La biblioteca roja

23 04 2017

No se me pasa este dolor de cabeza desde hace días. Debe de ser el cambio de tiempo, o que hizo las maletas mientras estaba trabajando en la biblioteca y se marchó en silencio, sin tan siquiera dar un portazo. Pero prefiero pensar que es por el cambio de tiempo, no es permanente. Aun así, tengo que escribir, por mucho dolor que tenga alrededor. Cuando llueve fuera necesito ponerme a escribir. El sonido de las gotas contra el tejado metálico, el golpear arrítmico sobre los cristales de las ventanas, la humedad que invade la biblioteca; todo eso me empuja a sentarme en el escritorio y empezar a delinear palabras en hojas de papel. Es una urgencia física; me siento invadido por la necesidad de sacar la tinta encerrada en mi cuerpo, conectarme al bolígrafo como si fuera una extensión de mis dedos, y expulsar el amargor de la lluvia hecha de yerba de mate.

Hoy llueve fuerte. Estoy sentado en el medio de la biblioteca y puedo escuchar los libros enmohecerse. Sus palabras resbalando y disolviéndose en mi sangre. Me inclino sobre el papel, noto su humedad en el costado de la mano, el crujir de los arboles muertos, empapados de lluvia de tormento, del amazonas; su llanto amargo escurriéndose entre los rodillos de la papelera; y empiezo a escribir. Hoy no sé lo que estoy contando, solo me siento febril, las venas de las sienes palpitando: me veo en medio de la biblioteca del Hotel Overlook antes de que llegue la nieve; me veo en la biblioteca de un castillo con el suelo de losas de piedra cubierto de pieles de oso en proceso de pudrirse; me veo en la biblioteca de Alejandría, pero no sé cómo es posible si nunca he sabido como se ve la biblioteca de Alejandría. Sigo escribiendo frenéticamente, sin saber lo que significa nada de lo que digo, solamente puedo ver las líneas saliendo de la punta del bolígrafo, de la punta de mis dedos: líneas negras, cada vez más gruesas. Noto que voy siendo absorbido por ellas.

Las líneas siguen haciéndose más y más anchas ante mis ojos y comienzan a mostrar otra estructura interior: están formadas a su vez por otras líneas, entrelazadas, dibujando espirales. Chorros de frases entrecruzándose y contando otras historias. Helicoides de ficción que continúan casi hasta el infinito, contando la vida de un delfín del Amazonas, desde sus nacimiento hasta su muerte; sus células desintegrándose e integrándose con la selva, con la lluvia, cayendo sobre mi cabeza, entrando por mis oídos, invadiendo mi cerebro. Las líneas forman cromosomas, tejen piel, conforman una cola. Soy yo.

Me despierto con la cara apoyada sobre los folios. La tinta se ha quedado adherida a la piel. Me despego con cuidado del taco de hojas y voy al baño. Miro por la ventana y veo el sol de la mañana resplandeciendo, cegador, pero no duele como suele ser habitual. Se me ha pasado la jaqueca. Me miro en el espejo y leo las frases que se han impreso en mi cara. Es un idioma que no conozco pero me reconforta, y por alguna razón soy capaz de entender. Es su nota de despedida.

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En la memoria de un móvil

3 06 2016

[Tiene … dieciséis …mensajes nuevos]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … tres horas y 15 minutos]

Hola, hijos míos. Sé que os resultará un tanto sorprendente que os haya dejado un mensaje de voz en el contestador ¡Quién deja mensajes de voz estos días! Podría ser peor, podría haberos escrito una carta. Y sé que también os sorprenderá que os llame hijos míos, pero he decidido ser más consecuente con mi paternidad, después de todos estos años, cuando ya casi podría ser abuelo. Os quiero dejar algo, y lo único que sé hacer, cómo bien sabéis, es contar historias. Ni siquiera creo que sean buenas historias, ni que merezcan ser escuchadas o recordadas. Haced con ellas lo que queráis. Borradlas. Transcribidlas. Olvidadlas. Escupidlas. Hasta que suene la señal de

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … tres horas y 24 minutos]

Ajedrez. Una mujer desnuda en la casilla central. Era la reina. Un alfil pasó a su lado. Su sonrisa se convirtió en una mueca, sus dientes en sables, su corona en alambre de espino; su cabeza se agrandó hasta cubrir el diámetro de la luna. Miró un instante al alfil aterrado, que no podía salir de su casilla, justo antes de devorarlo. Se relamió y paulatinamente su cabeza fue volviendo a su tamaño normal, la corona brillando otra vez, y sonrió al público, que rompió a aplaudir mientras caía el telón. A la salida todos comentaban lo maravilloso de la obra, pero ninguno tenía ni idea de cómo jugar al ajedrez.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cuatro horas y 13 minutos]

Un violín. El fondo de un vaso de vodka, todavía con los restos resecos de alcohol en el cristal, le devolvía la mirada. Tenía náuseas pero no podía quedarse en casa. Buscó en el armario de la cocina y mezclo aspirina efervescente con zumo de zanahoria y hojas de mate machacadas. Metió el instrumento en la funda y salió corriendo de casa. Llegó sofocado al restaurante italiano. El jefe le hizo señas para que subiera al escenario inmediatamente. De un salto se puso frente al micrófono y abrió la funda, pero al mirar dentro no encontró el violín sino una Remington con culata de madera. La sacó y la observó extrañado; miró a los comensales que lo escrutaban, a su vez, con la boca abierta llena de espagueti boloñesa y un machete en cada mano.

