar charlar es una tarea llena de interferencias, voces de Robocop y tartamudeos, y no hay nada peor que tener que repetir un chiste. En cualquier caso, como dice mi madre, lo importante es poder oír la voz al otro lado, escuchar ése ¿Cuándo vuelves? todos los días. Especialmente los que empiezan como hoy, con una pifia de fabricación que hace que se te caiga la cara de vergüenza y pienses en qué demonios haces ahí y si esa maldita tensión diaria es lo tuyo. Pero sin tensión no hay Malasia.

En el siguiente hueco, la próxima historia sobre los amoríos de mis compañeros. O sobre la excursión al aquapark. O sobre la comida de Laos, ésa bomba atómica en tallos verdes. O sobre las jornadas laborales de 24 horas.

En un arcén de una recta del camino a casa (sin pedir perdón) hay un perro muerto cuya cabeza se ha ido desintegrando con el paso de los días. Se empieza a fundir con la carretera, cada vez que paso delante, tengo que mirar.