Juntos somos

11 06 2017

1

Koy era un microbio. Pero un microbio con pies y manos, un microbio muy mono y también bastante listo. Lo que más le gustaba hacer era volar en su avión de papel y ver el mundo desde las alturas. Dejarse llevar por el viento y observar a la gente en el suelo con su tamaño de hormigas y, si conseguía volar los suficientemente alto, de microbios. Le hacía sentirse menos pequeño e insignificante.

2

Kay era una mariposa. Siempre llevaba los cascos puestos cuando volaba entre las flores, escuchando Songs: Ohia, porque era una mariposa melancólica y un poco hipster. Le gustaba subir lo más alto posible y ver las copas de los árboles, que le recordaban a los momentos en que jugaba con su madre de pequeña.

3

Ander era una mota de polvo.

Aquella tarde Ander se sentía juguetón,  volando junto con millones de compañeros grises y marrones, pero aburridos, por encima de la carretera dirección a Haro. Decidió alejarse del rebaño y mecerse hacia el bosque. Un golpe de viento lo empujó hacia arriba y sin darse cuenta se metió en el ojo de Kay, que pasaba por allí. Ambos lucharon por separarse y Kay trató de utilizar sus alas para sacarse a un asustado Ander de su ojo de mariposa. Koy volaba a bastante velocidad, pensando en que mañana era lunes y volvía a la fábrica de microchips para microbios, con la cabeza en otra parte sin darse cuenta de que Kay se interponía en su trayectoria hasta que con un pof sordo y absurdo ambos chocaron, haciendo salir a Ander en trayectoria parabólica ascendente en dirección a la nube de polvo de la carretera, que lo echaba de menos. Koy y Kay cayeron abrazados con el avión de papel arrugado envolviéndolos. Tenían miedo pero, a la vez, se miraron a los ojos y encontraron el calor que les faltaba en la vida, y sonrieron a la vez.





Lirios

10 06 2017

Media hora hasta que se ponga el sol. No parece haber movimiento dentro de la cabaña. Se ha levantado una ligera brisa, muy seca, que levanta el polvo del desierto. Lo noto en mi nariz, empieza a picarme. No es buena señal. Continúo con la vista fijada en la mira telescópica: observo el polvo que crea pequeños remolinos junto a la pared de adobe de la casucha, todo del mismo color parduzco, casi indistinguible: la arena, el polvo, el adobe, la tierra, los ladrillos, el desierto, la cara de las personas. Me quedan tres días hasta el último permiso, las pastillas se me han terminado hace ya un par de semanas y empiezo a sentir las consecuencias. Noto las gotas de sudor recorrer la parte cóncava de mi espalda y sé que son transpiración de miedo, no de calor. No de temer que un enemigo me descubra y me descerraje un tiro en la cabeza, sino de que se me pare el corazón. Lo noto palpitando contra el suelo terroso de esta colina sobre la que estoy tumbado, perfectamente oculto salvo para alguien que se acercara a unos pocos metros. El corazón bombeando y haciendo correr la sangre contra la resistencia que genera el peso de mi cuerpo sobre la piedra desgastada. Rítmicamente. Y lo escucho con atención, una atención que debería estar puesta en la puerta de la cabaña, pero sin embargo solo tiene oídos para medir las pulsaciones, comprobar que están bien espaciadas, que me mantienen vivo, que alimentan el resto de mi cuerpo frágil. Se puede deshacer en cualquier momento, del mismo modo que he visto muchos otros desmoronarse como un muñeco hecho de vísceras delante de mis ojos, o del mismo que vi a mi padre desgastarse poco a poco. Noto picor en la garganta, y la nariz empieza a ser un problema: necesito estornudar, pero aquí está todo en absoluto silencio excepto por el viento marrón. Se me han quedado las piernas dormidas. Me pregunto si mi corazón ya no bombea como debería y visualizo pequeños coágulos viscosos quedándose pegados en las paredes de mis arterias. Me gustaría moverme y desentumecerme después de horas en esta misma postura, pero podría comprometer mi ubicación. Intento concentrarme en la mira, en los muros de la cabaña, en las ventanas polvorientas, el tejado maltrecho. Me cuesta creer que alguien pueda vivir ahí, menos aún alguien al que queramos eliminar. Aunque bien pensado, si no han podido ni mandar un miserable dron, no debe ser una persona de importancia. De hecho, sigo tirando del hilo, si no tiene relevancia, para que arriesgarse a mandar un francotirador prácticamente solo. ¿Hace cuánto que no tenía este tipo de misiones? Ya ni me acuerdo. ¿Entonces qué sentido tiene? No se estarán intentando librar de mí. Dios mío, seguro que alguien ha leído mi historial psicológico y ha preparado esta misión para que me liquiden. Seguro que es una emboscada. El corazón late más rápido, lo noto en la garganta, puedo sentir que arrastra la arena bajo mi pecho y va formando pequeñas cuencas por donde pasan mis venas. No te pares ahora, tengo que seguir pensando. No es posible que hayan urdido una trama para que me maten, si tuvieran acceso a mis registros simplemente buscarían una manera simple de dejarme en casa, pero lo cierto es que la burocracia y todo el rollo de los derechos civiles sería un engorro para ellos. No, no tiene sentido, tendrían que justificar muchas cosas si me matan. Estate tranquilo. Concéntrate en la mirilla, en el gatillo, en el tacto metálico, en el pulso percutiendo contra ese gatillo, en su ritmo acompasado, no te pares, sigue latiendo. Si me concentro en él no dejara de latir. Me sigue picando la nariz, cada vez más, aunque casi se me había olvidado con todo esto. Ya no se en que concentrarme. Las gotas de sudor dejan pequeños cráteres en la tierra parduzca con un sonido sordo que quiero confundir con los latidos. Me pregunto por qué sigo aquí, sin moverme, podría irme e informar de que no había nadie en la cabaña, pero los he visto entrar. Quizás los tengan controlados por satélite. Quizás me tengan controlado a mí por satélite. De hecho, a quien quiero engañar, seguro que me tiene controlado por satélite y posiblemente hasta sepan lo que estoy pensando, pero no pueden mandarme a casa a no ser que la cague y me largue antes de tiempo, o me peguen un tiro en la cabeza. Sería un cambio, todo ese rojo cubriendo esta asquerosa superficie parduzca. Lo he visto antes. Dios mío que picor. Preferiría que me electrocutasen. Si estornudo seguro que me matan, quizás sería lo más sabio, acabar con tanto sufrimiento. El sol ya está a punto de ocultarse. Una última mirada a la puerta y, un momento, se está abriendo. Tomo aire y aguanto la respiración como tantas otras veces. El pulso en la garganta y en el gatillo. La cruz pegada al marco de la puerta, a media altura, esperando. No se oye nada. Solamente el viento marrón y los tambores en mis sienes. Veo un instante una sombra aparecer y mi dedo no puede contenerse. Una orquídea roja se estampa contra los tablones de la puerta, como tantas otras veces. El rojo que cambia el color del desierto. Y sin quedarme a mirar si he liquidado a la persona adecuada guardo el rifle y salgo de allí arrastrándome, como un lagarto de sangre caliente y el corazón débil. No te pares.