Se despertó mirando el vaso de vodka. Se visitó rápidamente y salió corriendo hacia la oficina. Tenía unas ganas terribles de comer italiano. La persona.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cuatro horas y 24 minutos]

Hola, hijos míos. Imagino que seguiréis extrañados con estos mensajes, a no ser que los hayáis borrado ya, en cuyo caso las historias se perderán en un mar de ceros y unos, mezcladas con todas las conversaciones no grabadas, las luchas infructuosas con atención al cliente, la música corporativa eterna de las llamadas en espera, las declaraciones de amor, las peleas por la custodia de los niños, los silencios, que imagino que serán una cadena muy larga de ceros. Pero en cualquier caso aquí voy a seguir, hasta que llegue la mañana y luz empiece a filtrarse por entre las rendijas de la persiana. Ojalá pudiera escucharos despertar y correr por la casa como hace años.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cuatro horas y 44 minutos]

Lluvia. Una biblioteca con las estantería vacías. Todos los libros están en cajas de cartón, algunas aún abiertas, otras bien selladas con el contenido escrito en letras mayúsculas con rotulador indeleble. En el medio de la sala yace un hombre boca abajo, el rotulador aun en su mano. No hay signos de violencia. Quizás esté durmiendo, aunque es una postura muy extraña para estar echando una cabezada. Definitivamente no está bien. Hay un charco de agua debajo, ahora que me fijo. Una de las cajas parece haber estallado desde dentro. La etiqueta dice “delfines”. La escalera portátil para acceder a las estanterías de la parte alta está rota por la mitad, astillada; la parte central caída sobre el linóleo. Ahora que lo pienso eso son signos de violencia. Soy un observador terrorífico, y un narrador todavía peor. ¿Qué hago contando ésto? ¿Cómo creéis que ha muerto el tipo asqueroso del medio? Yo apuesto por delfines asesinos.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 2 minutos]

Hola, hijos míos. Me ha quedado un cuento un tanto extraño. No sé siquiera si se le puede llamar cuento ¿Vosotros cómo creéis que ha muerto el señor de la biblioteca? Yo también creo que son los delfines, son unos animales perversos. Aunque debería saber con certeza cómo ha ocurrido, al fin y al cabo lo he escrito yo. Puede que esté jugando con vuestra cabeza. Os habréis dado cuenta que se parece bastante a la biblioteca de nuestra antigua casa. Bueno, en realidad no creo que os hayáis dado cuenta, la descripción es muy somera, probablemente la imagen está en mi cabeza.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 5 minutos]

Hola, hijos míos. Otra vez. Estaba dándole vueltas al mensaje anterior y creo que me ha quedado un tanto extraño, casi más que el cuento que le precedía. Olvidadlo. Excepto los delfines. Cuidaos de los delfines. Pasemos a la siguiente historia.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 12 minutos]

Un piano. El mar rugía, lleno de delfines asesinos. No espera, creo que me estoy pasando con los delfines.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 13 minutos]

Un piano. El mar estaba en calma y las olas rompían suavemente en la playa. La mujer, con el pelo recogido en un moño, tocaba delicadamente una melodía desconocida. Era Holly Hunter, pero, a su vez, tenía tu propia cara. La cara de una mujer amargada y vengativa. Estaba sola en la isla, sin cámaras ni tráileres ni sillas plegables ni mesas con catering recalentado ni claquetas. Todos se habían marchado para la postproducción. Quizás estuvieran ya en el estreno, y todos se preguntarían donde demonios se había metido Holly Hunter, sin saber que seguía allí, olvidada por el mundo porque nadie le había pedido que los acompañara, y ella no iba a ningún sitio sin que se lo pidieran. Así que se había quedado allí, odiándolos a todos y planeando la venganza. Los aplastará con su piano y bailará sobre su tumba.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 24 minutos]

Hola, hijos míos. Espero que hayáis entendido las referencias del cuento, todo muy obvio y un tanto absurdo. Retiro lo dicho al principio, soy un escritor mediocre. No sé ni para qué os hago pasar por el mal trago de borrar los mensajes, rojos de vergüenza ajena. O quizás los guardéis por pena hacía vuestro chocho padre. El que nunca estaba en casa por Navidad. Aún así voy a seguir o me volveré loco dando vueltas en la cama. Y escribirlos, de alguna manera, me hace recordaros.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 24 minutos]

Una costurera. El viento sopla con fuerza y agita la cabaña. Está tejiendo ropa de niño, con cuidado. Esperando a que vuelva su hombre de cazar. Quizás haya tenido suerte y consiga unas cuantas piezas para desollar y pagar la escuela de sus hijos. Deja de tejer y sale al porche. El viento huracanado hace volar su sombrero, que pasa por encima de la cabaña y se aleja dando tumbos por la llanura. Está decidido. En cuanto consiga meter a los niños en la escuela piensa dejarlo, huir. Escapará en la misma dirección que aquel sombrero y no mirará atrás. No sabe que el sombrero, al cabo de unos kilómetros, acabará cayendo por un acantilado. Al fondo del mismo hay una montaña de sombreros.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … cinco horas y 32 minutos]

Hola, hijos míos. Espero que vosotros no tengáis que cazar animales salvajes para ganaros la vida y pagar la universidad de vuestros hijos. Una perspectiva un tanto absurda, la verdad. Más probable es que tengáis que hacer un trabajo de oficina que vaya royendo vuestra alma poco a poco, sacrificando vuestra vida por vuestra esposa y vuestra descendencia hasta que no tenga sentido y lo ahoguéis en alcohol y apuestas en las carreras de caballos. Espero que no sea así, nada hay en los genes que determine que vaya a pasar eso. Espero. Mejor seguir pensando en cuentos.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … seis horas y 12 minutos]

Hola, hijos míos. Le estoy cogiendo gusto a esa entradilla. Me he quedado traspuesto encima del escritorio. Quizás fuera mejor que me echara un ratillo pero tengo que acabar esto, lo que quiera que sea y que significa. Por más que sea un tanto absurdo y parecido a las llamadas a de madrugada a tu ex mujer para rogarle que vuelva, aunque sea amargada y vengativa.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … seis horas y 13 minutos]

Hola, hijos míos. Solamente informaros de que la luz efectivamente está empezando a aparecer por entre las lamas de la persiana, así que la siguiente será mi última historia, por hoy. Quizás éstos sean mis cuentos para dormir que nunca os pude contar. Siempre he considerado los cuentos de cuna un tanto absurdos, al fin y al cabo, si son interesantes, uno no puede dormirse, y si no, del mismo modo, podría leerse la guía de teléfonos. Ya no quedan guías telefónicas, creo, pero entendéis el concepto. Pero sí, estos son mis cuentos de cuna, soporíferos y, creo que me repito, un tanto absurdos.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … seis horas y 13 minutos]

Un almuerzo. Dos señores muy engolados, vestidos con pajarita, uno de ellos con un salacot en la cabeza, estaban sentados a la mesa hablando, entre bocado y bocado, de los vaivenes de la bolsa y de que ya no había manera de contratar un servicio profesional para hacerse cargo de la casa y limpiar la plata. El salón estaba a oscuras y la cabeza de un rinoceronte disecado presidía el cuarto, sobre una chimenea apagada. De repente se escuchó un estruendo y un hombre gordo cayó por el hueco aterrizando sobre su culo. Los dos señores giraron la cabeza y observaron sin cambiar el rictus de su cara. Uno hizo sonar la campanilla.

Al día siguiente charlaron sobre el estado de las carreras de galgos, uno de ellos ataviado con un gorro rojo con una bola blanca en la punta. Sobre la chimenea, esta vez, una cabeza disecada de reno.

[Fin del mensaje]

 

[Mensaje de … Eduardo Basterretxea … recibido el … ocho de abril … a las … seis horas y 34 minutos]

Buenas noches hijos míos. Con esto concluyo mi regalo. Si os digo la verdad, tenía planeado lanzarme desde la ventana al despuntar el alba, pero no os preocupéis, al final he decidido quedarme. Por vosotros. Por volver a jugar al ajedrez juntos, ir a comer a vuestro italiano favorito, y quizás sentarnos alrededor de la mesa en Nochebuena mientras vuestra madre toca el piano, como en los viejos tiempos. Hasta mañana.

[Fin del mensaje]

 

NOTA: Escrito a partir de la premisa de un ejercicio del taller de escritura de Beijing. Sé que puede parecer un sucio apaño para reciclar microrrelatos, aunque siempre tendría la posibilidad de justificarlo aludiendo a la larga tradición empezada por el propio Quijote, pero no, está escrito de una sentada. Los primeros dos cuentos están escritos al azar, y los otros cuatro y el resto de la historia ajustados sobre la marcha para que formen una historia cohesionada. Probablemente haya incongruencias, errores y  frases un tanto absurdas (juas), así que cualquier corrección es bienvenida.

El ejercicio consistía en crear una historia usando alguno de los siguientes recursos:

Mise en abyme

Narración enmarcada

Metalepsis

Y utilizando un set de palabras de entre los 6 (compuesto cada uno de 3 palabras) que se proponían. Yo utilicé los 6 sets para crear los 6 micro cuentos de este relato. Si alguien tiene ganas de perder el tiempo y hacerme feliz puede intentar adivinar que palabras eran.





Relatos con (a partir de) música (2)

4 12 2015

Las reglas:

Spotify aleatorio, primera canción que caiga

Escribir lo primero que venga a la cabeza durante la duración de la canción

Reescribir las notas, convertidas en un relato (o microcuento muchas veces), de una sola vez

Postearlo en el blog, con enlace a la canción

 

Burial – Russian Circles

Un techo de nubes cubre Londres, oscuro, mezclándose con la bruma tóxica, tocando las puntas de las chimeneas. Sobre el sonido de los telares, los pies arrastrándose sobre los adoquines, las verduleras, se escucha el traqueteo de una locomotora tirando de un solo vagón cilíndrico totalmente pintado de negro, a toda máquina. El conductor alimenta la caldera frenéticamente, palada tras palada sin descanso. Tiene que salir de la ciudad, dirección a Manchester, donde vive el Doctor Demetrius, y llegar lo antes posible. El cargamento del vagón cisterna solo puede ser tratado por él antes de que comience a expandirse y se libere de las cadenas de grafito que lo mantienen dentro del ataúd. Lo han atrapado hace unos minutos, cerca de la factoría Bessemer, mientras la Muerte sobrevolaba la fila de trabajadores malnutridos, babeando saliva parduzca entre los colmillos, frotándose las manos huesudas, los chasquidos de las falanges al entrechocar taladrando los tímpanos de la mano de obra barata. Exultante, se ha olvidado de su hija idiota, pastando en un campo cercano, momento en que el cuerpo especial de hombres extraordinarios de su majestad la ha atrapado, agarrándola por los cuernos y encadenándola dentro del vagón a toda prisa. Únicamente el Doctor Demetrius cuenta con el aparato que permite cercenar su cabeza. Cuando lleguen a su laboratorio, una vez conectada al mecanismo, enviaran un daguerrotipo a la Muerte para pedir el rescate correspondiente: El precio por la cabeza de su hija: Inmortalidad para la familia real y el exterminio de las hordas de apaches que acechan por el norte.

Una táctica idiota, quién puede pensar que a la Muerte le importa la muerte de su hija cornuda.

Bad Blood – Ryan Adams

Por supuesto, las calles de Nueva York. Una y otra vez, paseando sin rumbo con la música a tope saliendo de los auriculares. Se para en Washington Square a escribir en su libreta de mano, aunque hace poco más de 3 grados (centígrados) y todavía hay rastros de nueve grisácea en parte de las aceras. Por supuesto lleva mitones y un gorro deshilachado a propósito; no podía esperar a que se desgajara solo, la noche anterior había estando sacando los hilos cuidadosamente, y frotándolo contra una pared de ladrillo para desgastarlo, en Brooklyn, precisamente. Sentado en ese banco, solamente mirar alrededor le llena de gozo, el éxtasis realzado por los rayos de sol que llevan un atisbo de calor a su nariz.

Anochece. Nueva York es aun mejor. Vuelve caminando a casa, dando un rodeo, observando las luces de los taxis reflejadas en los coches aparcados, las luces azules y rojas de la policía, todo tipo de luces ambientando el set de carne y hueso. Llega a su minúsculo apartamento, con una cama, una nevera, un agujero en el techo, una mesa y una máquina de escribir con un papel en blanco. Papel en blanco que rellenara minuciosamente durante 13 meses, hasta que se convierta en un trabajo, una tarea insuperable y anodina.

Entonces se acabará el dinero para la calefacción y regresará a España a entrenar equipos de alevines y morir en vida.

Locust Star – Neurosis

El bosque. Cubierto de nieve, arboles esbeltos, negros, iluminados por la luz de la luna. A lo lejos se comienzan a escuchar pasos apresurados, crujir de ramas. La mano del hombre se apoya un momento en la corteza de uno de los pinos, congelada, áspera bajo los dedos, un solo instante antes de mirar hacia atrás, coger aire, reemprender la marcha, a la carrera. Unos segundos después el tronco salta hecho astillas, tumbado por la bestia, sedienta de sangre humana. Por fuera pelo y piel, pero al pisotear la nieve, el manto del bosque, se escucha el sonido metálico de las rotulas de acero, el roce de las juntas, el ronroneo del motor. La bestia no desfallece, solo consume. El hombre, envuelto en pieles, sigue escapando, mirando hacia atrás con el rostro desencajado. Pero hay algo en ese expresión que deja vislumbrar control, la experiencia vivida en situaciones similares. Sigue corriendo, dejando las pisadas en la nieve bien visibles, encauzando a la bestia hacia el desfiladero, donde esperan los cazadores, para tumbar y descuartizar a la bestia, en busca de piezas de recambio para construir una bestia mejorada.

 

 





Taller Beijing: Micros

29 11 2015

El Timonel

El panel de control decía que estaba sobrevolando el Mar de China, pero el no le prestaba atención. Los mandos, el botón rojo para soltar las bombas, invisibles a sus ojos. En su cabeza solamente las maletas apiladas con sus pertenencias a la puerta de su casa, los gritos, las palabras custodia compartida. Al pasar por PyongYang únicamente podía pensar en Lucía. Treinta y cinco mil pies mas abajo, Kim Yong-Un tuvo un extraño pensamiento sobre su mujer, pero sacudió la cabeza y continuó sorbiendo te, mientras con la otra mano firmaba su sentencia de muerte.

El luto de las mil mujeres

Recorren las calles de TetraZerzura con paso lento, totalmente cubiertas de negro. Una marea silenciosa, cabizbaja. Solamente el arrastrar de los pies descalzos sobre la tierra se escucha, el resto de sonidos absorbidos por la oscuridad. Nadie las mira. Siguen ceremoniosamente las instrucciones, el ritual que el sumo sacerdote les ha recitado, para celebrar la muerte de la emperatriz. Recorrerán las calles hasta el pie de la pirámide, y allí serán investidas emperatrices, lapidadas y emparedadas. Y mañana diez mil mujeres recorrerán las calles de TetraZerzura.

Con los pies por delante, un país

Nunca saldría de allí por su propio pie. Ni los obreros de las construcciones colindantes, los abogados, los agentes de policía, las amenazas, la basura pestilente que las mafias locales contratadas para disuadirle acumulaban sobre las paredes de su casa clavo, los restos animales muertos descomponiéndose, los gases lacrimógenos, la opera China a volumen infernal, nada conseguiría que abandonara aquel lugar, aislado entre un cetro comercial y una autopista a medio terminar. No podía dejar sola a su mujer. Necesitaba seguir tomando el té todos los días con ella, ver su rostro translucido frunciendo el ceño, y jugar a la Maj-Jong con su espectro y el de los otros once vecinos cuyos restos guardaba en la nevera. Nunca se iría de allí, ni cuando le asfixiaran con una bolsa de plástico de baja calidad y tiraran su cuerpo con plomo atado en los tobillos al rio contaminado. Seguiría en aquella casa clavo, apareciéndose con los otros doce en los apartamentos de lujo para nuevos ricos, bajando el precio por metro cuadrado con cada manifestación, haciendo estallar la burbuja inmobiliaria. Era un viejo muy retorcido.





Relatos con (a partir de) música (1)

8 11 2015

Intro:

Estos días estoy volviendo a escribir a la antigua usanza, en papel. En un libro de notas que vuelvo a llevar encima, primordialmente para dar salida a mis angustias hipocondriacas, pero paulatinamente para sustituirlas con ideas para relatos y similares. Hay 3 cosas que me suelen incitar a escribir: pasear en soledad por una ciudad desconocida, la música y un par de cervezas, por supuesto muchas veces combinadas. Así que me he propuesto un juego de creación de relatos, para esos momentos en los que apetece escribir, un tanto manido, pero igualmente efectivo, con unas reglas básicas, alrededor de la segunda:

Spotify aleatorio, primera canción que caiga

Escribir lo primero que venga a la cabeza durante la duración de la canción

Reescribir las notas, convertidas en un relato (o microcuento muchas veces), de una sola vez

Postearlo en el blog, con enlace a la canción

Así que estos son los resultados, que ire colgando con mi característica infrecuencia. En muchas casos, si no todos, sin que lo relatado tenga nada que ver con el tema o la letra de la canción que, en la mayoría de los casos, nunca me he parado a comprender, porque lo importante de las canciones es la música. No hace falta decir (pero yo lo digo, entrando en una espiral de obviedad y absurdidad) que se recomienda leer a la vez que suena la canción, aunque durará bastante más que la lectura, y que se agradece cualquier comentario, sobre como mejorar/desarrollar el texto, sobre las canciones, sobre cómo va la vida en general y el frío que hace.

Song 39 – The austerity program: 

https://open.spotify.com/track/6X98Yss9LoVWAp2ZIiuWd2

Hacinados como ratas en cubículos, ensamblando piezas mecánicamente durante horas, los ojos vidriosos, manos de solo tres dedos, pies planos anclados al suelo. Mano de obra barata. Una vez tomaron el control no tardaron en darse cuenta de que, desde un punto de vista económico, el ser humano era, con bastante diferencia, la maquina más eficiente. La relación entre alimentación y conversión en energía era muchísimo más ventajosa que lo que cualquier máquina pudiera lograr, pese a haber desarrollado una inteligencia superior, por no hablar de un control total sobre el mundo. Por lo tanto era una decisión obvia continuar cultivando humanos para fabricar piezas de repuesto, y mantener los cultivos y ganado estrictamente necesarios para su alimentación, y no seguir invirtiendo en la mejora de las propias maquinas. Y mejorar la raza generación tras generación, más resistente, capaz de mantenerse sentados en sus cubículos sin revelarse, ensamblando. Centrar todo el esfuerzo en la exploración espacial, localización de nuevas fuetes de energía, planetas alternativos que permitieran aumentar el riesgo de explotación de la tierra. Incluso una pequeña revuelta de vez en cuando, una tendencia humana que parecía extremadamente resistente a la manipulación genética y siempre terminaba por emerger, salía a cuenta. Como la que estaba teniendo lugar en se momento. Los grises y encorvados humanos en la puerta de la fabrica, agitando sus absurdos brazos y manos de tres dedos, los ojos inyectados en sangre.

HAL 9012 (porque las máquinas habían desarrollado un profundo sentido de la ironía, al menos a la hora de darse nombre), envió una señal a central para poner en marcha a una miniflota de exterminadores. Al cabo de unos minutos ya estaban allí, sobrevolando la patética manifestación, los infraseres tapándose los ojos sin pestañas para protegerse del viento levantado por las máquinas. Justo en el momento de abrir fuego, un estruendo de otro mundo invadió los sensores auditivos de las máquinas, que reventaron en microsegundos. Apuntaron sus receptores visuales hacia el origen del sonido, el cielo. En medio de la bóveda de eternas nubes grisáceas una grieta gigantesca, una abertura a la negrura absoluta. A través de la grieta, las células lumínicas del conglomerado neural de las maquinas registraron la silueta del ser que surgió de la abertura. En nanosegundos cotejaron con todos los registros existentes de historia de la tierra, combinando todo lo que sabían, para entender que aquello que había surgido era un arcángel mecánico, con tubos de escape en lugar de alas, y ametralladoras en lugar de manos. Solo tuvieron tiempo de registrar el color rojo de sus ojos antes de ser barridas de la faz de la tierra.

Revisited – The Antlers 

https://open.spotify.com/track/5EsywFJe1IoUkDyDdRPQaA

Una bruja en miniatura esta golpeando con una escoba (igualmente en miniatura) a su madre, que no hace ningún caso mientras charla con una amiga. Él lo observa desde la terraza (aunque está dentro de un edificio y por tanto no debería llevar tal nombre) de una cafetería en la estación Montparnasse, mientras bebe un expresso amargo y aguachado, ella desde una banqueta en el atestado Starbucks de la estación de tren de Beijing Sur, sorbiendo un café latte. Observan gente pasar, pasear, deambular, correr en busca del tiempo perdido, la vida también desplazándose frente a sus ojos. Unos se apresuran pensando que van a perder el tren, otros otean el horizonte buscando algo que llevarse a la boca antes del viaje, una bagette plasticosa de pollo con lechuga iceberg, un cerdo dulce picante con arroz del mediodía. Observan a la gente, a las adolescentes vestidas de hadas o de zombies, mientras no pueden apartar de su mente la razón del viaje. Ambos llevan un anillo en el bolsillo que tocan con la punta de los dedos, hacen girar dentro del pantalón, replanteándose si están haciendo lo correcto.

Es el día de los muertos, todos están muertos, todo caminan hacia la muerte, piensan ambos en un instante, y la simultaneidad hace que ese pensamiento resplandezca en su oscuridad por un instante, que ambos vean por un nanosegundo a través de los ojos del otro, pero sin darse cuenta de lo que ocurre, porque la realidad ya es la misma en ambos lados, y pronto será la misma en todas las estaciones de tren. Próximamente en su sala de multicine más cercana.





Microrrelatos 2015

3 11 2015

Los enviados la semana pasada al concurso de relatos en cadena de la SER. Me he convencido a mi mismo de que no me seleccionan porque les cuesta contactar conmigo en China. El dos y el cuatro un poco trillados, pero soy poco exigente.

Titulo: Responsabilidad

Vuelven a ser invisibles. Anteriormente han tenido fuerza sobrehumana, rayos laser en los ojos, velocidad supersónica y, por supuesto, la capacidad de volar. Solamente cuando las cosas se ponen feas se vuelven transparentes. Nosotros fingimos no poder verlos, porque son nuestros hijos y necesitan creérselo, y también porque son nuestros hijos y no queremos siquiera mirarlos para no recordar lo que han hecho, otra vez, y el tiempo que hemos pasado limpiando la sangre de la tarima.

Titulo: Pequeños saltamontes

Vuelven a ser invisibles. Aparecieron en el cielo hace 3 meses, de la nada, sobre las ciudades más pobladas del mundo. Grupos de lo que los medios inmediatamente calificaron como naves espaciales, ovaladas y de superficie lisa, verdes, sin ningún distintivo. Intentamos acercarnos, mandar mensajes, buscar una apertura, sin éxito. No hubo mensajes de ningún tipo. Y hoy simplemente han desaparecido. Toda la humanidad perpleja, mirándose unos a otros, intentando entender que ha pasado. Pero solo los recién nacidos y sus ojos verdes lo saben.

Titulo: Batir de palmas

Vuelven a ser invisibles. Se mira las palmas de las manos, se levanta la camisa para mirarse el costado, se cerciora de que han desaparecido. Suspira aliviado. La vez anterior le aparecieron al haber comido cerdo en una ensalada sin darse cuenta, esta vez al beber un refresco con un cantidad irrisoria de alcohol. En ambos casos los estigmas se desvanecieron al cabo de 3 días, durante los cuales Imaad había tenido que llevar guantes constantemente. Mira una vez más sus palmas, sonríe, abre el armario y saca con mucho cuidado, casi con amor, el chaleco explosivo.

Titulo: Fluzo

Vuelven a ser invisibles. Las figuras han desaparecido otra vez de la foto de familia, y Marty también empieza a desvanecerse! Es demasiado tarde, Lorraine está totalmente enamorada y nada conseguirá sacárselo de la cabeza, incluso después de que el propio Marty se evapore delante de sus ojos (primera plana en las noticias). Años después les contará la historia a sus hijos gemelos, junto a la hoguera, cuya luz atravesará sus parcialmente translúcidos cuerpos.





Terapia

7 01 2008

A continuación un relato que también ha surgido del taller de escritura. No lleva más que una revisión somera, así que sed crueles, os lo ruego. Este año mi buen propósito es escribir al menos una hoja al día. No voy a seguirlo a rajatabla, pero intentaré aproximarme en lo posible a los 200 folios de relatos – o quién sabe si de una novela corta – de ficción. Trataré de que las entradas de otro tipo no decaigan. ¡Feliz año nuevo a todos!

Mi esposa me mira con cara de pena y me acaricia el brazo. Sé que nuestro perro está fuera atado a una farola. Ahora me doy cuenta de que es posible que nunca debiera mandarle la foto de su familia. Si se hubiese tratado de otra persona ni me hubiese planteado un método tan severo. Creo que no fui lo suficientemente frío y me dejé llevar por la situación, pero mi única intención era salvarla. De eso estoy casi seguro. O quizás solo quería resolverlo todo y olvidarme de que me había vuelto loco por una incongruencia con falda.
Hace unos años comencé a viajar a Santander para impartir una serie de cursos sobre psiquiatría. Dado que el viaje desde Barcelona me dejaba muchos tiempos muertos entre los aviones de ida y de vuelta, decidí aceptar la sugerencia de un colega y concertar unas cuantas sesiones con pacientes suyos a los que no tenía tiempo de atender en condiciones. Me acomodó en un anexo a su despacho, mal ventilado y de pequeñas dimensiones, lleno a rebosar de los libros que menos le interesaba mostrar en su consulta o que no adornaban lo suficiente, y allí estuve recibiendo a tres o cuatro de sus habituales durante la mitad del año que duró aquel curso, a los cuales, si debo decir la verdad, procuraba prestar la menor atención que lo estrecho de la habitación permitía. De todos modos no era sencillo ignorarlos o quedarme mínimamente traspuesto cuando el aliento de mis pacientes casi podía empañar los cristales de mis gafas. Por culpa de todo esto y de los infernales horarios de los vuelos, siempre estaba cansado y somnoliento. Por la noche llegaba a mi casa y mi mujer siempre llevaba más de dos horas dormida. Ni mi perro salía a recibirme.
Hasta que tuve que tratar a Virginia.
Antes de recibirla por primera vez hojeé muy por encima las notas y recomendaciones que me había dejado mi colega. Entre cabezadas, pude apreciar que se trataba de un caso de manual de trastorno bipolar. Lo que no refería en las anotaciones era que Virginia desprendía sexo por los cuatro costados. Quizás es uno de esos casos de pura química, ya que ella no era especialmente atractiva. Lo digo objetivamente. Pero había algo en su manera de sentarse que me tenía en tensión durante toda la hora durante la que ella me contaba vaguedades sobre su infancia que yo debería haber estado descifrando o incluso ignorando. Está claro que debí renunciar, o como mínimo haber dejado de tratarla una vez se termino aquel curso. Sin embargo no podía dejar de repetirme a mí mismo que ahí detrás había un caso inusualmente interesante y que debía continuar la terapia aunque supusiese viajar una vez a la semana a Santander. Resultó que efectivamente, era un caso inusual. Demasiado interesante, aunque no sé si lo supe gracias a mi ojo clínico o si es que me estaba engañando a mí mismo y solo quería sentir su cuerpo haciendo fluctuar la presión del aire en aquel habitáculo que llamábamos consulta.
Tras unas cuantas charlas tuve bastante claro que mi amigo había realizado un diagnóstico absolutamente erróneo y que Virginia sufría una fuerte depresión con extraños arranques de ninfomanía. Cuando me contaba alguno de aquellos episodios en los que no podía evitar sus más bajos instintos sexuales, me trastornaba completamente. Me hacía sentir como un salvaje. Su melena negra y aquellas piernas que solía enfundar en unas medias de rejilla que pedían a gritos ser desgarradas por mis manos. Lo curioso del asunto es que alguna vez se lo comenté de pasada a mi colega, como quién no quiere la cosa, mientras almorzábamos en el comedor de la facultad, rodeados del vocerío del alumnado, y éste se mostró sorprendido: no entendía que se pudiera sentir la más mínima atracción por Virginia. De hecho le resultaba hasta grotesca, me confesó. Y yo la veía como un homenaje a la sensualidad. Si hubiese tenido la suerte de verla a través del cristal de mi compañero de almuerzo ahora no estaría lamentando que ayer se saliera de la carretera a unos doscientos kilómetros por hora. Porque además estoy seguro de que yo he tenido la culpa. En el bolso de cuero que encontraron en el lugar del accidente llevaba solamente su cartera, en la que no había ninguna fotografía, un CD de Davis Bowie y la carta que le envié la semana pasada. Y los poemas que ella solía escribir aparentando ser un alma torturada y que firmaba como Andrea. Y los poemas que ella solía escribir aparentando ser una niña y que firmaba como Elena. Y los folios, perfectamente doblados, que contenían las misivas que quería enviar a sus padres y a su hermana y que, decía, nunca tenía tiempo de terminar. Aquellas cartas inacabadas, cuya existencia descubrí durante una sesión en la que me aseguró que siempre las llevaba consigo (aunque me costó escucharlo porque yo solo estaba pensando en arrancarle las bragas), me habían llamado la atención poderosamente cuando repasé mis notas. Si le preguntaba la razón por la que no podía finalizarlas y meterlas en un buzón Virginia solía cerrarse en banda, se encogía de hombros y no respondía.
Un día le pedí que trajera algunas fotos familiares con el fin de trabajar sobre ellas. Cuando se inclinó sobre mí para cedérmelas creí que iba a estallar de la excitación. Si hubiera rozado mi dedo con su índice en el momento de entregarme las instantáneas no hubiese podido contenerme, juro que me hubiese abalanzado sobre ella y le hubiese arrancado la blusa, pero pude contenerme. Más aún en cuanto observé que en las tres fotos solamente aparecía ella. Virginia junto al mar apoyada en una cerca. Virginia al pie de un monumento. Virginia bajo la puerta de un restaurante. Le pedí que me explicara, a modo de ejercicio, qué se podía ver en las fotografías, y ella me contó que allí estaban su padre, Marcos, su madre, Mercedes, y su hermana en una excursión que habían hecho hacía una semana. Le tendí las fotos y le pedí que me los señalara y ella apuntó al vacío. No le dije nada. Volví a Barcelona.
Aquella noche estuve dándole vueltas al asunto, acostado y con la mente dando vueltas mientras mi mujer dormía como un tronco y el perro a los pies de la cama, roncando. Decidí buscar con mayor profundidad los antecedentes médicos de Virginia, algo que hubiese hecho sistemáticamente con cualquier otro paciente casi al comenzar la terapia. Repasé las notas de mi colega en casa. En ellas decía que su padre se llamaba Manuel y que Virginia trabajaba como broker. En la ficha de la seguridad social, donde había visitado a otros dos especialistas, figuraba como padre un tal Miguel, y el diagnóstico médico era, sin ningún género de dudas de los psicólogos que la trataron, trastorno obsesivo compulsivo. Pude localizar más fichas. Padres y madres de nombres múltiples. Hermana única. O familia numerosa. Fan de los perros y los gatos. O alérgica al epitelio de animal. Administrativa, o ingeniera, o enóloga, o trabajadora social…Me llevó bastante más tiempo averiguar dónde se encontraba su verdadera familia. Mientras tanto seguía acudiendo regularmente a mi cita con ella, pese a que cualquier cosa que me contase ya había perdido el poco interés que pudiera haber tenido para mí y solo hacía el viaje para poder oler su cuerpo, cerrar los ojos y refrenar las ganas de abalanzarme sobre ella. En el momento en que localicé a sus padres me presenté ante ellos. Les expliqué la historia, aunque me quedé un tanto perplejo al verlos en un primer momento. Después, con el fin de utilizarla en la próxima sesión, les saqué una foto. Me despedí con una reverencia. Ya en mi hogar, sentado en la mesa del comedor, no podía dejar de darle vueltas al asunto. Mi mujer estaba sentada en el sofá y el perro encerrado en el balcón. Decidí escribirle una carta explicándole su historia para intentar que se enfrentara a ella. En el sobre le adjunté, tratando de añadir un golpe de efecto dramático, la foto de sus padres en cuyo anverso escribí: “¿Serás capaz de olvidarlo?”. Pensándolo con más calma en estos momentos, frente a su cuerpo, con mi mujer agarrada de mi brazo y el perro atado a una farola en la puerta del tanatorio, puede que quizás mi intención no fuera obligarle a que recordara y dejara de rellenar huecos. No tiene mucho sentido que le enviara aquella foto de la tumba de sus padres, fallecidos en un accidente de aviación en Medellín al que ella había sobrevivido.
Aunque esté muerta, con los ojos cerrados, al otro lado del cristal, creo que aún puedo oler su cuerpo.